Especulación del talento [10]

1.

Decía Alex Clark en un artículo reciente para The Guardian que:

“It’s unsurprising that speed and economy are often prioritised over care and quality”  [1].

Está hablando Clark sobre el problema que supone para la industria del libro el hecho de que la edición de los textos sea una excentricidad que hacen los editores en su tiempo libre, dado que su tiempo efectivo de trabajo lo deben dedicar a otras muchas cosas.

Qué cosas, se pregunta uno.

Yo se lo diré: básicamente a asistir a reuniones o a hacer el ganso en las redes sociales. Vaya, dicho de manera más fina: se dedican a trabajar conjuntamente con los departamentos de marketing y ventas y a charlar con los agentes editoriales para que éstos les den textos ya editados por algún editor free-lance, o por el mismo agente editorial o acaso por el propio autor (lo que, en mi opinión, debería ser la norma y no la excepción).

O sea, que se dedican a gestionar la obra; lo que es (y debe ser), al fin, su trabajo.

Volvamos a escuchar a Clark quien finaliza su artículo sobre el -calamitoso, según su opinión- estado de la industria editorial diciendo algo que no por repetido es menos cierto:

“What we have to be aware of is that the creation of serious literature […]  is the result of enormously concentrated mental and aesthetic effort”. [2]

Lo de siempre, pues, que la literatura seria no se (a)parece en un suspiro, que lleva tiempo, que lleva dedicación, que no casa con los tiempos actuales ya siquiera de producción, sino algo posiblemente más grave: no casa bien con los tiempos actuales de recepción.

Hasta aquí, todo más o menos conocido.

Sin embargo, hay algo a lo que no se refiere Clark y que, tal vez, sea la cuestión más central del asunto: la literatura seria se encuentra con graves problemas porque el sistema (debido a sus mutaciones durante la última década) no está ideado para tomarla en consideración.

O dicho de otro modo: al priorizarse una literatura superficial  (que transita el terreno del más puro esteticismo -vacuo-) cuando una literatura más densa, más elaborada, que necesita tal vez de más cuidado aparece, ésta pasa inadvertida y es tratada de un modo que no le pertoca, es tratada de manera errónea, pues.

O peor: no se la trata en absoluto y, en consecuencia, se la rechaza abiertamente.

2.

Podríamos ejemplificar la relación del mercado al respecto de la literatura seria con la obra del colombiano Juan Manuel Echavarría Desenterrar y hablar (2010).

Así:

3.


“Por cada lector que muere hoy nace un espectador” [3].

decía Jonathan Franzen en 1995 en su artículo El lector exiliado.

Yo, la verdad, no estoy tan seguro.

En primer lugar, porque el lector no se reconvierte, un lector es siempre un lector; puede que no ejerza como tal, que se tome un tiempo de descanso, pero siempre será un lector.

En cambio, un espectador tiene la posibilidad embrionaria de desarrollar un papel activo y convertirse en lector. Existe en él de manera perenne el gérmen de la individuación, es decir, que tiene siempre la puerta abierta para abandonar el auditorio y quedarse a solas con el libro, en la intimidad de la lectura, a puerta cerrada.

Confirmar las sospechas de Franzen, además, nos obligarían a aceptar la mencionada dicotomía absurda (el enfrentamiento entre lectores/espectadores).

Dicotomía que maneja también el crítico Sven Birkerts en The Gutenberg Elegies, afirmando que la tecnología (el ámbito del espectador) es meramente paliativa, mientras que el arte (el ámbito del lector) es terapeútico.

Pues miren, no. O no necesariamente.

Ni me parece que la Internet sea un lenitivo ni tampoco me parece que la lectura de los libros tenga ningún tipo de poder curativo per se.

Dice Franzen:

“La apoteosis electrónica de la cultura de masas no ha hecho más que volver a confirmar el elitismo de la lectura literaria” [4].

Lo cual es a un tiempo cierto, pero también una pequeña mentira.

Porque la lectura literaria siempre ha sido elitista. Ya no, desde luego, referida a una élite económica o social, sino a una “élite del espíritu”. Con la ventaja de que es algo puramente autoselectivo.

Es una cuestión de voluntad y decisión.

Cualquiera que desee ingresar está invitado, porque el club lo forma uno mismo con un sinnúmero de escritores con los que dialoga en un tremendo silencio.

Una fiesta caracterizada por el hecho de que la única persona potestada para emitir las invitaciones eres tú mismo.

4.

Y aquí es donde aparece el conflicto, pues un número creciente de editores en los últimos años pretende vender libros a ciudadadanos no lectores, personas que no desean ingresar en el selecto club de la literatura, pero que sí quieren beneficiarse de esa pátina de elitismo (cierta aristocracia del pensamiento) que históricamente poseen aquellos que por voluntad y decisión han resuelto pertenecer a la comunidad de lo que Birkets llama “los lectores oponentes”, y que -parafraseando a Don Delillo– serían aquellos lectores que

“leen contra el poder, leen contra las empresas, el estado o el aparato de asimilación completo”.

Los códigos de la literatura seria están siendo usurpados por estos editores para vender libros planos (libros estéticos) a espectadores de la literatura.

Así, no hay tal dicotomía, el lector de literatura seria puede perfectamente convertirse en un espectador pasivo de los medios tecnológicos, y aceptar el flujo de información que le viene a cada click, pero siempre tendrá la posibilidad de recogerse en la intimidad de la lectura y disfrutar de su agradable charla con todos sus amigos escritores que le aguardan tras las cubiertas de los libros.

¿Dónde esta la trampa, entonces?

Muy fácil, el lector entrenado es capaz de discriminar y poner adecuado nombre a las cosas. Al lector entrenado, al elitista de la literatura no le molesta que las editoriales vendan libros rematadamente malos. Ese no es el problema.

Porque la base de la democracia es precisamente la diferencia, no la igualdad. Y los lectores elitistas somos, ante todo, democráticos.

La fatal consecuencia vendrá cuando, en un desliz, en una noche de apagón, quizá, el habitual espectador de la literatura decida -por no tener nada mejor que hacer- agarrar uno de esos libros de la estantería que ha comprado, pero que nunca leyó. Encenderá una vela, se sentará expectante en el sofá, se pondrá una manta sobre sí, y al calor de la ilusión (y la tímida lumbre), comenzará a leer el libro.

Primero le llamará la atención la planicie de los personajes (y que contrasta con las elogiosas citas sobre la construcción de ese “protagonista inolvidable” que ha consignado previamente en la contraportada), después le hará recelar la incorrecta ortografía o la poca limpieza gramatical y sintáctica de la novela. Tendrá serias dudas con la trama, pero al releer el nombre del prestigioso premio que avala la obra, así como los nombres rimbombantes de los miembros del jurado que la premiaron (y que, con toda seguridad no habrán leído) se calmará por un momento.

Seguirá leyendo, con cierta desidia o acaso abandonará de una vez el libro y se convencerá de que la literatura seria es mala.

Entonces sí que habremos perdido un lector.

Los editores, con sus artimañas, lo que están haciendo es tratar de borrar los límites de lo que es literatura seria y literatura vulgar, de entretenimiento, trasvasando las cualidades de lo serio a los productos banales que buscan la distracción y la rápida complacencia del espectador (que no lector).

Yo no tengo ningún problema con la alta y la baja cultura, siempre que a la alta cultura se le llame alta cultura y a la baja cultura se le llame baja cultura. Del mismo modo que nadie llama vaca a un toro, o tortuga a una serpiente, no entiendo por qué habríamos de hacer lo mismo en términos culturales. Imaginen que, de hoy en adelante, a Vd comienzan a llamarle Luís cuando su nombre es Jesús, supongo que no le haría mucha gracia, ¿verdad?

Es de aquí de donde se deduce la poca importancia que se le da en una editorial al texto; de ahí que los editores cada vez más hablen en términos de márketing viral y de promoción de la personalidad del autor y menos de los textos.

Por eso no tienen tiempo para editar los textos, porque se pasan demasiado tiempo especulando con la -supuesta- calidad del texto, sin tomarse el debido tiempo en comprobarla.

Y lo grave es que no estoy hablando siquiera de las grandes editoriales, de los grandes grupos, qué va, lo grave es que esto está sucediendo con (algunas) editoriales independientes, las que supuestamente deberían velar por la buena salud de la literatura literaria, valga la redundancia (que para el caso que nos ocupa cada vez es menor, dicho sea de paso).

– – – – – – – – – – –

[1] & [2] Alex Clark. The lost art of editing. The Guardian. 11-Februrary-2011.

[3] & [4] Jonathan Franzen. Cómo estar solo. Ed. Seix Barral. Barcelona. Barcelona. Septiembre de 2003. [págs 189 & 204]

– – – – – – – – – – –

Counter(Argument):

El Royal College of Art (London) propone la exposición Open Books para finales de este mes (21-27 de Febrero de 2011), muestra que toma como punto central el libro (como continente y como contenido).

Para los propulsores del evento el hecho de que nos encontremos en un contexto de una era virtual y digital no supone ningún conflicto, sino más bien un acicate.

Y así, proponen la exposición como una afirmación rotunda de  la autonomía del libro.

Porque no, sépanlo Vds., especuladores, no conseguirán acabar con el libro, y mucho menos con la literatura de calidad.

+ info: aquí.

Anuncios

Comentarios desactivados en Especulación del talento [10]

Archivado bajo Especulación del talento

Los comentarios están cerrados.