Especulación del talento [8]

1.

Una novela, al fin, no es más que un equipo de futbol bien avenido.

11 jugadores coordinando sus excelsas individualidades, trabajando al mismo compás, unidos todos en un estilo distinguible, suave pero punzante, justo pero implacable.

11 jugadores que serían: la trama (historia/narración/relato), los personajes, el ritmo, el tiempo, el modo, la voz narrativa y la pertinente focalización.

El entrenador de un buen equipo, igual que el novelista, respeta a su rival, confía en su trabajo y  y es paciente, hace que los jugadores (la parte técnica de la narratividad, en el caso del novelista) vayan buscando los huecos, que basculen y que, cuando se haya de apretar, se apriete, sin vacilar.

Si viene un gol (una frase, una página acertada, un capítulo memorable), mejor, y si es que no, pues se sigue intentanto, sin desfallecer, sin bajar el ritmo, sin buscar subterfugios ni triquiñuelas, ni trampas, nada.

Siempre basculando, a un lado y al otro, esperando pacientemente el momento oportuno.

Así igual el novelista, que calienta cada día las manos, curiosea el diccionario, moviéndolo de aquí allá, bamboléandose al ritmo de la sintaxis, probando sus diferentes posibilidades, modificando el punto de vista, jugando con el ritmo de la narración,

pues así igual los jugadores de un equipo de futbol serio en sus entrenamientos, que van tanteando diferentes posiciones para la mejor cohesión, respecto del próximo partido, respecto de las especificidades de los próximos contrincantes, respecto al propio estado de sus fuerzas, su resistencia y su vigor.

2.

A mí no me interesa el fútbol, o mejor dicho, no me interesa el futbol de manera genérica (entendiendo esto como la defensa ciega de unos colores o un himno), sino de manera particular;

es decir: me interesa el estilo del fútbol, el orden del juego y la efectividad de la rigurosa disciplina.

Me interesa cuando todo trabaja en armonía para un fin común,y  no se persigue el resultado (o no es esta la meta primordial), sino que se persigue por sobre todas las cosas la consecución de los objetivos de un estilo.

Por eso me gusta el Barça, y por eso el Barça es tan bueno, y todos los demás… pues no.

El Barça juega, trabaja, tiene táctica y disciplina y nunca se queja (o apenas nunca). Es un equipo humilde, pero ambicioso. Y ello se devenga de su honestidad. Todo esto sumando al talento innato de sus jugadores hace que se convierta el equipo en una máquina perfectamente engrasada.

Cada pieza del engranaje sabe su función, sabe qué se espera de ella y está donde tiene que estar.

El entrenador entonces (el novelista) no tiene más que ir dictando sus consignas, redistribuyendo las fuerzas para una mejor estrategia y remedando los posibles errores según surjan, atendiendo especialmente a la debilidad de algunos flancos.

El entrenador entonces (el novelista) ha de estar atento, ser rápido, diligente y estar muy seguro de sus decisiones.

3.

En otra época me gustaba el Madrid, porque también tenía esto que acabo de referir y así, su presuntuosidad resultaba afable, aristocrática, distinguida. Convincente.

Pero ahora no, lo que queda de todo aquello no es más que una deshonrosa y altiva humildad teórica.

Y esto por culpa del novelista, es decir, de Mourinho, el director de la orquesta, el entrenador. El jefe.

Pues hablamos de un tipo afectado, cobarde, falsario y, lo peor, traicionero.

Ah, y encima, llorica.

La gran carga de este portugués es su intento de hacer lucro de su vanidad. Por ello es teatrero con ella, y acusador, y  plagiario de sí mismo (no en vano comenzó su carrera como traductor de Bobby Robson).

Y el resultado es más que obvio: no tiene equipo, las palabras se le rebelan, es incapaz de fijarlas más que fugazmente en las páginas cambiantes del terreno de juego.

Sus 11 jugadores no trabajan para un fin común, no hay armonía en las piezas. Se le han contagiado en la vanidad y cada uno pretende ir a lo suyo.

El resultado es que la arquitectura que tiene que soportar el diseño para que la sinfonía suene está quebrada; mal hechos los cálculos de estructuras y, así,  en el espectador no hay más que desconfianza hacia los peones que caminan en la procesión ritual y que deberían sostener a la virgen (la virgen, radiante y de manto púrpura, es obviamente Cristiano Ronaldo).

Por ello, el equipo (la novela) hace aguas constantemente.

En ocasiones tiene la fortuna del genio individual (la chispa del fútil ingenio que todo novelista tiene) y los goles (la frase extrañamente seductora) le van salvando los partidos (el párrafo, el inicio de un capítulo), pero esa conflagración de voluntades que conforma un equipo (la carpintería narrativa que sostiene el mueble acabado) no se ve por ningún sitio.

4.

Cada semana, mientras el Barça trabaja silenciosamente, y se concentra y respeta a sus adversarios, el Madrid se dedica a sembrar ciñaza, a desmentir rumores, a quejarse del maltrato arbitral, etc

Aquí me gustaría mentar un inciso, que no por evidente resulta menos necesario de exponer: el arbitro también juega.

Lo repito: el árbitro también juega.

Lo repetiré una tercera vez: el árbitro también juega.

Así, un equipo debe ganar, no gracias al árbitro, y no debe perder por culpa del árbitro, sino que gana o pierde justamente a pesar del árbitro.

El novelista, igual:

se enfrenta a adversidades, pero estas cuentan en el proceso

(que pierda cierto material que tiene guardado en el ordenador, que ese día esté resfriado, que no tenga tabaco que fumar, que le preocupe el dinero que no tiene, que en su casa haga frío, que ese día no esté inspirado, que su familia le distraiga de su tarea creativa o que su pereza congénita le disuada, tanto da, eso no son más que excusas).

La gracia del novelista es que gana (el producto de su trabajo se contituye en forma de una novela convincente) a pesar justamente de todo eso, de todas las adversidades.

He aquí su grandeza.

Y he aquí, por contrapartida, la ramplona bajeza de Mourinho, ese entrenador que, como los pérfidos novelistas, en una ocasión consiguieron el éxito de una victoria (o de muchas, eso qué importa), y se extasiaron tanto contemplándola, que su luz les ha dejado ciegos.

Y siguen especulando vigorosamente con los reflejos de aquel rayo pretérito, y que -por desgracia para ellos- ya fue.

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