Especulación del talento [2]

1.

Es un fenómeno consentido el de afirmar que el crítico no es más que un lector profesional, especializado, con la necesaria competencia para realizar su trabajo.

Pero igualmente es asumido como válido el juicio de que la opinión de un crítico no es sino una opinión más entre un océano de opiniones.

Esto -que no es necesariamente falso-, nos ha llevado al amauterismo.

A este respecto, dice María Luisa Blanco (ex-directora de Babelia y el suplemento de libros del ABC) que

“en este momento la crítica, al menos en nuestro país, es una crítica muy prescindible, yo creo que sí. Los medios son poder, esto es indiscutible. Y a la mayoría de la crítica […] le importa más el espacio que ocupa en ese medio [los suplementos culturales], porque es un espacio de poder, que la dignidad profesional a la hora de hacer esa crítica.” [1]

Y añade:

“la realidad es que es poco arriesgada la crítica hoy, que muy pocas veces ves una crítica a las grandes voces de la cultura. Una crítica despiadada la encuentras de escritores que están empezando o que no han ocupado ese espacio de poder. Yo no digo que la crítica tenga que ser negativa, pero debe dar cuenta de lo que ve.” [2]

La clave está en esa realidad de la que debería dar cuenta, que no debe ser necesariamente negativa. Debe ser justa y ecuánime. Debe arbitrar sencillamente con aquello que ve, ni más ni menos.

Y aquí es donde se halla la raíz del problema: que no hay apenas nada por ver. Y, entonces, el crítico, que se halla desarmado, por no ver amenaza su inteligencia (y su supuesta credibilidad como crítico de altura), saca el maletín de costura intelectual de la señorita Pepys y rellena la obra con lo que más conviene a sus intereses personales.

Así, el crítico, para poder ejercer de crítico (puesto que confronta obras sin el menor reto intelectual), se ve obligado a servirse de la actitud del puer senex, utilizando -sin remedio- una mirada naïf a la que le obliga la afrenta de la puerilidad misma de la obra, pero recubierta (para salvar su integridad de “hombre de letras”) de una pátina intelectual cifrada en citas pomposas (que casi nunca tienen que ver con la obra en sí), y elogios desmedidos propios del infante que todo lo celebra, pues en su -ingenuidad-  todo le parece grandioso y sublime.

Esto trae como consecuencia, ya lo hemos dicho,  el amateurismo de la crítica.

2.

Pero bien, contrastemos una segunda opinión.

Dice el filósofo José Luís Molinuevo, al respecto de esa nueva forma de hacer literatura y que, como consecuencia, obliga a una crítica de igual podredumbre interpretativa, que se basa en una suerte de  “esencialismo blockbuster”, que:

“Las Escuelas de Creadores han dado con la fórmula de éxito para tiempos de crisis: sobras románticas pasadas por la turmix del acreditado método chino de escritura: guardias de 24h y el todo a 1€ de los blogs. Lo invaden todo, ocupando los nichos editoriales y de la crítica, y encima a estas alturas todavía se quejan de incomprendidos.” [3]

Una crítica, pues, del todo a 1 euro, que no distingue, que no puede distinguir, de hecho, por la sencilla razón de que la mayoría de los productos que caen en sus manos son eso: libros de a 1 euro.

Es difícil, ya se imaginarán, construir una crítica elocuente, justa, severa e iluminadora si lo que se ha de criticar es una de esas rosas de plástico que venden los pakistaníes en la madrugada de las Ramblas a borrachos que a duras penas conseguirían distinguir una farola de una jirafa.

Esta es la razón, pues, de que la crítica se haya vuelto amateur.

3.

Y es que nadie quiere ser el primero en certificar que las rosas son de plástico, que la literatura se ha vuelto producto de todo a 1 euro. ¿Por qué? Es muy sencillo: porque hay un refrán castellano muy clarificador a este respecto, aquel que reza “dime con quién vas y te diré quién eres”.

Así, si el crítico dedica su valiolísimo tiempo a calibrar con justeza la ínfima calidad de un producto, más o menos queda como un imbécil, un patán y un soplagaitas.

Esta es la razón por la que si el crítico consigue convencer a su público lector (sea una persona o sean mil) de que cierto producto tiene mayor calidad de la que realmente tiene, y así otorga, por ósmosis, talento literario a su creador, por ósmosis nuevamente, ese talento pasa directamente a engrosar las cualidades intelectuales del crítico.

Si lo piensan es una ecuación perfecta: el crítico dice que x producto es bueno, lo que implica que el autor de ese libro x, por supuesto, es un talento de primera y, así, los lectores tanto del crítico como de la propia obra x, se convierten en adalides del buen gusto.

Esto que puede parecer desternillante, no es nada raro, ya ha sucedido con la legitimación literaria del best-seller. Los departamentos de las editoriales más comerciales llevan años explotándolo con la mayor desvergüenza.

La diferencia es que ahora, esta práctica deshonesta se ha concretado de una forma absolutamente delirante: los autores están utilizando la noble institución universitaria para dar carta de validez a sus rosas de plástico.

Plan perfecto.

Nadie se atreverá a discutir a una obra que venga avalada por la institución x o y, de la que se habla en las revistas universitarias x o y, y a cuyo autor invitan a dar ponencias en las prestigiosas universidades x o y.

Sería bueno que el lector común supiese que a esas charlas suelen acudir alumnos obligados por sus profesores, que las cartas de invitación inter-universitarias es práctica común entre profesores de todas las universidades del mundo, que no tiene nada de particular, especial o meritorio, que suelen ser una excusa para que el profesorado se de unas vacaciones por ahí, que se vaya a ver mundo  y que las revistas universitarias caen en las manos de estos individuos porque, en realidad, nadie más quiere hacer ese trabajo.

Esto, que per se, no es ni bueno ni malo (pues que los autores dirijan revistas universitarias -con generosas subvenciones- que hagan giras por las universidades del mundo, los centros del Instituto Cervantes, los múltiples festivales literarios -trasuntos modernos de los mercados de ropa de los gitanos-  y demás instituciones del saber repartidas por el ancho mundo), a mí me parece perfecto. Nada que objetar.

Ahora bien, ni añade ni quita un ápice a la calidad de la obra x y al -supuesto talento- del escritor y.

4.

La más clara evidencia de este amateurismo al que nos hemos referido, se concreta en el hecho de que el crítico utiliza para manifestar sus opiniones el estilo Nespresso.

A saber, hace asequible el lujo de la alta cultura sirviéndola en cápsulas pop, de consumo instantáneo.

El crítico no juzga lo necesario y lo conveniente de una obra, sino que se pliega a las más básicas funciones del marketing.

Lo que hace ese crítico actual amateur es seguir a rajatabla la siguiente máxima, pues que:

“la idea del placer va[ya] demasiado unida a la de su satisfacción inmediata” [4].

El crítico -por ello- hace una crítica del tiempo y no en el tiempo.

Por eso es amateur, porque simula que habla de un modo (deliberadamente) inhabitual,

“como si estuviera interesado en describir sensaciones que percib[e] en [ese] mismo momento” [5].

O sea, el amateurismo se basa en la creencia de que el gusto particular es juicio de valor (crítico) y en el hecho de esquilmar los ecos de la tradición literaria sobre la obra que se critica.

Por ello es una crítica oportunista, porque presenta las obras como valores únicos, singulares y extraordinarios (obras que figuran exclusivamente en el puro presente), y roba al lector la oportunidad de discernir su validez o mérito en el sistema general (transnacional) de lo literario.

Tristemente es lo mismo que pasó con la vivienda en España (y que hemos mencionado aquí cien veces): quieren hacernos creer que el valor de la novedad es algo cualitativo cuando, de facto, no es más que una pura coyuntura.

Quieren estos críticos que pensemos (igual que lo pretende Georges Clooney) que el lujo de la cápsula (su concentración y excelso diseño) añade un valor al contenido, cuando, de hecho, ese café reconcentrado (y que sabe a café aguado) es caro, aséptico y, encima, nos sentimos obligados a reciclarlo.

Así, lo mismo con la literatura contemporánea y la crítica que se ocupa de ella, que se pretende hortensia cuando no es más que una flor barata de plástico, útil para su reciclaje, eso sí.

– – – – – –  – – – – – –

[1] & [2] María Luisa Blanco en entrevista con Paloma Torres. El periodismo lento. Frontera D. Semana 10-16 Diciembre-2010.

[3] José Luís Molinuevo. Arte y literatura (1). Pensamiento en imágenes. 12-Diciembre-2010.

[4] Manuel Rodríguez Rivero. Todo esplendor concluido. Babelia / El País. 18-12-2010.

[5] Rafael Argullol. Desciende, río invisible. Ed. El Acantilado. Barcelona. Noviembre de 2009. [pág 11]

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