Vivac

De repente, uno atisba el final de la novela que está escribiendo [Nadie se enamora en Noviembre], le parece que ya, que ya, que sí, casi, casi, pero… no.

Y uno se pregunta, cómo es posible si anoche, y la noche anterior, y la anterior a la anterior; han sido todas esas noches, noches integrales de frenesí de grafías que, de tan bravas como salían, se iban entorpeciendo el paso, se atropellaban unas a otras, se solapaban,

y bulleron como un enjambre enrabietado de abejas-concepto.

Ay, pero cómo es posible, se pregunta uno, después de ese festín de palabras como pájaros, aleteando con juvenil jovialidad sobre el alambre de las líneas, que se convertían rápidamente en páginas, del documento de Word… cómo es posible que no sirvan ahora, si me sirvieron mientras las escribía, anoche y la noche anterior, y la noche anterior a la anterior…

¿Es que acaso su propio convencimiento de querer ser escritas me persuadió de hacerlo?, me pregunto ahora.

¿Será que elegí más por fascinación que no siguiendo la estricta lógica narrativa que gobierna cada novela?

Probablemente.

“El que se acerca elige/ entre las cosas manifiestas una” [1] dice el poeta Antonio Cabrera, a quien leo ahora, en estas horas terribles del desalojo, o del encierro en mí mismo, según se prefiera.

Y tomo café, y como chicles de fresa, y fumo y bebo agua.

Todo mezclado, embarullado, en una confusión de intenciones.

Pero ya no hay remedio, porque el alboroto en el que ha quedado mi -poco- discernimiento ha concluido en un desenlace lógico: he borrado las decenas de páginas que tenía escritas de estas últimas noches.

Y entonces ahí me he quedado: clavado.

Mascando chicle, sorbiendo el café ya frío, chupando el aire del cigarrillo.

Y releo las páginas anteriores, las decenas de páginas no borradas, pero que también acabaron surgiendo después de sucesivos barridos de páginas (me lo recuerdo ahora, para no desesperarme);

así, estoy aquí tratando de captar de nuevo el tono, o una sugerencia, una veta que me permita continuar…

Y pienso de nuevo en en los versos de Antonio Cabrera, no en los versos del poema “Vista y llegada”, sino en los de “Curvas”, pero que también pertenecen a la Suite de la CV202 (en 5 partes).

Dicen los versos: “el vigor que es virtud, la vehemencia, / el suave olvido” [2].

Y es extraño, porque desde que ayer, por primera vez, abrí el último libro de Antonio Cabrera, poeta a quien no conocía y al que llegué de pura casualidad, me produjeron sus versos una fascinación que hacía bastante tiempo que no sentía.

Cómo decir, más allá de los versos, hay algo en el libro todo, en Piedras al agua (Tusquets, 2010), que ha conectado con mi sensibilidad actual.

Para mí incredulidad, busco en el Google CV202 y descubro con alegría que se trata del desvío de la CV-20, una carretera de la Comunidad Valenciana, de la provincia de Castellón concretamente, carretera que -no tan casualmente- he trajinado en multitud de ocasiones.

Por obligación, más que nada, pero por devoción, también, alguna vez.

La llaman “la ruta de la cerámica”.

Me pregunto qué relación hay entre todas estas cosas.

Porque, como dejé escrito ayer, hay multitud de libros que me dejan frío, y muchísimos más que me producen total indiferencia, e incluso unos pocos a cuyos autores abofetearía con el mayor gusto.

Esta tarde mismo, estuve en La Central del Raval, buscando algún libro que me mandase alguna pista, algún indicio. Pero nada.

Salí de la librería asbolutamente asqueado. Me pasa bastante últimamente.

Y, ahora, aquí al lado del ordenador, tengo varios libros pendientes de lectura (los que sí me gustan): Conversación en la Catedral (Vargas Llosa), Navidad y Matanza (Carlos Labbé), una guía de París (Lonely Planet), La casa roja (Juan Carlos Mestre) y Nadie encendía las lámparas (Felisberto Hernández).

Y encima de todos ellos, el libro de Antonio Cabrera que, cada poco, parece ir mandando unos destellos fieros, y me obliga a leerlo.

Lo leo a salto de mata, como me parece que ha de leerse un buen libro de poemas.

Y siempre encuentro una frase inspirada, acertada, simbólica y percusiva.

Y -extrañamente- necesaria para mí.

Recuerdo que, en la presentación de Perder Teorías, en la Biblioteca Jaume FusterEnrique Vila-Matas contó que él no tenía problemas con lo de encontrar un indicio o una veta (y se refirió a lo que cuenta Hemingway en A moveable feast, y es que éste se dejaba siempre algo sin escribir para el día siguiente, para saber cómo continuaría la narración).

Pues bien, a Enrique Vila-Matas le bastaba con acercarse a su biblioteca, agarrar un libro, copiar un frase cualquiera, deformarla y, a partir de ahí, continuar alegremente.

Se diría que donde Vila-Matas ataca y muerde a los libros para continuar con su narración, a mí me sucede que las abejas-concepto de Antonio Cabrera me están asesinando el cuerpo a fuerza de mordiscos de un veneno extraño, tratando de decirme algo que, todavía ahora, y son ya las tres de la madrugada, no consigo descifrar.

Y, entonces, por probar, en el postrer tanteo, abro el libro de Cabrera, en su última página y leo: “La noche, pétrea y estrellada, / bombea / su sangre caudalosa” [3].

Y no puedo hacer más que reírme de esta misteriosa y proverbial adivinación de Cabrera, tan maliciosa como oportuna.

El título del poema al que hacen referencia esos versos se llama “Vivac”.

Ese refugio -íntimo- que es este post

y que, por un buen rato, me ha servido -al menos- de frugal consuelo optimista.

Gracias, Antonio.

– – – – –  – – – – –

[1][3] Antonio Cabrera. “Vista y llegada”, “Curvas” y “Vivac”, incluidos en Piedras al agua. Ed. Tusquets. Barcelona. 1ª edición, septiembre de 2010. [págs 33, 30 & 110]

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