Please, don´t touch

Leyendo esta tarde a Sergio Chejfec, cuando éste habla de Antonio di Benedetto en su artículo Sobre el brillo en la oscuridad [1], y más apropiadamente justo hacia el final de su artículo, donde cuenta un encuentro con el escritor en 1985 en una pizzería bonaerense y hace un pequeño análisis de su obra Zama, dice Chejfec algo tan obvio -como a veces ignoto en las discusiones sobre literatura-, pues que  “La literatura habla del problema y de la revelación, pero no los descubre”.

Chejfec maneja la idea de que “el cielo más brilla cuando lo mira menos gente”. Y esto es algo sobre lo que he estado pensando mucho últimamente, porque, a mi parecer, se ha invertido la ecuación lógica.

Es decir, que el cielo ahora brilla más cuanto más gente lo mira, y es que es como si el sol se nutriese necesariamente del brillo de esas miradas. Así, la paradoja es que no es el sol quien brilla sino la suma de los cientos de miradas que se posan en él. Y todo bien hasta aquí, en tanto que los millones de miradas miren, todo perfecto, el problema viene cuando esas millones de manos que tienen los millones de ojos quieren también participar de la fiesta.

Pongamos un ejemplo: el 12 de octubre la Tate Modern de Londres, en su convocatoria anual conocida como Unilevel Series comenzó a exhibir en su Sala de Turbinas la obra Sunflower Seeds (2010) del artista chino Ai WeiWei.

La obra consiste en cien millones de pequeñas pipas de girasol dispuestas (como en una alfombra) a lo largo de mil metros de exposición y que el espectador podía tocar, pisar, mover o robar.

El día 15 de octubre, es decir, tres días después de haber sido inaugurada, la exposición se hubo de clausurar.

La razón es que tales pipas no eran en realidad pipas de girasol sino pequeños objetos de porcelana pintados a mano de un modo tan perfecto que parecían reales (un trabajo realmente de chinos, que involucró a 1600 artesanos durante dos años de trabajo); así la gente, intrigada, no contenta con hacer brillar la falsedad de los millones de pipas de porcelana con sus millones de ojos, quiso también interactuar con la obra, y esto con la fuerza del tacto.

Y aquí vino el problema: el repetido manoseo de los millones de pipas falsas producía una fricción que levantaba un polvillo tóxico, perjudicial para la salud.

La organización de la Tate Modern de Londres, junto al artista chino Ai WeiWei, decidieron clausurar la exposición, tres días después de haber sido inaugurada, por riesgo de insalubridad.

Se han propuesto varias interpretaciones alegóricas de la obra de Ai WeiWei.

El propio artista sugiere conexiones con la Revolución Cultural China (1966-1976) [2], acordándose de las imágenes propagandísticas que situaban a Mao como el sol y los millones de pipas de girasol simularían a la población china, esa masa uniforme, volviéndose en su contra.

Pero aquí, para mí, la mejor explicación de la obra, es aquella que se fija solamente en lo matérico, en la interacción directa entre público y obra: la toxicidad, pues, de la obra.

En el caso de la obra Ai WeiWei el peligro viene por la vía de la inhalación, sus consecuencias son mensurables y el daño puede ser físico, evidente e inmediato.

Lo terrible es cuando ese daño es menos evidente y todavía menos mensurable: la ponzoña a la que se expone uno cuando, al llamado de las luces iridiscentes de las cubiertas de los libros, decide  adentrarse con el tacto de su pensamiento en su interior, decide tocar sus palabras, su sintaxis, su estilo… y con el pensamiento, mueve esas miles de piezas del discurso que son las veinte o treinta mil palabras que suelen tener las novelas contemporáneas.

Porque cada vez más, los millones de libros que pueblan las estanterías, brillan con fulgores que, igual que las pipas de Ai WeiWei, apelan violentamente al instinto animal de echarse sobre ellos, y así buscan con la mayor audacia el deleite de la mirada, cada vez con plásticos más suaves, con texturas más gozosas; todo el esfuerzo pues, igual que las pipas falsas de Ai WeiWei, la ponen los editores en el trabajo de sus diseños, en el estrépito de sus colores, en el arrojo de las tipografías…

y arrebatado por todo ello, el lector, con más ilusión que juicio, corre a adentrarse en ese mundo fantasioso como un océano y agarra los libros con la mano, los mueve, los (re)mueve, pronto se turba un poco, se marea (sin saber que ya la nube tóxica de la fricción está actuando) y, con una frustración intolerable, al tratar de morder la carne del libro, igual que con las pipas de girasol, nota el dolor de la muela, la rigidez de las páginas,

y descubre el engaño: que ese sol que en la portada se le prometía, brillaba simplemente por el reflejo de su propia mirada de lector esperanzado, y que lo único que queda adentro del libro, no es más que un viejo foco fundido.

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[1] Sergio Chejfec. Sobre el brillo en la oscuridad. SalonKritik. 17-Octubre-2010.

[2] Ai Wei Wei. Sunflower Seeds (2010). Interpretation text. Tate Modern Gallery. London.

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