Especulación del talento [5]

1.

Dice el escritor y crítico de arte Javier Montes que:

“todo vuelve, y en una época en que la antigua ékfrasis (la pura descripción de lo visible) parece el único recurso posible para un discurso artístico con reflejos, el margen crítico anida, justamente, en el grado de lucidez y articulación de esas descripciones [1]

Lo cual, en realidad, no sé muy bien qué demonios significa, querido Javier.

O quizá miento, y lo sé perfectamente.

Y me asusta, y no quiero tener que reflexionar sobre ello.

Será, hipotetizo, la verdad que anida tras la bruma que motea los cristales que interceden entre nosotros y la realidad.

En las argucias de ese disfraz se hallará hoy lo contemporáneo, esa forma liviana de huir (tanto de la mirada, como de la realidad misma). Ahí, en el estudio, análisis y descripción de esos reflejos, en esa careta que juega con la forzada diferencia de la individualidad, se hallará el margen para la crítica.

No sé.

Dice Javier Gomá que la “postrera vulgarización del concepto [de la excentricidad], ha de discernirse en lo diferente, único, original, exótico, inusitado e irrepetible residente en [el ser humano]” [2], que ese es el disfraz: la extravagancia.

Así, hoy, el ser humano quiere, pues, ser -y sentirse- especial, y el modo más convincente, rápido y productivo de hacerlo es a través de la extravagancia (a cualquier precio, pero con el menor esfuerzo).

Una extravagancia de reminiscencias aristocráticas y que se distingue por la desviación de la norma (así sea en apenas un milímetro), pero no por la excelencia en unos valores comunes -y mesurables-.

Sí, ese margen crítico al que se refiere Javier Montes, será justamente -para la literatura- dar cuenta de esos disfrazes audiovisuales (en el sentido de que ahora todo se percibe y produce en “modo imagen”) a través de la palabra.

No mimetizarlos, ni darles cabida en el texto literario, sino describir sus reflejos, como dice Javier Montes, porque en esos disfraces anida su engaño, la mentira de su -pretendida- excentricidad, ese querer ser falsamente especial por la sencilla razón de que democracia parece siginficar “sentirse con derecho a ello” (a ser excéntrico; excéntrico, cuidado, pero no snob, que son cosas muy diferentes).

Introducir tales disfraces sin la intercesión de la palabra es un error, o acaso fingirlos para la narrativa, como han hecho algunas novelas en este último año, es un error, repito. Creo. Me parece.

Deben estar indicados, eso sí, ya se ha dicho, pero bien descritos sus reflejos, con todas sus implicaciones, su idiosincrasia naturalmente identificada y revelada.

En suma, quitarle el disfraz a los tramposos.

No hacer metafísica de la especulación. Eso nunca.

Un sólo ejemplo (y que podrían ser miles) y que per se valida todo lo dicho anteriormente:

que exista la necesidad de crear un programa como Freedom (un programa que “frees you from distractions, allowing you time to write, analyze, code, or create”), evidencia a las claras que la excentricidad es una pose arbitraria; el hombre realmente libre (aquel que se sale de la norma) no necesita que nadie venga a controlar, guiar o -lo peor- otorgar(le) su libertad ganada tras la lucha de largos siglos.

2.

Una de las derivaciones posibles (y perversas) de este principio de singularidad excéntrica que los ciudadanos han descubierto como deseable (y los artistas y políticos como rentable) se da en una nueva rama de los estudios univeristarios y que se conoce como Urban Informatics.

Los laboratorios de ciertas universidades han descubierto lo beneficioso que resulta aplicar la narratología  a la planificación y el diseño de pequeñas comunidades adentro de las ciudades.

Alerta a lo que se proponen algunos, escuchen:

“Alternative ways – principally the idea of experiential narratives – are required to conceptualise and characterise the qualities of the city to reawaken poetic and emotional connection to place” [3].

Buscan formas de expresión vernáculas (privadas y nativas)  diseñadas y “puestas en escena” gracias a herramientas de última generación y que puedan ser útiles para la creación de comunidades que beneficiarán saben qué… ¿en serio es necesario que lo diga?

Escuchémos un segundo más estas propuestas, miren:

“By making new media techniques accessible, and providing guidance and training resources, communities can conduct their own hands-on workshops in digital storytelling, oral history and future scenario building in a self directed manner with peer support, and then present these outcomes in a virtual realm as exhibitable content for public viewing” [4]

En Barcelona, este año mismo tuvimos una experiencia similar con el señor Jordi Hereu y la remodelación de la Diagonal.

En un bando municipal de abril se decía lo siguiente:

“Transformar la Diagonal es un reto histórico, y lo ganaremos colectivamente. Por tanto, es necesario que lo hagamos mejor que nunca.” [5]

Como sabrán, la consulta quedó en esto: un 79.8% de la población dijo que no, que la Diagonal no se tocaba.

De ahí que se sigan buscando formas más sinuosas para la especulación con el “supuesto talento” de la gente.

La literatura, siguiendo lo dicho con anterioridad, debería ocuparse de esos reflejos que se quedan manchurrosos en el cristal  a través del que nos obligan a ver la realidad.

3.

Pero para que la cosa no quede solo en especulación urbana (de nuevo), tomemos otro ejemplo reciente de supuesta democratización de la producción por la via de la creación colectiva de contenido: The Johnny Cash Project aquí-.

La cosa va así, para promocionar el último disco de Johnny Cash Ain’t No Grave se ha preparado un vídeo (dirigido por Chris Milk) con una serie de frames procedentes de footage antiguo y se ofrece el mencionado vídeo al público que quiera participar con su “creatividad” para que lo retoque [tres frames y siempre previo registro en la web], bien con un sencillo programita tipo paint, bien eligiendo los típicos filtros del más básico editor de vídeo (estilo abstracto, puntillista, realista, etc).

El asunto se pretende un proyecto artístico colectivo y global, claro.

En este sentido, significa la conjetura del supuesto talento de la colectividad para crear una obra artística que no es tal (que no puede serlo) y, ello, con el fin de beneficiar la producción de una compañía discográfica (American Recordings & Lost Highway, que son los propietarios de las canciones de Johnny Cash).

Los participantes sienten de cerca el talento de Johnny Cash (por ósmosis), pero su capacidad de manejo se circunscribe a varias opciones muy pautadas (otra vez el riesgo de la libertad) y, por tanto, su creatividad es decididamente ilusoria.

De nuevo se repite la idea de la extravagancia (en mínimas dosis), pues al permitir al internauta anónimo que toquetee el vídeo, su carácter de ciudadano “especial” queda palpable en un resultado “tangible”.

Y ello, otra vez, por la ilusión de que el vídeo muta, alterna posibilidades, parece realmente el fruto de un trabajo colectivo. Esto viene avalado por la posibilidad de que el internauta vea impreso su nombre junto a la imponente categoría de Artista.

Las mínimas narrativas intersubjetivas como brumosidad en el cristal; la crítica residirá pues, en la ekfrasis de lo audiovisual en que se ha convertido nuestra percepción e interpretación de esa realidad que es un cristal/espejo y que cada vez nos devuelve nuestra imagen en más reflejos manchados de vanidosos y extravagantes churretes de falsa artisticidad.

La labor del verdadero artista, pues, será la de alejarse de ese prosaismo feo y atender de nuevo a lo sublime que quede en los huecos intocados del espejo/cristal, así sea no más que un ápice, suficiente es, por el momento.

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[1] Javier Montes. Pantallas Rotas. ABCD. nº 976. 08-Junio.2010.

[2] Javier Gomá Lanzón. Tú eres muy especial. Babelia/El País. 08-01-2011.

[3] & [4] Marcus Forth, Helen G. Klaebe & Gregory N. HearnThe Role of New Media and Digital Narratives in Urban Planning and Community Development. Body, Space & Technology 7(2). 2008.

[5] Jordi Hereu. Hagamos Barcelona, hagamos la nueva Diagonal. Bando Municipal. 06-03-2009.

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