Memorias divinas

1.

Me levanto en la madrugada.

Voy en manga corta, me siento en la cocina, y abro la ventana de par en par, fumo.

Y tirito, claro, pero no sólo de frío sino de emoción.

Leo en en el sigilo nocturno del viernes los diarios de Carlos Barral.

Escribe este (en una anotación de finales de mayo de 1963):

“A la larga resulta más falsa una banalidad inteligentemente arropada que una banalidad en cueros” [1].

Yo, en la madrugada, y con el eco de la voz de Barral, pienso en la creación contemporánea, esa sobre la que Rafael Argullol opina que “está inclinada a la exaltación de la trivialidad y del simulacro” [2].

2.

Al tiempo, también, buscando la posibilidad de una historia oral,

leo lo que la gente dice de Carlos “El Magnífico”

[sobrenombre que le da Esther Tusquets, “esa figurilla de un hipotético pesebre modelado por El Bosco” [3]]

Dice la Tusquets que “uno de los graves errores de Carlos Barral fue no saber nunca a quien merecía la pena cuidar” [4].

Y es que, quizá él solo cuidaba a la poesía.

O así se deduce de su diario. La cuidaba en su pensamiento, en su deseo, en su memoria, en sus ilusiones, pero -y aquí viene lo que le achaca Tusquets-, tal vez nunca supo hacerlo en la realidad práctica de la escritura, o no lo suficiente.

Y es que la cuidó poco, artificiosamente. Y, por ello, muchas veces suena insincera, banal. Lo dice él mismo al advertir que “la naturaleza ha sido sustituida por mi disfraz literario… El tema de no saber nunca quién soy ni cuál es mi personaje” [5].

Ya lo señala la Tusquets, al decir que:

“Carlos el Magnífico era uno de los hombres más encantadores que he conocido, pero a veces su encanto no bastaba para anular los dislates provocados por su frivolidad” [6].

3.

En opinión de J. M Castellet (a quien Joan de Sagarra llamaba “el Travolta de la Generalitat” [7]), lo que propició los sonoros fracasos de la vida editorial de Carlos Barral (aunque, quizá también sus triunfos) es que “personalizaba demasiado su situación” [8].

Se refiere Castellet a las circunstancias de la persecución contra Seix-Barral y la censura generalizada en el ambiente franquista.

Pero es extensible a su salida de la misma editorial Seix-Barral, tras la muerte de Víctor Seix y jaleado por Rosa Regás, para montar Barral Editores.

Y lo mismo con su descuido a la hora de contratar Cien años de soledad, o de ceder la obra de Umberto Eco a Lumen, por citar dos ejemplos de la más pura irresponsabilidad.

4.

Pero también tenía detalles generosos,

y es que lo suyo era la egolatría, no la mezquindad.

Lo cuenta Mario Vargas Llosa, al hilo de su relación con la agente editorial Carmen Balcells. Dice:

“para liberar a Carmen [Balcells] de su compromiso con la editorial [Seix-Barral] para que empezara a representar a autores que publicaba él. Ningún editor en el mundo habría hecho eso. Solo él. Lo que te demuestra el tipo de persona que era” [9].

5.

Sobre la poesía de Barral, dice Carme Riera que el tema “no es otro que el de la configuración de un personaje, un sujeto poético a la vez igual y distinto del autor, a menudo alter ego o gemelo, y otras, su contrario” [10].

Pero su inclinación vital, su praxis cotidiana, se resumiría en la primera estrofa del poema Extravío de horas (del libro Extravíos, que nunca llegó a completar):

Haber perdido el tiempo, seriamente

haciendo vagas cosas rituales

majaderas, nerviosas como muecas

que miman en la historia o desvanecen

el verbo en la acronía.

6.

He venido pensando en ello desde hace dos madrugadas.

Y ya es la media tarde del sábado – o casi hora del gin-tonic-.

No me ha dado tiempo a comer, aunque sí a tomar varios cafés, y muchos cigarrillos, muchos, muchos.

Ya no ando en manga corta, claro, los fríos del invierno han venido esgrimiendo sus argumentos para acabar venciéndo(me).

Así, en el diario de Barral han pasado también los años, muchos años, ya estamos en 1980; en apenas cincuenta páginas hemos transitado casi veinte años.

Veinte años que yo he ido disfrutando en sorbitos pausados y lentos.

Barral, utilizando un eco pavesiano -aquel del incierto presentimiento-, da cuenta de su actual euforia:

“El improvisto bienestar, conciencia / de los sentidos innombrables, proyectos, /  en el frescor del aire o la transparencia / de la imaginación y de la holgura / sensitiva de un todo indiferente” [11].

Y a mí ya me dan ganas de salir a la calle, de fumar al raso, en silencio, entre el bullicio de la Navidad ya entrevista, soñar por más provechosos y mejores días, pero, por sobre todo, de tomarme ese gin-tonic que tanta falta (me) hace.

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[1] & [11] Carlos Barral. Los Diarios / 1957-1989. Edición a cargo de Carmen Riera. Ed. Anaya & Mario Muchnick. Barcelona. Mayo de 1993. [pág 113 & 161]

[2] Michael Pfeiffer. El destino de la literatura. Ed. Acantilado. Barcelona. 1999. [pág 17]

[3] Joan de Sagarra. Las rumbas de Joan de Sagarra. Ed- Kairós. Barcelona. 1971. [pág 100] –aquí-.

[4] & [6] Esther Tusquets. Confesiones de una vieja dama indigna. Ed. Bruguera. Barcelona. 1ª edición. Noviembre de 2009. [pág 199 & 200]

[5] Jaime Gil,  “Sobre el hábito de la literatura como vicio de la mente y otras ociosidades”, incluido en en El pie de la letra. Ed. Ariel. Barcelona. 1980. [pág 245]

[7] Sergio Vila-SanJuán. “Recuerdos de la Gauche Divine”, incluido en Crónicas culturales. Ed. DeBolsillo. Barcelona. Marzo de 2004. [pág 42]

[8] J. M Castellet. Seductores, ilustrados y visionarios. Traducción de Rosa Alapont. Ed. Anagrama. Barcelona. Octubre de 2010. [pág 125]

[9] Juan Cruz. La buena entraña. El País. 04-12-2010.

[10] Carme Riera. La obra poética de Carlos Barral. Ed. Península. Barcelona. 1ª edición. Mayo de 1990. [pág 54]

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