Las mentiras de la literatura [5]

1.

Cuenta Henry Miller en The Colossus of Maroussi, que la pasión es algo que él había echado de menos durante sus años en Francia.

Las contradicciones, la confusión y el caos, añade.

Y lo dice como si se tratase de la situación ideal para el escritor (la de la confusión y el caos).

Pero se equivoca, es justamente la ausencia de la confusión y el caos lo que propició su escritura en tierra francesa.

Porque lo que él llama pasión es lo que sucede los días de fiesta:

esa parsimonia en la que se dilatan las horas, y el ambiente generalizado de falta de propósito, de desconcierto y tedio y delirio arrebatado.

Y puede que esa sea la causa por la que detesto tanto los días de fiesta.

Debo confesar que he sido siempre infeliz los días de fiesta, terriblemente infeliz, y nunca he sabido explicar en palabras el porqué.

Tal vez ahora sea un buen momento para ello. Digo, tratar de entender bien esto.

Y es que tiendo a encerrarme en casa, en mi soledad, los días de fiesta. Tiendo a volverme huraño, a no querer hablar con nadie, a negarme al aseo y al cambio de indumentaria.

2.

Milagrosamente, esta tarde, encuentro la respuesta a esta cuestión que me ha traído de cabeza durante los largos años de mi existencia.

La encuentro en el libro de Rafael Argullol Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010), en el que éste dice la siguiente frase misteriosa:

“Todo lo que llegamos a ver con nitidez es en cierto modo póstumo” [1].

Argullol se refiere al trabajo de unos pintores bizantinos (en la época de Justiniano) que “se encerraban en total oscuridad antes de empezar a pintar sus iconos” [2].

Pasaban en una celda en tinieblas (sin ninguna luz, ni exterior in interior) días y días, acostumbrándose a la oscuridad

-la comida se la dejaban, cada día, unos ayudantes en el quicio de la puerta-,

yendo primero a tientas y, poco a poco, descubriendo la minuciosidad de cada uno de los rasgos hasta entonces imperceptibles de la negrura.

Cuando los pintores eran capaces de discriminar esas diferencias y manejarse con soltura en esa noche en la que vivían (del modo que haría un pez abisal), les permitían la salida.

Ya estaban preparados para enfrentarse y reproducir fidedignamente ese mundo (oculto) de formas que había emergido en la oscuridad.

Se trataría, pues, de adoptar lo que Argullol llama ” la perspectiva póstuma”.

Una forma de “enriquecer el horizonte de la existencia […] poniendo a nuestros sentidos y a nuestra imaginación en la disponibilidad, siquiera transitoria, de dejar de existir” [3].

Lo particular del asunto es que se trata de una “experiencia personal, incomprensible a menudo para otros ojos que no sean los nuestros” [4].

3.

Me asombra no haber descubierto esto antes.

Porque sí, siempre he sabido la reacción que me provocaban los días de fiesta, y para justificarlo, hube de recurrir a ingentes explicaciones, con anterioridad.

Tengo mil razonamientos para esto, y a Ángela le invento uno nuevo cada vez que veo asomar un día de fiesta, un puente, una semana entera de vacaciones… justificaciones que ella desmonta al instante, por supuesto.

Y así a cada nuevo derrumbe argumentativo de Ángela, le sigue por mi parte una variante un pelín más elaborada del anterior. Y así, ad infinitum.

Lo único que supe con precisión hasta esta tarde es que me producían pánico los días de fiesta. Y no hablo de fastidio, incordio o molestia. No, hablo del más puro pánico. El dolor más vejatorio y brutal.

Y nunca supe por qué. Sólo me servía de aproximaciones vagas.

Después de haber leído esta tarde el libro de Argullol comienzo a entenderlo un poco…

4.

En general, en el trabajo diario, el escritor decide ir escribiendo sobre sus temas, que son sus preocupaciones, sus ideas, sus investigaciones.

Así, en tanto que la vida sigue su ritmo habitual, el escritor es capaz de “surfear” las olas de la vida e ir fijando en los intersticios su escritura.

Ese cuarto oscuro de los pintores bizantinos del que habla Argullol es para mí la “habitación del escritor”, habitación que éste puede llevar consigo cada día tal que fuese un estado mental, como sugiere Eduardo Berti [5].

En el transcurso normal de los días, el escritor puede protegerse de esta forma para así pasar de manera imperceptible al lado de los demás, y proseguir con su tarea.

Es decir, guiado por el deseo de su escritura silenciosa, el escritor se torna invisible para el resto de los humanos. Deja de existir, y así su escritura puede convertirse realmente en la escritura de un difunto.

Y es gracias a ello que se torna verdadera su escritura, merced a lo que podríamos llamar su “extranjerismo”.

5.

Claro que ello no implica que deje el escritor de estar vivo para la gente a la que ama, pues son éstos quienes le sirven de escudo y de protección.

El escritor, para poder continuar fielmente con su trabajo necesita siempre un aliado, uno al menos, una persona que le comprenda, le asista y respete su “transitorio estado de difunto”.

Y destáquese que no es nada sencillo este punto. Nada sencillo.

Para que la escritura profunda sea posible (esa escritura que sabe distinguir los matices más indistinguibles), el escritor debe escribir como si estuviera afuera de lo que escribe, como si estuviese afuera de sí mismo.

Y es que gracias al rutinario acontecer de la vida, el escritor puede fijar su mirada en el objeto de su estudio sin tener que participar de ello.

Y este fructífero equilibrio se rompe los días de fiesta.

Los días de fiesta el escritor sí corre el peligro real de morir: esos días su disfraz cae y se pone en total evidencia que el escritor no es “como los otros”.

6.

Por ello es una utopía que un estado anárquico sea propicio para el arte.

Porque la anarquía es la situación misma que sucede los días de fiesta,

días en los que todo es externo, cuando todo sucede en la superficie y es, por ello plano, banal e intrascendente.

La escritura que de veras merece la pena trasciende, y no en el sentido clásico de la inmortalidad, sino en el de que procede del estado de circunstancial defunción del escritor y alimenta a la vida.

El escritor necesita de una situación de orden, jerarquía y propósito para entonces poder ser libre.

Sólo en este escenario es posible que su radicalidad sea provechosamente asimilada para el beneficio común.

Porque no deja el caos más espacio que para la delincuencia y la fechoría.

– – – – – –  – – –

[1][4] Rafael Argullol. Visión desde el fondo del mar. Ed. Acantilado. Barcelona. 1ª edición, septiembre de 2010. [págs 38, 37, 40 & 41]

[5] Eduardo Berti. Cuartos de escritura. Bertigo. 04-Octubre-2010.

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