The New Spleen: pachorra y déficit de atención

Lo más moderno suele ser casi siempre producto de una alteración menor (aunque significativa) de un producto precedente.

Así, las más de las veces, signos que nos parecen profundamente contemporáneos son más fáciles de interpretar (o pueden ser explicados de otro modo) si damos un salto hacia atrás y miramos desde la distancia.

Probemos a hacer el ejercicio dando un salt(it)o de 173 años.

Vayámonos entonces a la Rusia que vive su siglo de Oro (el XIX) y fijémonos en un escritor en ciernes, recién salido de la Facultad de Filosofía de Moscú: Iván Alexandrovich Goncharov.

Un hombre de 26 años que  está en los años de fértil producción de sus primeras tentativas literarias que tomarán primero forma poemática y pronto la de dos novelas cortas: El mal del ímpetu y Un error feliz.

Estamos veinte años antes  de su obra magna Oblomov (1858) y que significaría la instauración del adjetivo “oblomovismo” referido a esos señoritos vagos y quejumbrosos que poblaban la rusia decimonónica de terratenientes propietarios de  fincas rurales o elegantes palacetes de Moscú y San Petersburgo; señoritos ociosos que eludían todo tipo de responsabilidad o decisión.

Así que, aunque sepamos (nos lo dice la historia de la literatura) de la excelsa producción ulterior de Goncharov, no podemos juzgar a este hombre por lo que hará con el correr de los años sino que debemos juzgarlo por lo que está haciendo en estos momentos, en la decada de los años treinta del siglo diecinueve.

Y lo que está concibiendo ahora Goncharov son unas tentativas necesariamente menores, amparadas en el socaire de la juventud airada.

De chispeante gracejo, por ello.

Y es que estamos justo después de las guerras decembristas, que significaron la derrota definitiva del idealismo romántico y que el mismo Goncharov satirizaría una decada después en su obra Una historia corriente (1847), en la que un personaje de aspiraciones sublimes se va envileciendo progresivamente hasta convertirse en un funcionario medrador.

En este punto de la historia de Goncharov (1838) nos ocuparemos de una de esas dos novelas de su primera juventud: El mal del ímpetu (también conocida como El grave mal).

En ella se instaura ya una dicotomía que habrá de rastrearse en el resto de su obra: la contraposición entre el estancamiento y el desarrollo.

En este sentido, El mal del ímpetu es la contrapartida absoluta de Oblomov, pues si en la segunda se diagnostica el mal de la pereza, en la primera se valora la hiperestesia que viene producida por el afán de ser dinámico a toda costa.

En otros términos: progreso vs. conservadurismo.

En un plano muy básico, podríamos decir que El mal del ímpetu plantea de un modo protogenético la asociación interior/exterior vinculada al concepto novela romántica/novela realista.

En los salones interiores burgueses es donde se produce el tedio y el abatimiento, la vida perezosa de la realidad histórica rusa del momento, pero que no se traduce en ninguna vida interior (faltan todavía 40 años para que Wundt se invente la psicología moderna partiendo de la frenología), sino más bien en rutina. De otro lado, los exteriores se acaban vinculando a la acción sin propósito, al delirio de la actividad hiperactiva per se, en un intento -podría decirse que inverosímil (por inútil)- de aprehender la naturaleza.

Todo esto se cuenta a colación de la historia de la familia Zúrov, quienes están viéndose afectados por una extraña enfermedad, que es “como si todos los diablos del infierno los instigaran o estuvieran persiguiéndolos” [pág 34] y así se dedican sencillamente a pasear, sufriendo su “mal crónico” [pág 28], escopetados por una “pasión irresistible […] por salir de paseo el campo” [pág 30].

Aquí en la novela a esto se le llama El mal del ímpetu o bien el “mal del ejercicio”. La hiperactividad. La imposibilidad de estarse quietos. Un mal, el del ímpetu, que ataca en verano, y que incapacita a quien sufre la enfermedad para permanecer en casa durante las horas soleadas del estío.

Como toda enfermedad, también ésta tiene sus síntomas; a saber: “el continuo bostezo, el aire reflexivo, la melancolía, la falta de sueño y apetito, la palidez y, al mismo tiempo, unas extrañas manchas en la cara y algo salvaje en los ojos, algo muy raro” [pág 34].

Aprecien en este pequeño extracto el tono irónico y socarrón de la narrativa de Goncharov y que será la mejor baza de este texto que nos ocupa.

Respecto a la estructura de la narración de la historia y su aspecto en ocasiones degajado, su justificación nos viene dada desde el principio por parte del narrador, quien nos dice que:

“disculpen […] que no pueda aclarar y colocar en un orden conveniente todos mis recuerdos: estos se amontonan entremezclados y, formando un tumulto en mi cabeza” [pág 13].

Este recurso literario no sería demasiado grave en una novela más larga, llena de personajes, hechos, historias entrecruzadas, etc aunque aquí, en una narración tan breve, se torna innecesario y encubre la torpeza del narrador, y justo por ello, lo toleraremos como el acto de ingenua bisoñez que significa, una muleta en la que se apoya el joven Goncharov.

El contexto de la historia es el miedo al contagio del narrador (quien nunca nos revelará su nombre, pero que podemos ver como un trasunto del escritor [1]).

El narrador, que ha sido presentado a la familia Zúrov por medio de su amigo Nikon Ustínovich (un hombre que “rara vez salía de su casa y a fuerza de vivir en posición horizontal adquirió todos los atributos del haragán” [pag 22]) trata primero de comprender el mal que aqueja a la familia Zúrov, para posteriormente tratar -infructuosamente-, en alianza con el propio Nikon Ustinovich, de curar a la familia de esa enfermedad espantosa:

“una infección [que] ha echado raíces muy profundas [en los Zúrov] y recorre lentamente sus venas consumiendo su esencia vital” [pág 33].

El culpable primigenio del mal acaba revelándose en la figura de Iván Stepánovich Verenitsyn, quien contagió a los Zurov. Y todo por culpa de un viaje hecho ocho años atrás en el que Verenitsyn estuvo por “Crimea y en Siberia y en el Cáucaso” [pág 40]; sucedió que, al haber vivido feliz en la estepa, acabó aficionándose al campo y tratando de que todo el mundo a su alrededor se aficionase también, comenzando por los Zúrov.

Lo interesante de la enfermedad es que se propaga de manera silenciosa y por contagio; siendo que los Zúrov son una familia encantadora y de afable trato, mucha gente goza de su compañía y así, sin darse cuenta, acaban contagiándose.

La enfermeda sólo hallará cura, nos cuenta  Nikon Ustínovich, en la resistencia individual, pues “no existe un remedio único: cada uno debe inventar el suyo” [pág 43]. Se  nos relatan cómo resistencias posibles el canto (la voz) o los poemas (las palabras), gracias a los que se consigue aturdir a los hábiles charlatanes.

Lo más importante, empero, es inventar un “lenguaje especial” [pág 59] que aniquile la verborrea liviana de los embaucadores enfermos.

Aquí, ya en la tercera parte de la novela, en la que el protagonista se resiste a ser incluído en las jornadas de paseo de los Zúrov, aparece tímidamente la figura del individualista, aquel “hombre solo [que] no puede luchar contra una multitud” [pág 52].

En este tramo final de la novela, los Zúrov están a punto de morir por culpa de la obstinación del paseo, y se produce la mencionada intentona del protagonista y de su amigo Nikon Ustínovich de curar a los Zúrov de su enfermedad.

No desvelaremos el desenlace,  mas nos centraremos en último lugar en la idea que transmite la novela y lo que, ya al principio, mencionamos como signo contemporáneo.

Se trata del Ensimismamiento.

Así, tanto en los años treinta del siglo XIX como en el arte abstracto de los años sesenta del siglo XX, como ahora en el comienzo del segundo decenio del siglo XXI podemos hacernos eco de ese ensimismamiento.

Dicho en otras palabras: la pasión funesta por una idea, un concepto que acaba ofuscando a la gente y arrastrándola al abismo.

Valga decir también que a la novela le da tiempo para esbozar un mini libelo y para darse el capricho de servir al realismo social moscovita de la época, por lo que el  desenlace queda un tanto deslucido.

Lo más importante, no obstante, es la idea de la enfermedad que transmite: el delirio de querer agotar la vida a toda costa. Si en los Zúrov esto se basaba en las caminatas campestres, en el mundo contemporáneo se cifra en la producción delirante de mercancias.

Si en la época de Goncharov era imprescindible huir de la casa, entrar en comunión con la naturaleza, hoy ese afán es el de querer huir del mundo real (el adulto: el mundo de las responsabilidades) por querer estar continuamente (hiper)conectado; y su corolario:  el disparate que significa querer estar produciendo ininterrumpidamente.

Cambien naturaleza por la worldwideweb y verán con horror las implicaciones contemporáneas de esta novela escrita en 1838 y cuya paráfrasis actual sería esa nueva forma de spleen contemporáneo: el de aquellos seres apáticos que, huyendo de la realidad, se refugian en el simulacro virtual de chats, blogs, redes sociales y formsprings, donde lloran su ilusa desdicha peterpanesca.

Así, de una teleología antropomórfica que basaría su enfermedad en el peso asfixiante de la historia (y que alcanzaría su cénit unas décadas después de la novela de Goncharov), ahora nos encontramos con el ahogo que produce la intratable no-realidad, agravado por la ausencia de lo sólido y el pánico que se deriva de la percepción del vacío inmenso y estéril de las copias repetitivas.

Sobre la edición de Minúscula, habría que recordarle al lector que se trata de una traducción de 2007 hecha por Selma Ancira y financiada por el Conaculta y ya publicada en 2008 por la editorial mexicana Ediciones Sin Nombre.

Para esta nueva edición se ha revisado la traducción (supongo que para “castellanizarla” -no he podido consultar la edición mexicana) por parte de Marta Hernández Pibernat.

Habría que mencionar, eso sí, que el hecho de (dis)poner 46 caracteres por línea en páginas de 23 líneas para que la edición quede de 103 páginas, tal vez sea un abuso por parte de la editorial.

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[1] Al respecto de esta nueva forma contemporánea del spleen es interesante ver la novela de Goncharov como un proto-ejemplo (aun embrionario, por supuesto) de lo que el pionero en trastornos disociativos Morton Prince llamaría la co-consciencia o el modo en el que varias experiencias se experimentan juntas, de manera indisoluble y que prefiguraría el estilo modernista. A este respecto, Galya Diment, en su libro The autobiographical novel of co-consciousnessaquí– ha estudiado las implicaciones de la co-consciencia en las obras de Goncharov, Virginia Woolf y James Joyce.

En ese estar (hiper)conectados de los jóvenes de hoy podemos ver una forma actual de las experiencias multi-modales, un nuevo spleen que adoptaría la hiperestesia como modo sui generis del tedio.

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Iván Goncharov. El mal del ímpetu. Traducción de Selma Ancira. Revisión de Marta Hernández Pibernat. Ed. Minúscula. Barcelona. Diciembre de 2010.

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CODA:

Carl Larsson - "El rincón de los perezosos" (1894)

 

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