Las mentiras de la literatura [6]

Cuando una novela tiene algo personal, se nota.

No me refiero a algo relacionado con las experiencias del escritor, o a la transcripción de pasajes de su biografía, sino a una suerte de sentimiento genuino que el autor ha experimentado de un modo particular, hasta cierto punto único, y que se nota impregnado en la novela.

No todas las novelas que tienen esta cosa personal referida a un sentimiento subjetivo son necesariamente buenas, ni hablar; aunque no es menos cierto que esa característica individual, privativa y distintiva que se le imprime a una novela está en todas y cada una de las verdaderas obras de arte.

Lo que también es verdad es que esa cosa personal es fácilmente distinguible, tanto en las buenas como en las malas obras.

Una novela que aspire a ser espléndida, poseerá tal singularidad.

Y no hay una sola excepción a esta máxima.

Cuando los críticos mentan ese lugar común que es el decir que “se aprende más de las obras malas”, en realidad lo que están diciendo es que en algunas de las obras que poseen tal singularidad propia de la subjetividad del autor es perceptible el punto de ruptura que las dejó en la estacada e hizo de ellas obras fallidas.

De la mayoría de novelas no se aprende nada; bueno, se aprende lo que no hay que hacer, pero eso, leídas tres novelas malas, queda aprendido con largueza.

De las únicas novelas que aprendemos algo es de las realmente buenas, y de ellas no aprendemos fijándonos en la sintaxis ni en las descripciones ni en los diálogos (o sea, no aprendemos lexicalmente), ni del tema (tampoco aprendemos argumentativamente), ni mucho menos de la estructura (el aprendizaje no es arquitectónico). Todo eso se puede aprender de cualquier novela mediana o directamente mala.

De las novelas realmente buenas aprendemos con el oído: aprendemos a cómo sostener el tono, el tempo, los contrapuntos y el ritmo general para que la novela se sostenga como sinfonía con sentido, y sea circular y metódica.

Pero para aprender eso, claro, se ha de tener un buen oído, y buen oído normalmente lo suelen tener sólo los buenos escritores, los que le aplican a la obra esa cosa personal que no es ni más ni menos que lo que conocemos como “estilo”.

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