Sí, soy yo (el Gran Gatsby)

Hay

(o había, no lo sé, hace un par de años que no viajo a Madrid)

una caseta de libros viejos en la vetusta plaza de Alonso Martínez.

Y, en ella, como es de esperar, un vendedor, un comerciante de libros.

Al menos así era en el 2003, o el 2004, poco importa.

Porque después hicieron obras, y ya no sé cómo quedó la plaza.

Entonces yo estudiaba en la Escuela Tai, en Serrano Anguita.

Estaba la caseta de los libros muy muy cerquita de la parada del metro, y apenas a una manzana de la sede del PP, en la calle Génova, donde una vez, en esa misma esquina (en la calle, tal vez de paso) vi a Luis Eduardo Aute,

con un Mercedes Benz tan largo y viejo y despintado el azul metálico de su carrocería, como ingentes eran mis ganas por morder mi desolador futuro.

Me impresionó ver a Luis Eduardo Aute con ese Mercedes tan grande.

No sé, había leído su biografía, las historias que contaba de sus estadías en París, de joven, con su miseria a cuestas, mendigando monedas a cambio de unos dibujos que iba haciendo al vuelo… y ese Mercedes Benz tan grande…

Quizá sucedió que mi brava utopía juvenil se chocaba de frente contra su reverso sádico, acomodaticio y triste, y además así: bum, de primeras.

No sé, sólo puedo decir que este encuentro azaroso me abrumó, y me desilusionó.

Pero bien, volvamos a lo que ibamos.

Y es que nunca es fácil, para quien llega de provincias, tratar de armar algo sostenible en la gran ciudad.

Y así, trabajé durante un tiempo en casi todo, y duré mucho en casi nada.

En una revista de tendencias, y música. Ahí fue donde me quedé más, y quién sabe si por equivocación. Tal vez mi vena de crítico proceda de ahí. No sé.

Me dediqué a insultar a algunos grupos musicales (sin la menor gratuidad y sin las menores consecuencias, también) y, alguna vez, tal vez solo una (o ninguna), me alegré de conocer a un artista, gracias a las entrevistas que hacía.

O quizá lo más meritorio del asunto fue el conocerme a mí mismo como entrevistador cabal, solvente, perspicaz y, hasta cierto punto, mordaz.

No sé.

En fin, recuerdo mi pobreza, y eso porque no me pagaban, o si me pagaban, se diría que era por descuido o por secundar sus promesas de largos meses (un poco de calderilla siempre colma la expectativa de un sueldo, imagino que es como piensan todos estos usureros llamados empresarios, al menos cuando uno es joven).

Entre nada y mi sueldo, la diferencia era ínfima.

Pero no diré que eso fuese excusa para no hacer mi trabajo con una dedicación profesional, quede claro.

Lo único, bueno, que para calmar los argumentos del casero, había que buscar razones por otro sitio.

Debo decir que,  aun con mi extrema pobreza, nunca dejé de comprarle libros (baratos, claro) al librero de la caseta de la Plaza de Alonso Martínez (me quitaba el dinero, incluso, a veces, de una de las comidas del día para ello).

Pero vayamos por partes.

Como venía de una formación actoral en Valencia, pensé que tal vez sería bueno sacar dinero de ahí, dinero que amortiguase lo que yo ya preveía una funesta -por pobrísima- (aunque de hipotéticos lectores selectos, eso sí) vida literaria (o editorial).

Selectos y excelsos, me decía yo para consolarme, así serán mis lectores, lectores excepcionales, que todavía no han sido advertidos por su intuición de que han de serlos…

Y así me contentaba.

Y bueno, entretanto, hice de figuración en series de tv, y hasta tuve dos momentos estelares en un par de series (que no vale la pena mencionar). Actué también en un cortometraje de cine (que además escribí) cuyo protagonista era uno de los chicos de lindos rizos rubios del grupo ibicenco Locomía, y que se presentó en una sala de cines madrileña.

E incluso salí en una película española cuyo título mantendremos justamente en el olvido.

Y, lo peor, vino con una compañía de teatro que me llevaba a ensayar a El Toboso (sí, sí, el pueblo de Dulcinea).

Pero, en fin, tampoco ahondaremos demasiado en este punto.

La cuestión era que mi idea (ilusa, claro) era la de sostener con el arte de la interpretación (un arte que me parecía facilísimo, ligero y lucratrivo) mi deficientísima carrera literaria (los recitales poéticos que había dado hasta el momento no se pagaban).

Y, en estas, que me llamaron para un casting.

Por alguna razón las agencias de selección de actores se hallan en polígonos industriales remotísimos, a los que sólo es posible llegar con autobuses de números incomprensibles (soy incapaz de entender el mecanismo que regula esto).

En fin, que me citaron en una de esas naves sitas allá donde Cristo perdió las alpargatas.

Por aquellos días iba a tantos castings que ya ni siquiera sabía muy bien para qué era cada uno de ellos, que si una película, una serie, un catálogo o pornografía.

Confuso como andaba yo, me hicieron esperar un rato inconsolablemente largo, y al entrar lo de siempre, tu nombre, qué has hecho, por qué estás aquí ( ¿?), tus flaquezas, tus virtudes, y ya, para terminar, convéncenos de por qué tendríamos que contratarte.

Rabioso como estaba por haber ido al quinto pino, además de la interminable espera, no sé me ocurrió nada mejor que bajarme los pantalones;

tal cual, y decir: “ya está”.

Así, sin pensarlo, en un furioso hostigamiento, convencido de que me largarían sin la menor consideración.

Y añadí:

-Qué, ¿qué os parece?

Sí, por eso lo hice, supongo, porque estaba harto, que me daba igual su catálogo de fotos, su capítulo piloto para tv, su obra de teatro o su película de cine.

A la mierda, pensé.

(no me bajé los boxers, si es lo que están pensando… o querían saber).

Déjenme con mis libros, con mi literatura, con mis poemas… pensé yo.

Y es que antes de que entrara a una inmensa sala, con un despacho oval, una mesa de madera caoba larguísima, con infinitas sillas vacías, y dos tipos en una esquina, junto a la pared, y muy cerca de una pizarra de esas de Vileda, con un buen montón intimidatorio de currículums amontonados sobre la mesa, pues estaba leyendo Vida (instrucciones de uso), la novela tótem de Georges Perec y sobre la cual tenía que dar un charla en mi escuela.

Y, la verdad, que tenía ganas de volver a leer el libro.

Así que (deseando con premura volver a Perec), no me lo pensé un segundo y me bajé los pantalones.

Tal  cual. Y ni siquiera lo hice por mostrarme resuelto o por dejar a las claras mi deshinibición (tan falsamente propia de los actores jóvenes), sino porque pensé que era el modo más rápido de dar por finalizada la situación, y ello con la mayor parquedad energética.

Que yo sólo quería acabar cuanto antes, y volver con Perec.

Pero, para mi sorpresa, ambos caballeros, con sus trajes oscuros, sus corbatas azules, soltaron un par de risas de sorpresa -y embeleso-.

Y, al cabo, y no pasaron más que unos segundos, dijeron:

-Sí, vale, contratado.

Entonces descubrí que el trabajo era para La Casa del Libro.

Para mi sorpresa, mi cometido consistía en disfrazarme de El Gran Gatsby, el personaje de Francis Scott Fitzgerald y actuar como si fuese él (y aquí yacía la base actoral para el trabajo), para funcionar como reclamo de la nueva librería que en Goya acaban de abrir los señores de La Casa del Libro.

Pensé: la vida siempre tiene la razón.

Porque de un listado de posibles personajes de ficción fueron ellos (los dos caballeros de los trajes oscuros) quienes sentenciaron que yo sería el Gran Gatsby.

La vida es más lista incluso que nosotros mismos, pienso ahora, acordándome de Georges Perec.

Y, en fin, que allí que me fui, con mi galante traje blanco, y mi sombrero igualmente blanco, de anchas alas, a promocionar La Casa del Libro de la calle Goya de Madrid.

El dinero me venía requetebién, desde luego.

Compartía mis tardes con Bernarda Alba, el Quijote (oh, claro) y dos o tres personajes más que no recuerdo ahora mismo (quizá su perfil, debido a los atuendos escogidos, no quedaba muy bien definido).

Valga decir que tuve que repetir en diversas circunstancias y ocasiones -cada vez con mayor enfado- “verá, soy el Gran Gatsby, el personaje de Scott Fizgerald” para que los potenciales compradores me ubicasen.

Y es que, si lo pienso ahora, es verdad, que no quedaba demasiado claro si yo iba disfrazado de El Gran Gatsby o de un potentado mafioso latinoamericano, o acaso un playboy de Florida.

Pero, en general, he de decidir, que los compradores encontraron mi atuendo galante, seductor y distinguido. En fin, adecuado a La Casa del Libro de la calle Goya, que era de lo que se trataba.

A mí, por alguna razón, me daba vergüenza y placer a un mismo tiempo.

No sé, me parecía extraño haber ido a Madrid para convertirme en la representación real de un personaje de ficción tan querido por mí, sin haberlo decidido o buscado, y encima que me pagasen por ello.

Porque yo había ido a Madrid con el propósito de convertirme en un creador de mundos, de los que surgirían los personajes librescos que otros admirarían y -quizá- emularían.

Quizá mi ufanía bochornosa, viéndome de aquella guisa,  me afligía por sentirme como haciendo trampa, tal vez atajando por el camino más fácil y mezquino.

Así, pensé, habré de disimular mi contento, que no creo parecer merecer, me dije (yo no he creado al Gran Gatsby, sino que me estoy apropiando vilmente de su personalidad y donosura).

Mi plan maestro fue estirar cuanto pude la solapa de ala ancha del sombrero para que me cubriese el rostro todo el tiempo posible;

y andaba yo cabizbajo, además, fingiendo la mortificación real de Jay Gatsby por su fatal destino.

Nuestro trabajo (que además de “actuar” como nuestro personaje, consistía en repartir burdos flyers), duró dos fines de semana.

Me consolé, nadie puede haberme visto, me decía, es imposible, no conoces a nadie en Madrid, Pepe, me dije, qué repercusión tendrá esto…

Ah, bah, nada, hombre, nada. Es algo tuyo que en ti quedará, nadie sabrá que quisiste hacer trampa, que quisiste colarte por la puerta trasera de la literatura.

Y es que, oh sí, he de decirlo, me hizo tan feliz poder ser por dos fines de semana el Gran Gatsbytan feliz, ¡dios mío!

Incluso mi madre vino a verme desde Valencia. Qué felicidad sentía, mientras tomábamos una cerveza en una de las terrazas cercanas a La Casa del Libro, aprovechando un descanso en mi trabajo, y yo todavía vestido con el galante atuendo del Gran Gatsby

Esa semana, después de haber entregado el disfraz, volví cada tarde a mis clases, en Serrano Anguita. Escribía regularmente los textos que teníamos asignados y, en fin, seguía con mi vida, metro aquí, metro allá, y de nuevo más avisos de castings.

Ya te llegará, Pepe, me decía, la hora en la que seas tú quien cree personajes tan memorables como ese Gran Gatsby, cuya personalidad has venido usurpando los dos últimos fines de semana.

Ten paciencia, me dije.

A las pocas semanas (tal vez solo dos), me dieron el cheque por el trabajo de Casa del Libro. Como ya tenía la mensualidad pagada del alquiler (ya les he dicho que mi madre había venido a verme), y ya había terminado de leer Vida (instrucciones de uso) de Georges Perec, me dije “hombre, date un capricho, Pepe, que te lo has ganado”.

Y así, un martes o un miércoles, salí un poco antes de casa.

[Paréntesis]

un detalle nimio:

vivía yo a dos calles de donde vivía la princesa periodista, perdón, Letizia de Borbón; detalle menos nimio: Letizia vivía al lado de un Liddle, y no donde dijeron en la serie de Tele 5 -o sea, que de portero en la finca, nada de nada-),

[cierre del paréntesis]

Salí antes de tiempo de casa para tener tiempo de buscar unos libros en la caseta de los libros de Alonso Martínez, antes de entrar a clase.

Siempre había gente mirando las dos mesas del exterior de la caseta.

En un lado (en la izquierda) estaban los libros más nuevos.

En la derecha (los que más me interesaban), estaban las rarezas, los libros descatalogados de poesía, las misceláneas.

Encontré varios ejemplares que me gustaron mucho, especialmente uno del poeta Martínez Sarrión y que era un homenaje a Rilke (Habitar la onda, creo que se llamaba).

Significativamente, otro de los títulos que quise comprar (sólo recuerdo su título) era Elogio de la Pereza.

En el centro, en un pasillo que permitía la entrada adentro de la caseta, donde se amontonaban cientos de libros, estaba el librero, el comerciante de libros, cuyo nombre nunca supe.

Me acerqué y le entregué los seis o siete libros escogidos (siempre baratísimos, casi de saldo) que él recibió con cierto azoramiento.

Fue en ese momento cuando, en un alarde de confianza que me resultó novedoso (nunca antes había intercambiado con él más palabras que las justas), me contó que Antonio Muñoz Molina le traía muchos libros para venderle, pero que también le compraba muchos otros.

No supe muy bien cómo interpretar eso, Muñoz Molina es también un hombre de provincias en la gran ciudad, me dije. Será que en algo le recuerde a él, supongo, o acaso por los títulos elegidos, quizá sea amigo, conocido o lector de Martínez Sarrión, cómo saber esto.

Le pagué los libros.

Me puso los libros adentro de una bolsa blanca, y mientras me los entregaba, hizo el ademán de bajar su cabeza (yo era más alto que él), como quien indagase a través de un velo invisible.

Se rió.

Yo me reí.

Pero nada, unas sonrisas de complacencia pensé, como las que se suelen dar entre los lectores, entre los amantes de la literatura, de aquellos que se admiten cómplices en su pasión.

Esta sensación de reconocimiento, empero, me agradó sobremanera.

Los libros ya en mi poder, y todavía tuve que aguardar unos segundos mientras el comerciante de libros de la caseta de la Plaza de Alonso Martínez buscaba en su caja del dinero una monedas para devolverme el cambio.

Yo aguardaba en pie, frente a él. Nervioso por saber que se me hacía tarde.

Me está tratando de decir que soy bien recibido aquí, pensé, soy de los lectores selectos que gustan a los libreros, de los que rebuscan, de los que no se conforman con lo más obvio.

Y esto lo pensé porque, con una mirada rápida, barrió el librero todo el interior de la caseta, como diciéndome “tengo aquí adentro maravillas, vuelve cuando quieras, seguro que algo de aquí habrá de interesarte y sorprenderte”.

Entonces, al contacto de las monedas devueltas con mi mano, unido al roce de la yema de sus dedos, como un sortilegio que finalmente evidencia una sospecha, me dice el librero:

-Ajá, lo sabía, tu eres el Gran Gatsby.

Me quedé paralizado, atemorizado, avergonzado y descubierto en mi falta.

Mecagoenlaputamaríasantísima, pensé.

Cómo es posible… cómo es posible que me haya visto por las calles aledañas a Goya si yo ya me ocupé de no ser descubierto y… pero, cómo es posible.

La puta santísima, pensé, pero… cómo…

Me alarmó que la cara del librero no fuese de reproche o acusación, ni de impertinencia, ni acaso me desafiaba o era hostil.

Nada de eso, sonreía, el librero me sonreía.

¿pero, cómo?, pensé. No entiendo, no entiendo nada…

Me quedé unos segundos largos con la palma de mi mano abierta, y sobre ella las monedas calientes.

El librero y yo nos mirábamos sin saber qué más decir.

Sentí un azoramiento visceral y primitivo.

Me sentí como si mi piel fuese transparente igual que la de un neonato, y a través de mí se pudiera hacer una lectura “literaria” de todas mis ilusiones vitales, mis faltas, pero también mi sustancia literaria, todavía germinal, en formación, tosca y bruta.

Me sentí como (imagino) debe sentirse el autor publicado cuando uno de sus lectores atraviesa el corazón de su libro y le averigua su médula, la pulsión más íntima que genera su literatura.

El librero, caminó hacia mí, como diciéndome “déjame salir al exterior, debo ocuparme de mis otros clientes, ya terminé contigo”.

Y así lo hice, reculé hasta el vértice de la mesa de la derecha, y me aparté un paso.

Antes de girarme para marchar a mis clases (ya llegaba tarde), se posó sobre mí, como una estilosa chaqueta blanca, elegante y distinguida, la mirada del librero, mientras yo, con una mezcla de coquetería y orgullo, respondí:

-Sí, en efecto, soy yo, el Gran Gatsby.

Y lo pensé, pero no lo dije, “y Vd., aún sin saberlo, es ya uno de mis primeros excelsos lectores”.

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