Arquitecturas del tiempo

“No es sólo el lugar, también importa el tiempo”  [1] nos dice Anatxu Zabalbescoa en un reciente artículo sobre arquitectura.

A lo que Raúl Eguizábal parece contestarle que “el valor tiene que ver con el espacio/tiempo ocupado en los medios” [2].

O sea, que importan ambas cosas, el tiempo y el espacio.

Sólo que Zabalbescoa y Eguizábal hablan de conceptos diferentes.

La una se refiere al Museo San Telmo de San Sebastián, defendiendo la rotundidad de un edificio del que se dice que tiene “vida introspectiva” y al que se ha concebido para que las huellas del tiempo vayan marcando su identidad, en claro enfrentamiento a la idea del museo como cubo blanco, como contenedor de mercancias, como espacio publicitario.

El otro (Eguizábal) se refiere a los productos de la cultura  y evidencia justamente la proposición contraria, de cómo la repetición de lo igual es no sólo válida sino irrenunciable como garantía de existencia de algo.

La diferencia aquí es notable y merece la dedicación de un pensamiento, al menos: en tanto que los objetos quieren ahora pertenecer al tiempo, conformar su identidad a través de las marcas visibles de la experiencia, la vida y las contingencias, el ser humano -por contra-  pugna por convertirse en un medio de comunicación, alguien que repite su mensaje y que produce un discurso cada vez más plano para un audencia (hiper)conectada con la que le unen unos vínculos precarios y débiles.

No es insensato predecir que, mientras los objetos quieren atender a ese “sonar de las cosas” [3] buscando la pregnancia del sentido (buscando la elucidación de su reflejo, pues) el hombre, como si quisiese escenificar su decadencia, se ha dado a la tarea simplificar(se) codificándo(se) en la ilusión de un mensaje fragmentario.

Autores como Natalie Sarraute o Robbe-Grillet, cuando eran ensalzados en los años 60 por Lucien Goldmann en su libro Para una sociología de la novela (1967) como máximos exponentes de la reificación del mundo, encontrarían bastante divertido el hecho de que ese “estructuralismo genético” del que también hablaba también Lukács, a través del cual el comportamiento humano es interpretado en una situación particular y así se toma en consideración al sujeto de la acción respecto al objeto sobre el que recae el mundo circundante, se esté invirtiendo.

Es decir, son ahora los objetos quienes miran al hombre y quienes (gracias a la estampida del humanismo) se adueñan de la vida.

El tropo literario de la personificación puesto en marcha en un sentido nuevo gracias a las narrativas arquitectónicas de nuevo cuño.

Una paradoja tremenda: son los objetos ahora quienes pretenden hacer literatura, no siendo ésta oficio, sino modo de existencia para ellos, en tanto que el hombre, el espectador del museo, es quien “lee” ese discurso vital del edificio, un discurso genuino pues está preñado de vida (espacio y tiempo) en tanto que el hombre se debate pueril en la crisis irresoluble y patética de su melancolía.

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[1] Anatxu Zabalbescoa. Construir a favor del tiempo. El País. 04-04-2011.

[2] Raúl Eguizábal. El estado del malestar. Capitalismo tecnológico y poder sentimental. Ed. Península. Barcelona. Marzo de 2011.  [pág 14]

[3] José Luís Brea. Mineralidad absoluta (el cristal se venga). SalonKritik. 04-Septiembre-2010.

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