Escritor en Allak – Huelga literaria

1.

Esta mañana

unos cuantos aviones andaban sobrevolando los tejados de Barcelona.

No sé por qué, pero hacían mucho ruido y me estaban molestando, porque yo quería hacer huelga de brazos caídos y, así, no escribir Escritor en Allak.

Pero es que los aviones, con sus turbinas restallantes iban y venían.

Malditos aviones, he pensado una y otra vez, malditos aviones.

Y es que la huelga es una cosa de tesón, me he dicho, no se puede dejar uno liar por unas turbinas enloquecidas sobrevolando el tejado de mi casa.

Confesaré que durante la mañana, a cada ratito me tomaba un receso huelguista y destinaba cierta energía a mis brazos para la acción de sacarme un cigarrillo del paquete de Gauloises.

Me lo fumaba, y todavía con la colilla humeante (mal apagada, sí, ya sé, es un mal vicio) pegaba de nuevo -y con mayor ardor- los brazos al pecho, y seguía con mi huelga.

Esto ha durado más o menos hasta el mediodía.

Ángela, que ha querido apoyarme en mi afán huelguista, se ha bajado al bar a comprar unos bocadillos.

-Ha sido titánica la tarea -me ha confesado Ángela al volver, pues el bar donde ha ido a buscarlos (un bar “de toda la vida”) lo regentan ahora unos chinos.

Al parecer la cocinera china le ha sacado primero un plato sólo con los calamares, extrañada de la petición. Y le ha costado a Ángela una eternidad hacerse entender y explicarse a la china que sí, que los calamares van en bocadillo, y que sí, que con pan restregado también.

Le he dicho a Ángela que, a su modo, la cocinera china del bar estaba también en huelga, pues si los japoneses huelguean aumentando la producción, es más que probable que sus vecinos chinos lo hagan tratando de entorpecerla con sus múltiples triquiñuelas, así la cocinera del bar.

Vista la evidencia de que no era el único habitante de este país que seguía en huelga desde el miércoles, me he sentido mejor.

-Hay demasiadas cosas contra las que rebelarse -le he dicho a Ángela-, un día no es suficiente. No, no, un día no es suficiente… -le repetía yo mientras me llevaba a la boca mi bocadillo de calamares.

Ángela, por solidaridad huelguista, se ha comido un bocadillo de tortilla de patatas.

Después de comer, he pensando en las mil objeciones que tengo que hacerle al mundo (y de ahí mi huelga) hasta que me he quedado dormido

(eso sí, con los brazos bien pegados y caídos contra el cuerpo, en actitud sindical de disgusto).

Entonces me he despertado de súbito, no sé a qué hora, pero ya mediada la tarde, y ello por no haber aprendido la lección de que “no puede dormirse [uno] vigilando el sueño” [1].

Y es que en mi sueño se ha presentado Masoliver Ródenas y ha comenzado a repetir la siguiente frase a la que no me ha quedado más remedio que prestarle atención:

“aquí la lluvia es tan fina que no acaba de caer al suelo, flota en el aire y lo llena de tristeza” [2].

Y tantas veces ha repetido Masoliver Ródenas la frase (como si fuese un robot), que ha resultado ser cierta, al fin; pues que los deseos se le han hecho carne a Tono, porque el salón de casa se ha llenado de una pesadumbre horrorosa.

Y entonces he caído en la cuenta de por dónde iban los tiros, porque si Masoliver Ródenas se ha puesto de mi lado, me he dicho (y le he dicho acto seguido a Ángela, que me ha mirado con cierta censura) que las razones tenían que ser de puro literarias.

¡Ajá!

Mi  tarea hoy será la de luchar contra todos los enemigos de la buena literatura: esos editores terribles y malditos (y estrambóticamente feos), que se dicen editores pero que en sus palabras se revela que no son más que abstrusos publicistas,

y también los directores de los suplementos, obstinados en vendernos incansablemente a autores “jóvenes” y “prometedores” –y, a la postre, amigos suyos- que tienen ya, ni uno, ni dos ni tres, sino cinco o más libros publicados.

Y como corolario para mi venganza sindical –y literaria- he pensado en los así llamados premios literarios… habría que urdir un plan para que esa gente infame saque la palabra literatura de su boca y llame a sus productos con otro nombre, un nombre más adecuado a esos productos abyectos que fabrican.

Me he dicho (y esto me ha levantado el ánimo) que, por suerte, muchas de esas editoriales malvadas y suplementos literarios de periódicos perversos están en Barcelona, así que me he levantado del sofá y he ido a buscar a la cocina por ver si tenemos silicona para sellar unas cuantas cerraduras.

-¡Sí, sí, sí! – he gritado de alegría pensando en mi inminente boicot.

Al ver la silicona en mis manos, Ángela lo ha entendido todo.

2.

Por desgracia para mí (y por suerte para Vds.), yo soy como Luis Gordillo, de quien estaba viendo esta tarde un reportaje en la segunda cadena de televisión nacional.

Dice Gordillo que su relación con la pintura es una erótica del cuerpo, es decir, que la actividad pictórica es ya un órgano más de su anatomía y no puede prescindir de ella.

Pues así me pasa a mí con la escritura,

que soy yo también “de escribir todos los días”.

Es por ello que al final me he avenido a escribir este texto breve.

Ya que mi conciencia me obliga, y sé que tengo una obligación para con Vds., concederé los servicios mínimos.

Procedamos.

Les diré que tanto Ravel como Correr, las dos últimas novelas/biografía de Jean Echenoz y que ha publicado la editorial Anagrama (2007 & 2010), son idénticas en su esqueleto. Su esquema es el de éxito fulgurante y acumulativo, crisis y fracaso/muerte del protagonista.

La primera (Ravel) cuenta los diez últimos años del compositor francés Ravel, siendo para éste su momento glorioso una gira de cuatro meses por USA y la archinococida composición Bolero.

En el segundo caso la novela/biografía (Correr) cuenta la vida de Emil Zátopek, corredor checoslovaco (a quien llaman “La locomotora checa”) “de los ocho récords del mundo en distancias superiores a cinco mil metros: seis, diez y quince millas” [3].

Los dos libros no son ni biografía, ni novela ni crónica. Son dos semblanzas hechas a base de gruesas pinceladas e hinchadas con parches conformados con datos objetivos; dos semblanzas falsamente engordadas y estiradas con datos inanes y banales y unas cuantas especulaciones psicológicas hechas por el escritor.

Echenoz (sobre todo en Correr) se pasa con las hipérboles y ambos libros crecen y se le van de las manos hasta autodestruirse por pura repetición.

Mejor el de Ravel, por tratarse de un compositor que admite más matices que un corredor de fondo, pero aún así, flojo y poco interesante.

En Ravel se mofa Echenoz (solapadamente) de la inexistente vida sexual del compositor francés y en Correr se mofa (descaradamente) del comunismo. Las taras de Echenoz como escritor quedan más al descubierto en Correr, puesto que en Ravel la superficialidad del trazo humano del biografiado podrían hacerse pasar por el retrato de un ”sujeto opaco, enigmático” como dice el crítico del Times Gabriel Josipovici, pero en Correr queda clarísimo que son deficiencias técnicas del escritor, pues ya aquí se evidencia que los personajes no son más que nombres huecos y planos que avanzan y avanzan, sostenidos en datos “objetivos” del biografiado y que no construyen la sensación –esperable- de vida continua, sino una acumulación desmedida de anécdotas.

La lectura de ambos libros ha producido en el huelguista que esto escribe una nostalgia brutal de la maestría de las biografías escritas por Stefan Zweig.

Esa pesadumbre horrorosa que yo no sabía que tenía y que vino a anunciarme esta tarde en mi sueño J. A. Masoliver Ródenas.

—————–Fin de los servicios mínimos——————

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[1] Jean Echenoz. Ravel. Ed. Anagrama. Barcelona. 2007.  [pág 115]

[2] J. A. Masoliver Ródenas. “La noche de la conspiración de la pólvora”, incluído en el libro de relatos La noche de la conspiración de la pólvora. Ed. Acantilado. Barcelona. 2006. [pág 215]

[3] Jean Echenoz. Correr. Ed. Anagrama. Barcelona. Septiembre de 2010. [pág 93]

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