Especulación del talento [6]

En una de sus más recientes columnas, el cantante de rock -y aledaños- José María Sanz, refiriéndose a los años 80, escribía que los críticos:

“eran tratados por encima de los propios artistas, creando tendencias o condenándolas al ostracismo.

De ellos dependía tal o cual lanzamiento, con solo una opinión podían hacer variar el destino de una banda o solista, eran el oráculo y los artistas intentaban poner buena cara o convencerles a base de prebendas” [1].

Si eso era lo que reinaba en la españa de los 80, en la España de la segunda década del siglo XXI (siendo coletazo de lo anterior, de la primera década del siglo XXI) lo que reina ahora -al decir de  Julian Rodriguez– sería “La Estrategia de la Confusión” [2], estrategia que, ahora los críticos secundan (perpetrando la inclusión de esa tendencia confusa en el cánon).

Y tal estrategia, sin duda, se beneficia de ese estado de perplejidad literaria del público lector de la que habla Juan Franscisco Ferré [3]: esa deshazón respecto al futuro ya perdido.

Una estética y práctica de la confusión que pretende -pues- sacar partido de la “ligereza y [el] entretenimiento” y así las obras literarias actuales toman esas dos características como norma y le añaden una tercera: la de una  “cierta visualidad, que la obra haga ver cosas, que genere imágenes” [4].

No será en vano recordar a este respecto  la idea de Manuel Castells según la cual la creatividad “no tiene lugar en un momento determinado, sino que es una nueva forma de enfocar la vida” [5].

Gracias a ello, las estrategias de/para la confusión unen a su estética y a su praxis la actitud (lo emocional) de los individuos que la practican y que, por esta razón, se pretenden instaurados de manera natural en el tiempo que les ha tocado vivir y, justamente por ello, intocables; parte de la colectividad, del pro-común, digamos.

Así, crean, forman, alimentan y perpetran el sentido de comunidad y, con ello, se desendividualizan  (es más difícil dispararles, así -ellos lo saben bien-).

Entonces, como bien indica  Josefina Ludmer, esa literatura provocaría la confusión gracias a que “fabrica presente con la  realidad cotidiana y esa es una de sus políticas […]  Una ficción que es la `realidad´ […] escrituras sin metáfora”  [6].

Y todo esto tiene bastante relación con la idea de José Luís Molinuevo según la cual las obras por las que no pasa el tiempo forman parte de una producción cultural que queda inmediatamente obsoleta [7].

Cabría, empero, una matización aquí.

Porque una cosa es que las novelas pertenezcan radicalmente al presente (es lo deseable y meritorio), que estén infestadas de todo lo que en el presente rodea al escritor y otra, más importante a mi modo de ver, resulta que el tiempo se haga significativo sobre ellas, que puedan dialogar con diferentes momentos del futuro.

Aquí es donde hace aguas la así llamada estrategia de la confusión.

Porque una de las líneas maestras de su estrategia es la de que el consumidor confunda cultura con arte, y es que, a pesar de que todo arte, por definición, es cultural, no todos los productos culturales son arte.

He aquí su más taimado estilete para el trabajo especulativo.

BONUS TRACK:

Pero, dejémonos de teorizar y vayamos a un ejemplo concreto:

la última novela de Antonio Ungar Tres ataúdes blancos, premio Herralde de novela 2010.


Hace sobre ella, en el número de enero de la revista Letras Libres, Rafael Lemus una reseña, en la cual afirma que:

“llega tan tarde que, si se descuida un momento y afloja un poco su postura, solo repite y recicla los detritos de otras obras”

Y esto por la razón de que el autor:

“se siente obligado a admitir el cansancio y la ineficacia de sus recursos novelescos, pero al mismo tiempo no está dispuesto a transformarlos y menos todavía a abandonarlos. Como a estas alturas ya todos conocen –aunque sea a través de rumores– los argumentos posmodernos y post-estructuralistas en contra de la mímesis narrativa, se concede: es cierto, algo no funciona bien aquí”

La crítica que subyace aquí es muy sencilla pero más pertinente, que:

“la literatura supone, al fin y al cabo, una lucha por los signos y las representaciones […] no basta con sonreír sarcásticamente” [8].


Pero, esperen, esperen, que ahora llega lo bueno, el autor de la novela (el mismo Antonio Ungar), enterado gracias a un internauta de tal crítica (y juro que no fui yo) y ello al amparo de una entrevista que estaba manteniendo con los lectores de El País, contesta así:

“si después de leer mi novela alguien piensa que América Latina se sigue pareciendo a los tópicos sobre América Latina, la culpa es de América Latina, no mía. Creo que nuestros dirigentes, criminales de la peor calaña en casi todos los casos, son los responsables de que las cosas estén como están (mal), no los escritores que contamos esa realidad” [9].

La culpa es de la cultura, oh, claro, sí, parece decir Antonio Ungar; no del arte.

Este es ni más ni menos el argumento de todos aquellos que abogan por la postautonomía del arte y que especulan con ella, Josefina Ludmer a la cabeza de todos ellos.

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[1] José María Sanz, `Loquillo´. Criticar es un placer. El Periódico. 07-Enero-2011.

[2] Julián Rodriguez. Una recomendación de urgencia. ClubCultura. 05-01-2011.

[3] Juan Francisco Ferré. Literatura para ciborgs. La vuelta al mundo. 06-Enero-2011.

[4] Josefina Ludmer en entrevista con Hernán Arias.La cultura argentina es conservadora y pacata. Diario perfil. 01-Noviembre.2009.

[5] Manuel Castells. Creatividad, innovación y cultura digital (Un mapa de sus interacciones). Revista Telos. nº 77. Octubre-Diciembre de 2008.

[6] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas. Aquí.

[7] José Luís Molinuevo. Arte y literatura (3). Pensamiento en imágenes. 04-Enero-2011.

[8] Rafael Lemus. Crítica de tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar. Letras Libres. Enero de 2011.

[9] Antonio Ungar. Encuentros digitales El País/Ciclo Babelia. Miércoles 12 de Enero de 2011.

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