Madrugadas… gramáticas.

En estas madrugadas insolentes últimas de marzo leo cartas;

correspondencias de hace casi sesenta años.

Y me salta la emoción ante una de ellas.

Dice:

“Prefiero siempre lo más trágico” [1],

así se lo afirma Jaime Gil de Biedma a su amigo Carlos Barral en una carta mandada desde Orense el 11 de septiembre de 1952.

Y leo, sigo leyendo más cartas.

En otra carta a Jorge Guillén, escrita dos años después ya desde Madrid, y cuando se preparaba como opositor para la carrera diplomática, sobre su vocación de poeta, Jaime Gil de Biedma dice que:

“a veces tengo miedo y me pregunto si no habré sido yo un poeta de ramalazo -o, mejor dicho, de adolescencia- que al llegar a la edad adulta se seca; la cosa sería grave. Ya que toda la organización de mi vida presente y futura, en lo moral y lo práctico, descansa sobre la base de que yo soy, y aspiro a seguir siendo, poeta -bueno o malo, grande o pequeño es cuestión que, de momento, me interesa menos: estoy en el puro instinto de conversación; se trata de que si no soy poeta no soy nada y que tendré que empezar otra vez desde el principio

¡Y Dios sabe cuánto trabajo cuesta llegar al principio!” [2]

Pero las madrugadas dan para algo más, y así, alguna razón que desconozco me lleva a las cintas del coreógrafo  Wim Vandekeybus.

[Y eso que yo detesto la danza. O, más acertadamente, detesto a la gente que baila. Pero, ¡ah! ¿Se acuerdan de Norman Mailer?

Pues eso.]

Y es que alguna razón imprevista me lleva de nuevo a sus vídeos.

A los de eso tipo con ese nombre tan raro:

Wim Vandekeybus.

Supongo que la razón única que me retiene en el visionado es que en algunos de sus videos se ponen en imágenes argumentos narrativos.

Mountains made of barking (1994), por ejemplo; en el que trata de evocar el relato Petkutin y Kalina de Milorad Pavic. O Elba & Federico (1993) que pone en imágenes la historia del libro de título homónimo de Italo Calvino.

No me gustan del todo, o acaso el gusto no es el motor que valora mi visionado, sino más bien una peculiar curiosidad, por tratar de ver qué pasa cuando el video arte colapsa y la danza lo salva…

Porque hay algo instintivo, primigenio, en sus obras -y que me llama poderosamente la atención.

No me acaban de gustar los vídeos (ya lo he dicho) y, sin embargo, no puedo dejar de mirarlos…

Esa amargura, la de sentirse tentado por algo innoble me repele, aún así la astringencia de la madrugada me lleva a acordarme de Rainer Maria Rilke.

Y me doy un paseo por su tumba.

Y caigo en la cuenta de que todo es gramática:

Entonces me acuerdo de una charla que han mantenido esta tarde en el Kosmopolis 2011 Enrique Vila Matas y Eduardo Lago en la que cuestionaban una imagen de Rimbaud descubierta recientemente y que retrata al poeta más allá de la cuarentena, y en mi mente se cruza esta idea con una obra del artista Savage y todo queda como así:



Así que me acuerdo de una frase que leí también en una de estas madrugadas últimas y que dice:

“la realidad, cuando por fin pensamos en ella, aflige y desencanta” [3]

Y ello me lleva a otra una frase de Birger Sellin que dice que

“es agradable encontrar secuencias que  no reflejan una realidad auténtica” [4].

Lo que, según opinión de Lázsló Földényi sería precisamente lo que perseguía el pintor Caspar David Friedrich.

Y pensando en los paisajes íntimos de Friedrich leo el comienzo del relato Lúnula y Violeta de Cristina Fernández Cubas que dice así:

“llegué hasta aquí por casualidad” [5]

Y me encuentro con el libro entre mis manos y pienso que la contingencia está bien, y que -por el momento- aquí me quedo.

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[1] & [2] Jaime Gil de Biedma. El argumento de la obra. Correspondencia. Edición de Andreu Jaume. Ed. Lumen. Barcelona. 1ª edición, marzo de 2010. [pág 78  & 98]

[3] Pierre Bergounioux. La huella. Traducción de Isabel Trillo y Miguel Ángel Pando. Ed. Días Contados. Barcelona. 2010.  [pág 12]

[4] Cees NooteBoom. El enigma de la luz (un viaje en el arte). Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal. Ed. Siruela. Madrid. 2007. [pág 100]

[5] Cristina Fernández Cubas. Todos los cuentos. Ed. Tusquets. Barcelona. 1ª edición. Octubre de 2008. [pág 29]

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