Myself as… a columnist [La fe incrédula]

En nuestra sociedad contemporánea, la globalización ha impuesto una suerte de amplio océano que, de un lado, nos es favorable, pues nos permite la (aparente) accesibilidad al todo, pero que, del otro, nos obliga a nadar salvajemente con la sola ayuda de nuestros brazos y nuestras piernas (nuestro único apoyo válido) y, ello, para el único propósito de mantenernos a flote. Por ello solamente podemos confiar ya en nuestro único empuje: aquel que nos proporciona nuestro cuerpo maravilloso, y que vence los incontables peligros de este inmenso mar de la incertidumbre. Esto es en lo único que podemos creer hoy día: en una convicción ferozmente humana que descrea de la imbatibilidad de un ambiente que le es hostil. Así: descreer que el mar es colosal y díscolo y que nosotros no somos más que exiguos habitantes atrapados en una gran membrana absorbente e ineludible.

Pero para descreer de lo otro se ha de tener infinita fe en uno mismo. Y esto será lo que nos servirá de salvaguarda en la travesía victoriosa de nuestro cuerpo maravilloso por sobre la fatalidad del mar tremendo que pretende ahogarnos. Así: teniendo fe en nuestra propia fe. Y no hablo de una fe dirigida a cualquiera de las  espiritualidades divinas, sino la más importante: la confianza humana. Pues así, nuestro mundo contemporáneo se nos configura como un exorbitante fregadero de ingobernables aguas turbulentas que pretenden arrastrarnos hacia el fondo, allá donde las tuberías oxidadas y peligrosas, para ahí, dejarnos abandonados en el inframundo de la desesperación y la miseria. Ese es su truco: el de hacernos creer que debemos profesar nuestra fe a un destino trágico, y que –por supuesto- nos excede, para que permanezcamos dóciles. Pero no, debemos ser más listos, porque no podemos dejarnos arrastrar por las luctuosas corrientes que subyacen en la superficie de las aguas. Es una cuestión de mirada. Si el ser humano, hundido hasta la barbilla en este inmenso océano, no ceja en su empeño de mirar hacia abajo, acabará dejándose mecer por los cantos de sirena de las perniciosas medusas que habitan las aguas abisales de este colosal fregadero contemporáneo, y, por supuesto, que acabará ahogándose él mismo en su propio abatimiento y desánimo. Y eso no puede ser, porque el hombre de hoy no puede aceptar que su ineptitud sea cosa congénita y, por demás, necesaria y que, encima, escape a su control.

Porque la gran carga política que soportan dolorosamente los individuos hoy día es la de sentirse inválidos, la de creerse incapacitados frente a un sombrío pero difuso poder superior (no exactamente divino, pero sí en manos de cierta Providencia aliada de los caprichosos azares). Y, claro, sí, cómo no caer en la tentación de pensarlo, cuando del cielo no nos caen más manás que tormentas, terremotos, huracanes y rayos eléctricos que nos dejan sin luz, sin agua, sin casas y, a veces, con menos parentela de la que teníamos antes del desastre. Porque, claro, cómo no pensarlo, si la ventura no nos hace más regalos que los de desvalorizar nuestras propiedades adquiridas con esfuerzo infinito, nos reduce el perímetro de nuestros hogares queridos, y la falta de crédito de los bancos, el recorte en los subsidios y las pensiones y, a veces, hasta nos despiden de nuestros trabajos y los periódicos prefieren ampliar las secciones de necrológicas o sucesos, en tanto que la parte dedicada a las ofertas de trabajo se reduce drásticamente. Sí, claro, es fácil pensar así, que el océano es demasiado inmenso y que yo, pues yo… no tengo más que mis brazos y que mis piernas, y que yo… cómo va a depender todo de mi capacidad para el pensamiento crítico, mi voluntad, mi sacrificio, porque sí, es más fácil creer que uno no tiene –ni puede- la menor responsabilidad, si es que así accedemos a dejar todas nuestras creencias del lado de la inspiración de la voluble fortuna.

Por ello hay que comenzar a descreer, pero a descreer mucho, muchísimo, y sostener orgullosamente una fe incrédula: hay que echar abajo todo el tinglado ideológico en el que se basa nuestra idea de la fatalidad humana.  Debemos confiar, como dije antes, en nada más que nuestros brazos maravillosos, en la mecánica de unas piernas evolucionadas durante miles de millones de años, y nadar, y nadar y nadar, con la alegría del superviviente que, al fin, divisa un pedacito de tierra firme. Tenemos que tener fe en nuestra propia evolución, que nos ha traído hasta aquí y que no nos fallará, porque el océano de este fregadero contemporáneo es inmenso, lo sabemos, sí, pero no lo era menos antes, al principio, en el origen de nuestra existencia. Porque recordemos que el sol siempre ha estado ahí, en el centro de todo. Y seguirá estando. Que sigamos nosotros aquí para poder contemplarlo… eso ya sólo depende de nosotros, de la confianza que tengamos en nosotros mismos, en nuestra irreverencia frente a la ideología de la derrota, y de nuestra fe en la supremacía del ser humano.

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