Las mentiras de la literatura [10]

Hay un problema en España;

bueno, muchos en realidad, pero uno que interesa especialmente tratar aquí es la descompensación horrible entre la excelencia universitaria y la realidad de afuera, la laboral. En nuestro caso: la realidad de la literatura.

En las universidades se premia la calidad, el esfuerzo, la dedicación, la sistematicidad y, por sobre todo, la excelencia.

Son largos años los de un estudiante, de sacrificios y de espera, no ya para la vida idílica que se supondría le espera, sino ya sólo para un trabajo digno.

Justa recompensa por el esfuerzo, se piensa, pues se le paga por su competencia, la inversión hecha  hasta el momento, por así decir.

Por el muchísimo dinero invertido, además.

Es lo lógico, lo deseable, y, además sería de justicia que así fuese.

Pero no es lo que sucede. No es lo que le espera a quien vea la industria editorial como continuación natural a sus estudios universitarios.

A la industria editorial, siendo como es una empresa del entorno cultural, se la pensaría en principio como ejemplo de munificencia, como extensión de las políticas universitarias, de calidad, excelencia, sistematicidad y esfuerzo.

Pero no, no es así.

En la industria editorial nos encontramos con un entorno particular: protegido (por su debilidad), y las más de las veces subvencionado (sean premios, cheques de embajadas o ayudas de las diferentes consejerías); un mercado especial, porque no impera en él, como sí sucede en otros mercados, las leyes nobles de la competencia y la calidad.

Y esto por un motivo muy sencillo: por la subjetividad del producto que se maneja.

Así, la industria editorial se esfuerza denodadamente para que sus productos estén gobernados por calidades no mensurables y, por lo tanto, discutibles.

En esta variable, se fundamente su impunidad.

La desactivación de la crítica (y de la que ya hemos hablado aquí) evidencia perfectamente este punto.

No entraré a descubrir el estado de los trabajadores de la industria y las dinámicas que les obligan a renunciar a la excelencia (ni siquiera es su culpa en la mayoría de los casos) en aras de una productividad desmedida, hasta cierto punto descontrolada (por su gigantismo) y forzosamente banal (por el inevitable trato de superficie que implica su rapidez).

Hagamos notar sólo dos ejemplos recientes (y flagrantes) de esto: la edición en catalán de la obra de Ken Follett La caiguda dels gegants (y que salió con ¡30.000 ejemplares! a los que les faltaban dos capítulos) [1] y las escandalosas manifestaciones de Fernando Sánchez Dragó en su libro Dios los cría… y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción… [2] y que pasaron desapercibidas para todo el mundo de la editorial, hasta que un periodista lo destapó.

La consecuencia de todo este descalabro, el de no atender a la verdadera esencia del producto, que debería ser la base primigenia de su legítima producción (y es que el verdadero lector no quiere subproductos), resulta en el atragantamiento  por culpa de una producción exagerada, y ello, unido a una industria que, como la inmobiliaria, ha preferido jugar sus activos a la más descarada (e innoble) especulación  (creyendo en el poder totémico del márketing), ha traído como resultado la inevitable caída en un 34% de las ventas, así como la devolución masiva de libros a los almacenes [3].

Cualquier analista perezoso argumentará que todo esto es resultado de la crisis imperante y que, al final, ha alcanzado también a la industria editorial.

Pero esto es mentira, o apenas una visión parcial del asunto.

Igual que sucedió con la burbuja inmobiliaria, cuando patanes de toda calaña accedieron al negocio y se convirtieron fácilmente, en tiempo récord, no sólo en personajes de cierta relevancia pública y social (así fuese en su pequeña comunidad, en su aldea, su barrio o entre el grupo formado por sus clientes), sino en modelos de éxito, así sucede hoy con el mundo editorial.

Entonces, los constructores, promotores y vendedores de pisos y chalets pretendían pasar por empresarios de éxito, y todavía más, pretendían ser considerados emprendedores, así hoy los editores pretenden que les creamos estrellas del rock, o peor: trendsetters.

La especulación, pues, en el entorno editorial se fundamenta en el brillo efímero que éstos (los editores) pretenden trasmitir no ya a sus clientes, sino a potenciales admiradores de su rápida ascensión y fulgurante trayectoria.

Igual que publicistas, o promotores inmobiliarios, creaban la ilusión del deseo sobre un plano en 3D (y con muchos colores), tratan hoy de crear los editores una “opción de compra” basada en criterios ajenos al hecho literario.

Y esto afecta tanto a las así llamadas editoriales comerciales (donde trabajan con best sellers) hasta las minúsculas editoriales de ensayo, nadie se libra de la actual tendencia del hype.

Así las cosas, el problema de la literatura, pues, hoy día, es que ha sido vapuleada por mil subproductos que le han robado (con seducción y dulzura) su legítimo nombre, productos que son otra cosa incierta (cada uno que se atreva a denominarlos como quiera), pero que, ya lo hemos dicho, no son literatura, a pesar de haberle usurpado su nombre, con malas artes, igual que suelen (o solían hacer) los así llamados ladrones “de guante blanco”.

Es cierto que quedan aun unas pocas editoriales empeñadas en servir al honorable propósito de la literatura, pero son tan pocas… que deberíamos tratarlas con el mayor de los cariños, como algo valioso y único.

Así que, si en algo estiman a la literatura, actúen en consonancia.

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[1] Ken Follet, incompleto en catalán. Europa Press. Barcelona. 28-Septiembre-2010.

[2] Sánchez Dragó reconoce en su último libro que se acostó con dos niñas de 13años. La Vanguardia. 26-10-2010.

[3] Jesús Ruiz Mantilla. La crisis llena de libros los almacenes. El País. 10-11-2010.

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