La vida es un lugar asombroso

Hay unos versos de Olvido García Valdés que dicen:

“Todo dice poder, calla / carencia […] puro movimiento / sin voluntad, que acompaña” [1]

Y todavía otros más, estridentes y bellos como ellos solos, que replican así:

“lo visible produce y niega su sentido” [2]

En esto pienso estos días, mientras vuelvo las hojas de una edición vieja de Ensayos sobre el desorden, de mi amado Xavier Rubert de Ventós y veo cómo excitados se revuelven todos los ácaros de las hojas y a mí lo que se me revuelve es la piel suave y diletante, y el cuerpo me pica que es una barbaridad, pero aún así vuelvo las hojas aquí y allá, con ese gozo que procede del escozor hasta que hallo una idea del poeta inglés Stephen Spender.

El escritor anglosajón propone como alternativa al ocaso de un futuro Absoluto y como modo único de poder hacer habitable el presente (visto que el Imperialismo supuso la expropiación del pasado) un “provincianismo sistemático y deliberado” [3]

Parece irónica esta demanda hecha en los años setenta y que contestaba -a su manera- a aquella otra hecha por Octavio Paz de que “hoy el futuro no nos parece menos irreal que la eternidad”.

Así, al decir del propio Rubert de Ventós: “la explicación [para el presente] deja de buscarse en la evolución misma […] la explicación se encuentra, por el contrario, en la estructura de un código en el que se está siempre ya instalado”, puesto que “las contingencias no tienen efecto alguno sobre el proceso sino que son mera manifestación del mismo” [4].

Irónicamente una novela contemporánea puede explicar el provincialismo diferencial, la contingencia y la irrealidad del futuro, tomando en cuenta -encima- al estructuralismo, en virtud de sus formulaciones de Estructura-Acontecimiento y Esquema-Anécdota.

A esta lógica de lo discontinuo (que describía para la ciencia Ortega y Gasset en 1921) es a la que se pliega la novela de Ugo Cornia Sobre la felicidad a ultranza (Periférica, 2011).

La novela, escrita originariamente en italiano en 1999 acaba de ser traducida por Francisco Julio Carrobles y publicada consecuentemente en castellano.

Las 174 páginas de este libro son “la crónica bastante fiel de unos años sumamente penosos […] que en un momento dado me tocó vivir” [pág 6] nos dice Cornia en la introducción; o sea, que se trata de una obra de raigambre autobiográfica, proponiéndose como una suerte de intento por deshechizar ciertos encantamientos.

Los acontecimientos así, se refieren con una elemental ligereza narrativa, no específicamente sinuosa, aunque sí liviana en el recuento de los hechos, pues los datos y las fechas (lo racional) se enfrenta a lo emocional en un engarce a base de geminaciones que toman forma de anadiplosis y epanadiplosis fundamentalmente, brincando en un juego de espejos semántico que, en ocasiones, confiere a la progresión del estilo la  ventura de unas asociaciones realmente asombrosas.

Tomemos un ejemplo al azar:

“Es bueno saber que el mundo no va a existir siempre, y que tampoco debe existir siempre, porque nadie le debe nada a nadie, y que las cosas pueden existir de vez en cuando, cuando suceden” [pág 51]

Y es que la peculiaridad de la escritura de Cornia se halla en la contradicción franca que el escritor dispone en los contenidos que va formulando, pues los argumentos se (re)formulan constantemente con la adición de matices negativos que van dialogando entre sí, y permiten el avance, yendo de la microestructura del capítulo (el libro tiene 14 capítulos más bien breves) a la construcción final de un sistema de constelaciones (al estilo del apunte) y que conforman el período de su vida que Cornia trata de retratar: la vida antes de la muerte de su tía, de su padre y de su madre, ese enorme cementerio que él llama “nuestro fantasmar privado” [pág 134].

A este respecto ha de celebrarse la traducción de Francisco de Julio Carrobles que ha permitido que las conexiones sintagmáticas brillen en español y el discurso halle coherencia rítmica.

La clave del libro de Cornia se hallaría en la aproximación a su propia vida ·de un modo absolutamente experimental […] sin ningún deseo determinado” [pág 164]. A este respecto, algo de neorrealismo hay en el libro, en el sentido de fomentar los exteriores, de retratar al desfavorecido (y su situación precaria) y de observación de la dificultad del mundo; aunque también podrían encontrarse ciertos ecos del Nuevo Objetivismo en el sentido de disciplina flemática con la que el narrador da cuenta de las acciones sorprendentes de los personajes, constatando su natural extravagancia y su sentimentalidad algo estrafalaria.

También hay algo de la espontaneidad fraudulenta del embrionario realismo minimalista norteamericano de los años 70.

Por ello la prosa se regodea en afirmaciones tácitas que fascinan y maravillan al lector, en su alarde sentencioso que contrasta la franqueza de lo dicho con la estupefacción que provoca en el lector su contenido y que dan como resultado momentos quasi-sublimes de puro hilarantes.

La narración se desarrolla dejando que “las cosas sig[an] su propio curso” [pág 11] y así abre con la muerte de la tía de Cornia el 23 de Enero de 1993 y que sucede cuando el narrador tiene 27 años y nos va hablando progresivamente de su hermana, de su estrambótico padre, su  madre y sus diferentes novietas (las de Cornia) en lo que él llama “mi reconstrucción” [pág 8].

Porque así va la cosa: en la anotación de recuerdos que van cayendo según quieren, pues Cornia nos confiesa pronto que “no quiero transformar las cosas, ni siquiera un poco” [pág 12].

Cornia, al dictado de su “alma tempestuosa y mudable” [pág 50], nos habla también de los perros y sus amos, de su primera relación sexual completa (que tuvo lugar el 8 de Mayo de 1985), de sus aventuras (casi)heroicas tratando de salir por la ventana de la casa de la amada ante la irrupción de los padres de ésta, de la muerte de su madre, la carga que resultaba para él que le llamasen niño de papá por la razon de que “nunca he conseguido pensar con mi cabeza” [pág 70], su ateísmo “sólo […] en un noventa y siete por ciento” [pág 73], su bisabuelo “el anarquista”, la pasión por reciclar de su padre, quien opinaba que “muchas veces vagabundear en tren sin una meta precisa era algo bonito de verdad” [pág 101] y su fascinación por comprarse una caravana para recorrer el mundo tras su jubilación (una jubilación que nunca llega a disfrutar, pues muere antes), las visiones de Cornia de sus padres muertos (y su interpretación particular), etc etc etc.

Por mencionar una novela recientemente publicada en España con la que pudiera guardar parentesco, deberíamos citar su parecido en el tono con El papel de mi familia en la revolución mundial de Bora Cosic (Ed. Minúscula, 2009) y de la que ya hablamos aquí en su momento.

A mí me ha hecho pensar también en el tono de naturalismo naïf de Mi familia y otros animales (1956) de Gerald Durrel, aún cuando el signo del contenido afectivo (y la gradación de la tragedia) de ambas sea radicalmente diferente.

Como último apunte para cerrar me gustaría poner de relieve la dificultad con la que (igual que Durrel y Cosic) habrá de enfrentarse Ugo Cornia en el futuro (Periférica planea publicar el resto de su obra, así que habremos de esperar), pues parafraseando los versos iniciales de García Valdés: una vez que lo visible (la autobiografía) ha producido y negado su sentido, lo que queda no puede ser más que el proyecto de una biografía nueva.

En otras palabras, hay personas que devienen autores literarios gracias a exorcizar de manera singular sus experiencias vitales traumáticas. Pero eso, normalmente, no da más que para un solo libro. Después de la publicación de esa primera novela, deben reinventarse y convertirse no sólo en personas nuevas, sino en autores nuevos, y genuinos.

Huelga decir que los casos de éxito en tales tentativas suelen ser bastante raros.

De momento contamos con esta magnífica primera novela que nos habla de un buen montón de cosas tristes contadas con tal agudeza que, irónicamente, su conocimiento nos produce unas sensacionales ganas de vivir.

 

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Ugo Cornia. Sobre la felicidad a ultranza. Traducción de Francisco de Julio Carrobles. Ed Periférica. Cáceres. Febrero de 2011.

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[1] Olvido García Valdés. Y todos estábamos vivos. Ed. Tusquets. Barcelona. 2ª edición, Noviembre de 2007. [págs 157 & 117]

[3]  Xavier Rubert de Ventós. Ensayos sobre el desorden. Ed. Kairós. Barcelona. 1ª edición, abril de 1976. [págs  71 & 73]

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