Rafael Argullol & La literatura nómada

1.

Dice Rafael Argullol que en la obra literaria “hay una aproximación, si se quiere fantasmagórica, al problema de la verdad” [1] y que en ella hay “una voluntad de penetración que va más allá de la corteza, de la información o de la comunicación” [2]

Dicha penetración la conseguiría el artista a través de un nomadismo que “aspire a ir tejiendo esa especie de laberinto que será su patria, su territorio” [3].

Un nomadismo entendido como factor que posibilita el destino, pues “para pensar o emocionarse se necesita futuro” [4].

Eso mismo que cita Colm Tóibín al hablar de su maestro Henry James, pues que:

“Things that have mattered emotionally […]  becom[e] shadows until you sit at a desk and begin to work out a pattern of words and […] they are allowed onto the page […] becom[ing] the secret subject of the book” [5].

Y esto por la razón de que la literatura es “experiencia más experimento”, siendo la primera “un fondo de verdad vinculado a la propia experiencia de verdad del individuo” y la segunda “una utilización del territorio de la imaginación sobre ese fondo de verdad” [6].

2.

Rafael Argullol (Barcelona, 1949) escribió Desciendo, río invisible en 1989, siguiendo esos propósitos del nomadismo intelectual y así, en ella, se produce la mencionada mezcla de experiencia y experimentación.

La novela estructuralmente puede verse como una novela filosófica, donde las ideas priman sobre la trama.

En cuanto al tono, se avendría al registro de la novela lírica.

La historia es la de dos amigos médicos (Tomás y Gabriel) que, tras tres años de separación (Tomás se había marchado a vivir a Houston), se (re)encuentran en Barcelona para acometer su último viaje hacia el pueblo sureño de Las Negras, donde vive el otrora maestro de Tomás, el doctor Durán, un hombre “que ha decidido olvidarse del mundo para vivir unos años de felicidad” [7] y con cuya hija Tomás mantuvo la única relación amorosa importante de su vida.

El viaje pronto toma lo que parecerían tintes apocalípticos, pero que, vistos de cerca, no son más que un intento franco por nombrar  “el temor, con su dosis de vacío y fascinación” [8]. Ello viene posibilitado, además, por el gusto de Tomás por la “vida secreta” [9], lo que les previene para apercibirse de las visiones míticas con África al fondo (continente en el que Tomás pasó -tiempo atrás- días felices) y que les incitan a gozar de una “belleza distinta […] menos tímida, más tiránica” [10].

3.

Una de las claves del libro y, a mi entender, lo que le vuelve más contemporáneo, es la Enfermedad que aqueja a Tomás, el protagonista (y que es el motivo del reencuentro) y que “le incita a [ese] nomadismo arriesgado” [11], cuya insistencia roza casi el paroxismo y es letimotiv de la novela.

Quizá por confrontar aquello que dice el sociólogo Harvie Ferguson sobre que “Modes of identification are at the same time displays of “role-distance” [12]. O dicho de otro modo: los protagonistas pasan de ser “esclavos de la realidad” [13] para convertirse en el ideal de hombre que “todavía puede conmoverse con el sufrimiento y alegrarse cuando éste, en ocasiones, puede vencerse” [14].

Porque al comienzo la distancia entre los personajes es enorme y, sin embargo, progresivamente acaban unidos en un fatal e intimísimo desenlace, en el que se demuestra “la verdadera alegría de la generosidad” [15] de ese hombre libre y nómada que es, a su vez, el ideal de la literatura de Argullol.

Desciendo, río invisible es, por ello, una novela sobre los los límites de la amistad y una crítica a la simulación de los afectos y los defectos. Va sobre la bruma de la vida, esa que “no se puede tocar: sólo se puede ver” [16], sobre la turbulencia inestable de los signos y la idílica idea del destino plasmada en el inevitable retorno, ese “oscuro compromiso” [17] que toma forma concluyente (y de estimable anacronismo) al final de la novela.

Desciende, río invisible es una novela que también esboza una heroicidad contemporánea, la de aquel que no guarda miedo al naufragio, la de aquel que “se sabe extraño en un entorno que lo ignora [y] se habla [por ello] sin ningún prejuicio” [18].

La heroicidad, pues, del extranjero.

4.

De la novela me interesa especialmente su fluidez, su falta de cuestionamiento y que acaba tomando forma de abandono a los “paisajes incomprensibles” [19].

La idea de que toda obra de arte es “dar vueltas alrededor de un retorno que ignoramos lo que significa” y la certeza de que “sólo [nos] queda una idea o, mejor, la vaga sombra de una idea” [20].

Y es que no le falta razón a Camilo Oyos cuando afirma que “El Yo de Argullol es solitario” [21], porque igual en esta novela como en muchos de sus otros textos, a Argullol la trama novelesca le sirve como excusa para hablar de esa vanidad humana que es la de aferrarse a la idea de la redención absoluta “considerada como conquista absoluta [y que] exige que el hombre se contraste con su propio exterminio” [22].

Ese exterminio nómada -y que le redime- podríamos decir que se basa en el hecho de no “olvidar completamente sino de recordar tan sólo en el momento oportuno” [23]. Aceptar que “sin dolor no hay posibilidad de libertad” [24].

El dolor será -en este caso- su olvido: “una mirada perpetuamente atrapada en una estepa desnuda cuya infinitud y desolación le conminan a adentrarse en el vacío” [25].

O dicho en otras palabras, que desgraciadamente “el mundo es la resaca de un dios borracho. Una resaca bien fastidiosa, por cierto” [25].

Esa resaca es el dolor del hombre: su imperfecto pasado.

De ello, ineludiblemente, se desprende que el hombre no pueda sino debatirse en la desencantada (Er)rancia en la que “todo es admirablemente vano” [26] y que así lo retraten los autores contemporáneos, tal como hizo magistralmente en 1989 Rafael Argullol en su novela Desciende, río invisible.

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[1][3] & [6] Michael Pfeiffer. El destino de la literatura. Ed. El Acantilado. Barcelona. 1999 [págs 18, 20, 28  & 18]

[4], [7-11], [13-20], [23], [24] & [26] Rafael Argullol. Desciende, río invisible. Ed. El Acantilado. Barcelona. 1ª edición, noviembre de 2009. [pág 102, 52, 9, 16, 91, 97, 20, 22, 22, 94, 124, 15, 106, 91, 35, 42 & 14]

[5] Gabriel Josipovici. Learning from the master. The Irish Times. 18-December-2010

[12] Harvie Ferguson. Glamour and the end of irony. The Hedgehog Review. Fall 99. [pág 10]

[21] Camilo Hoyos Gómez. Rinconete. Centro Virtual Cervantes.  16-Noviembre-2009.

[22][25] & [26] Rafael Argullol. El fin del mundo como obra de arte. Ed. El Acantilado. Barcelona. 1ª edición, febrero de 2007. [pág 19, 15 & 22]

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