Las ruinas de todo lo que dura (o de cómo recuperar la validez del pasado)

Decía en 1931 Carl Jaspers, en su libro La situación espiritual de la época, diferenciando los modos del recuerdo, que sólo será la apropiación de éste y no el mero saber del pasado o la  intelección comprensiva,  quien nos garantice “la realidad de auténtico ser de un ser humano actual”.

Así, Jaspers andaba preocupado por la tensión polarizada entre continuidad y cambio, entre la planificación global (desmesurada e imposible por naturaleza) y la ruptura drástica (que negaría el futuro, pues este sólo es posible gracias a la continuidad con el pasado).

Jaspers abogaría finalmente por una tradición interiorizada y conveniente.

Ello, en el terreno formal, vendría propiciado por una educación de índole socrática, que persiguiese un pathos de lo Absoluto, y que se testimoniase en cada una de las vidas concretas de los individuos.

Para Jaspers cada uno de esos individuos está lleno de posibilidades, y estas habría que buscarlas en el intento, el trabajo y la decisión.
Es decir, en la responsabilidad individual, que mostrase disposición al consenso en los temas importantes, pero que, en lo individual actuase libremente, tras haber aprehendido la autoridad (convincente y asumida) que es la única forma para una educación (individual) auténtica.

Porque la clave está en esa apropiación que mencionábamos al principio, la apropiación del recuerdo, del pasado,  que se fundamenta en los conocimientos transmisibles óptimos que son las mejores armas para/y  (d)el ser humano.

Así, la autoridad de la que habla Jaspers es una autoridad individual, hasta cierto punto incomprensible (no incognoscible, cuidado), pero cierta, pues garantiza la seguridad de la fe filosófica,

la capacidad especulativa del individuo.

En términos mucho mas sencillos:

no podemos renunciar a la tradición, la tradición mediterranista en nuestro caso. Debemos apropiárnosla, que ella guíe y autorice nuestra creación personal, para así poder proyectar nuestras obras al futuro.

Un ejemplo claro de cómo se puede ser libre y, a un tiempo, respetar la autoridad (y por no salirnos de tierras alemanas -y de la misma época jaspersiana), sería el caso del poeta Gottfried Benn, quien se propuso rescatar al arte lírico de las manifestaciones epigonales de la tradición romántica germánica.

Así se convirtió Benn (a su pesar) en uno de los primeros representantes del expresionismo alemán.

Y ello, además, a través de una (re)creación del lenguaje contemporáneo, haciendo uso de la tradición formal, pero fomentando la heterodoxia de contenidos.

Su apropiacionismo llegó incluso a la osadía de robarle frases a su mentor, Nietzsche.

Su contribución a esta discusión sobre el derecho a la continuidad del pasado (la legitimación de la tradición), podría quedar resumida en unos versos de su poema En una noche, cuando canta que:

“ay esta niebla, estos fríos,
esta ruina de todo lo que dura,
de todo enlace y de toda fe,
de todo apoyo y toda intimidad”

Apropiémonos de esas ruinas duraderas, pues, y en base a la autoridad de nuestro libre criterio, creemos obras serias, no epigonales ni miméticas, sino heteróclitas y nuevas, novísimas.

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