Especulación del talento [3]

1.

Decir muchas veces que un cero (cero, cero, cero) es un uno, no acabará conviertiendo a ese cero (cero, cero, cero) en un uno, por muchas muchísimas veces que lo repitamos.

Puede que sí, que el cero aparezca con el disfraz de uno y que, incluso, haya quien se confunda, pero un cero seguirá siendo siempre un cero (cero, cero, cero).

De ahí que la conectividad sea un desacierto y, cuanto menos, una pesadilla.

Y no me refiero a la conectividad del arte, y que se da en el museo como centro  en el que se practica “la religión de la civilización sin religión” [1];

no, no me refiero a sus interelaciones rizomáticas o a los diálogos productivos, sino a esa conectividad real y pragmática del así llamado artista (cero, cero, cero), conectividad que se da hoy en las redes sociales.

2.

Dice Peio Aguirre con bastante sensatez y a este respecto que “los artistas más activos en las redes sociales no tienen por qué ver recompensado su interactividad con una mayor apreciación de su obra” [2].

Y lo cierto es que así es, de todas todas (cero, cero, cero).

Porque, piense lector, así a bote pronto, piense en un autor, un escritor que Vd. admire, alguien a quien Vd. realmente admire, y piense si dicho escritor interactúa en las redes sociales.

No se sorprenda cuando con toda claridad su sentido común le advierta que no, que cualquier autor realmente talentoso no se andará con las zarandajas de las redes sociales. Estará, más bien, a lo que debe estar un autor: a trabajar en, con, desde y para su obra.

Y esto por una única razón: porque lo social es siempre ulterior al arte, es la democracia de la igualdad y, por lo tanto, caldo de cultivo para la mediocridad.

Y el artista único huye de la democracia; para el artista no existe más la que la tiranía de su idea (su obra), su visión particular del mundo (con sus hallazgos y desaciertos), y la majestuosidad única de su producción literaria.

3.

El artista que busca consensuarse en la plaza pública no es un artista, es un mercader: un especulador, por tanto.

El mercader (cero, cero, cero) lo que hace es saltarse el paso más necesario, el de la genuina creación y la soledad del productivo silencio; de ahí salta a ese orden de lo estanco, de la clasificación y la categoría que es el orden social, y se convierte en representación (o simulacro) del nulo esfuerzo del intelecto [3].

Confunde grandeza con mérito, seducción con tolerancia y reconocimiento con brillantez.

Es, en suma, un comerciante de sí mismo. Un publicista de sí mismo, una representación ficticia de sí mismo: nada, en absoluto, pues.

Y es que como se decía en tiempos de Rafael Cansinos Assens:

“el pueblo no da más que piojos…” [4].

O dicho en otras palabras, que lo único que hay en las redes sociales es morralla.

Las redes sociales son hoy el remedo de esa gran macrodiscoteca de polígono industrial a las seis y cuarto de la mañana, con esa promesa ilusoria de que seguirá la fiesta, pero con la amenaza inminente de que se enciendan las luces y queden al descubierto los rostros ojerosos de la derrota.

Las redes sociales son esa turbamulta, pues, de almas errrabundas, desesperadas porque les sirvan ese último cubata que ya ni siquiera desean y que, además, saben –de facto– ya no les servirán. No hoy, al menos.

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[1] Ingrid Guardiola. La otra televisión. Blogs & Docs. 21-Diciembre-2010.

[2] Peio Aguirre en entrevista con Julieta Manzano. La situación de la crítica hoy (Segunda parte). Crítica y metacomentario. 23-12-2010.

[3] Avelina Lésper. La ideología de la mediocridad. Revista Replicante. Diciembre de 2010.

[4] Rafael Cansinos Assens. La novela de un literato (Vol. 1). Alianza Ed. Madrid. 1ª reimpresión. 2009. [pág 52]

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