El vuelo libre de los pájaros

1.

Son horas de sueño, las que precedieron a la escritura de este texto; o más que de mucho sueño, de múltiples sueños, porque se me llenó la mente de incontables aventuras; literarias, las más.

Hoy, que es domingo, de un puente inusual, quebrantada su normalidad por la salvaje afrenta de unos controladores aéreos, es un día idóneo -¡perfecto!- para el sueño.

Y es que, además, no queda otra.

Las calles de Barcelona andan silenciosas, frioleras y casi ausentes, en su neutralidad.

Todo hace pensar en el desencanto.

Y ese desencanto, trae -para mí- la necesidad de subrayar “el carácter novelesco de la realidad” [1]

2.

No sé por qué nadie se ha detenido a observar durante algo más de un segundo esa imagen que ayer y anteayer nos ofrecieron los informativos:

la de un mapa de Europa en el que los aviones fluían y se deslizaban por todo el aire europeo excepto en el territorio español.

Esa soledad, esa incomunicación, ese inconcebible recogimiento silencioso del espacio…, la península ibérica (excepto por el borde luso) era toda ella un remanso de paz, durante horas y horas y largas horas…

Nadie, absolutamente nadie, ha dedicado un sólo segundo a mencionar la belleza poética de esa imagen. España: una isla autónoma, sin contacto con el exterior, replegada sobre sí misma.

Todo ha versado en datos, amenazas, ilusiones frustradas, y lágrimas, lágrimas y lágrimas de impotencia.

Pero nada más. En eso quedó todo: en las lágrimas.

En la CNN destacaron la madurez de una ciudadanía que ha sabido mantener el control frente a las circunstancias adversas, como si ello fuese un ejemplo de cosmopolitismo moderno, actual y ejemplar.

Yo no le veo así.

A mí, por contra, me parece que esa imagen de la península ibérica, cerradas sus fronteras a cal y canto,  es un fantasma simbólico de la intolerancia del carácter español: yo sólo me preocupo de lo mío, ya correrán los demás.

La presencia silenciosa de la sombra de un pasado terrorífico que no habrá de acabar nunca.

Y la respuesta de la ciudadanía, la de siempre: lágrimas de impotencia.

3.

Ha llorado el gobierno, en las largas horas del viernes, atónitos, rogando (¿rogando?) a los controladores aéreos que volviesen a sus puestos, hasta que se decidieron a actuar (y no ha concederse el menor mérito al decreto del estado de alarma, no se trata de una decisión, sino de algo inevitable, de no haber actuado el gobierno hubiera intercedido Bruselas-si es que no lo ha hecho-).

Vimos también a una de las controladoras aéreas, desquiciada la pobre, y ya se daba cuenta el espectador de ello, con esa melena desordenada y sucia con la que compareció ante los medios, los ojos fuera de sí, la piel tersa, estirada, neurótica… apesadumbrada, sí, pero no inculpándose, pero no pidiendo perdón, pero no disculpándose; su presencia mediática no fue la de alguien que pretende buscar el acuerdo o justificar su acto voluntarioso (y ególatra), sino que, encima (¡encima!) salió para que la ciudadanía la compadeciese, a ella y a sus compañeros, porque, claro, resulta que un señor con una pistola (un Guardia Civil), se presentó en su puesto de trabajo.

Ay, pobre, pobre chica…, pero me gustaría recordarle que esos señores que van con pistolas, sucede que están por todo el país, de eso va su trabajo, de amedrentar a los delicuentes y de proteger a los ciudadanos honrados.

Llore, llore, querida mía… llore.

4.

La imaginería literaria debería sernos útil para dar cuenta de una realidad que, explicada sólo en base a datos, razones y desacuerdos, se nos queda corta, lastrada.

Por ello pienso en esa imagen poética, la mencionada con anterioridad: una isla (España) con las fronteras selladas, icono de las sombras que todavía caminan victoriosas, funestas y libres en nuestra sociedad del siglo XXI.

Pensando en esa imagen, me vienen a la cabeza unos versos del poema The Poets, de Nabokov, que dicen: “the sunset´s beauty, its look of reproach / all that weighs upon one, entwines one, wounds one”.

En castellano (traducidos por Javier Marías): “la belleza del ocaso, su mirada de reproche; / cuanto a uno pesa, entrelaza a uno, hiere a uno” [2].

Este fin de semana, lo que se proponía un plácido y largo puente de felices vacaciones, ha acabado siendo la pesadilla de más de 300.000 viajeros, y el bochorno del resto de españoles, que impotentes, no podíamos hacer sino que mirar esa imagen en la pantalla, con todos los avioncitos pululando libres por Europa, mientras en España la única libertad de movimiento era la de los pájaros, los del cielo y esos otros a los que llaman controladores aéreos.

La imagen de ese mapa virginal era hermosa, poética, potentísima, sí, pero traía igualmente consigo un mensaje ineludible, fatal:

su impenitente mirada de reproche, inquina y vergüenza.


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[1] Juan Antonio Masoliver Ródenas. “La actual novela española”, incluido en Voces contemporáneas. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2004.  [pág 43]

[2] Javier Marías. Faulkner y Nabokov: dos maestros. Ed. DeBolsillo. Barcelona. 1ª edición. Mayo de 2009. [pág 149]

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