Mirando a París (desde el Sur)

Hay muchas razones que se podrían apuntar para intentar entender por qué la obra de Pierre Bergounioux (a pesar de ser un autor prolífico, con más de una veintena de libros a sus espaldas) no ha hallado hasta ahora un hueco en la industria española.

Prosaicas algunas, como el hecho de que haya quedado eclipsado por su coetáneo Pierre Michon (también procedente de la región lemosina), quien al examinar la identidad del artista y de la propia constitución de la creación literaria en sus autobiografías oblicuas ha resultado ser una inspiración (más) viva para los jóvenes escritores, desplazando la atención de Bergounioux; pero no es menos cierto que la obra de Bergounioux ha quedado opacada por la de otro autor también sureño: el escritor del Loira Julien Gracq [1].

Pero las hay también de índole estilístico, pues que Faulkner y Claude Simon (los dos grandes referentes de Bergounioux) no parecen importar demasiado en la España en los últimos años.

O acaso razones de mayor profundidad: que la cuestión identitaria nacional siga siendo tabú en España o peor, partidista -en el peor sentido político-.

Porque bien, uno de los temas más relevantes en la obra de Bergounioux (Brive-la-Gaillarde, Francia, 1949) es cómo la identidad individual (la “identidad del yo” [I-identity] en palabras de Norberto Elías) negocia su entendimiento a través del diálogo con la comunidad (la identidad del nosotros [We-Identity]).

Incluso podría hallar una última razón aún más peregrina, pues que su (auto)ficcionalidad no pragmática, ni lúdica (ni menos aún teleológica, sino más bien mecanicista), sino volátil (en el sentido de voz que canta, pero no narra acontecimientos susceptibles de ser ironizados) de Bergounioux resulte en España algo extraña y poco comprensible, o es que tristemente se le ha pasado el momento idóneo para su buena recepción.

Sea como fuere, una editorial recientemente creada en Barcelona, Días contados, pretende remedar tal desafuero y nos ofrece estos días una traducción al español de dos textos breves de Bergounioux: “La huella” (2007) y “Puntos cardinales” (1995) que versan sobre el problema del exilio, en un sentido más amplio del habitual: el de aquel que ha tenido que huir de su doble que quedó relegado en la memoria.

A esa recuperación del otro se entregan los dos textos mencionados que se recogen en el volumen La huella (Días contados, 2010), traducidos por Isabel Trillo y Miguel Ángel Pando.

El relato que abre el libro, “La huella”, es el mejor de los dos y también el más complejo. En él, la voz narrativa –a fuerza de asíndetons y quiasmos- oscila entre las primeras personas del singular y el plural.

En esas, Bergounioux va pensándo(se) la realidad, siguiéndose de los “principios del conocimiento verdadero” [pág 12] de Descartes. Y nos va exponiendo secuencialmente “la melancolía del exilio” [pág 13] que rige tras los 17 años que vivió en Brive (en el momento de la escritura tiene Bergounioux tiene 58 años).

Así, el contenido del texto oscila entre variadas impresiones de “las contingencias de mi historia familiar” [pág 17] y las lustrosas personificaciones del paisaje en las que “el alma se reencuentra espontáneamente con el todo de su haber –la creación- en cualquier lugar” [pág 24].

Así, la memoria guardada en forma de “perífrasis y eufemismos” [pág 18] se despliega ahora “sin simplificaciones ni elipses” [pág 24] y la felicidad lucha contra lo sombrío, pues -a veces- también acuden al llamado del verbo los pertinentes “intervalos siniestros” [pág 32] en los que los objetos se le revelan al escritor como impregnados por lo funesto: por “su sombra gravosa” [pág 33].

En los intersticios se nos aparece el mar (elemento que potencia la imaginación) como “lo único importante que faltaba” [pág 39] y que el autor debe hallar en la escapatoria presencia de los libros. Así, nos encontramos con puntillosos incisos sobre Stendhal, Hegel, Alain-Fournier, Faulkner, Saint Exupery, Tolstoi, Melville o el ya mencionado Descartes, obtenidos de esa “matriz del mundo” [pág 46] que era la biblioteca municipal de Brive y su gran sala de lectura.

Con ello, entran en juego la palabra y el pensamiento que, gracias a la escritura, encuentran el modo de hacerse reales, y así Bergounioux aprende a discernir “lo que [en los libros], leyendo, miraba sin ver” [pág 49].

Un último tema que se toca en la narración es la oposición entre la Gesellschaft (la ciudad de París, que simboliza el cambio, la modernidad y el cosmopolitismo) y la Gemeinschaft (Brive-la-Gaillarde, que simboliza la tradición, la homogeneidad étnica y lo orgánico) [2].

Quizá, y podemos apuntar con ello una nueva moratoria en la recepción de la obra de Bergounioux, sería la constante dislocación de las atribuciones semánticas que torna deliberadamente el discurso ambiguo, lo que haya ahuyentado también a los editores españoles, poco dados a confiar en la inteligencia del lector.

En su plano formal, el texto de La Huella es una suave refutación (evocada con los argumentos de las emociones) de la segunda parte del Discurso del método de Descartes –refutación que se explicita al final del texto-. La base de ésta reside en retomar algunos flecos del pensador y corregirlos. Entonces, el añadido de Bergounioux se formula así:

“que siendo en las cosas donde nos abrimos, no sabemos verlas en todo lo que son hasta tanto no nos hayamos alejado de ellas” [pág 52].

He aquí la consideración narrativa de “la angustia del exilio” [pág 55], formulada con la sutil evanescencia de una tesis hecha a jirones y que se aposenta entre las piedras del muro de la memoria. Y he aquí -justamente- la razón para que la narración no pueda considerarse una narración filosófica, sino más bien la ejemplificación memorialística a través del pensamiento que, con imágenes elocuentes y vívidas, va justificando su argumento, su tesis, su comentario a la obra de Descartes.

El segundo relato, “Puntos cardinales”, utiliza estrategias parecidas.

La acción se circunscribe a los paseos automovilísticos del protagonista con su familia, primero en “una Zündapp estruendosa […] que mi padre […] cambió por un Simca 5 furgoneta”  hasta que, con la llegada del hermano Gabriel “un bebé gordísimo que […] hizo insuficientes los dos asientos”  aparece “un coche pequeño, compacto, de color verde manzana, que olía a pintura y a plástico” [pág 56], se trata de un 4CV.

Con él, la familia sale “marcha atrás del garaje oscuro […] donde el coche dormía” [pág 57], por la callejuela del Chapeau Rouge, la calle Gambetta, después la Nacional 89 y de ahí, dependiendo del día, hacia el valle del Vézère o la garganta del Corrèze.

Pero nunca hacia el Norte, allá donde anida el el deseo imposible de París.

Durante los 17 años que pasó en Brive, nos cuenta Bergounioux, “nunca tomé la avenida de París, es decir, la Nacional 20, más allá del Puente Cardina” [pág 59]

La carretera vista como un fantasma que nos quita (irónicamente) la libertad.

Nos confiesa el narrador:

“Me hizo falta, por lo menos, una docena de años para decretar que yo existía con independencia de la carretera, que ésta no tenía derecho a perjudicarme de esa manera y verme libre de náuseas” [pág 61].

Bergounioux aprovecha entonces para hablarnos de “la incertidumbre de las salidas” [pág 63], de su padre “y la melancolía que lo consumía” [pág 64], de cuan diferentes eran él y su padre, de su madre y de cómo “por su voz, la adversidad, la fugacidad del tiempo manifestaba su existencia” [pág 68], del Dordoña, que “corre como ningún otro río en el mundo, sereno, glorioso, majestuoso” [pág 67], y todo ello en un relato que pone por escrito “las primeras experiencias cardinales, las de la tierra, el tiempo, de las estaciones” [pág 65], creando una suerte de cartografía en la que el Sur significa la alegría pura y elemental, el Este y el Oeste lo oscuro, misterioso y que al narrador le produce gran disgusto, y el Norte que significa todo aquello soñado, el Norte donde está París, y los parisinos.
Ese Norte hacia el que el protagonista parte a los veinte años

“para descubrir el resplandor de la estrella que guiaba nuestros desplazamientos” [pág 71].

Este relato, “Puntos cardinales”, sirve para testificar como “al irnos, cambiamos, desparecemos. No se nos permite tener y conocer, ser y saber” [pág 71].

“Puntos cardinales” testifica que los años sureños sirvieron a Bergounioux para soñar con el Norte y que, ahora, estando -de adulto- en el Norte  se da cuenta de cómo en el Sur -de su infancia-

“palpita la promesa […] el recuerdo de la felicidad” [pág 71].

Quizá sea esta -al fin- pues la razón más punzante y verdadera y esquiva de los textos de Bergounioux y que -por ser eminentemente francesa- más repele a los españoles: el saber que la felicidad siempre está en otra parte, en los sueños quizá.

Y es que ya decía Calderón que:

“todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende”.

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Pierre Bergounioux. La huella. Traducción de Isabel Trillo y Miguel Ángel Pando. Ed. Días Contados. Barcelona. 2010.

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[1] Más información en L´hommage Gracq de Bergounioux. Revista Remue. Hivern 2007.

[2] Para profundizar en el tema se recomienda el artículo de Liesbeth Korthals Altes Writing the local in times of globalisation: Pierre Bergounioux and Claudio Magris. Incluido en L´esprit créateur, Volume 42, Number 2, summer 2002, John Hopkins University. Baltimore (Maryland). pp.34-42.

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*Este texto se ha publicado también en Escritores.orgaquí-.

 

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