Fundamentos de la Nada

Si uno se da una vuelta por la página de Monitor Talentaquí-, verá que se pueden contratar 57 personas que responden a la categoría de Provocateurs, entre los que destacan el escritor de ciencia ficción Cory Doctorow, el filántropo Iqbal Quadir o la profesora del MIT Sherry Turkle.

Tradicionalmente, un agent provocateur era una persona contratada por la policía cuyo cometido era inducir a un tercero a cometer una acto delictivo.

Hoy día, estos 57 provocateurs profesionales que lista la página web de Monitor Talent se ofrecen igualmente para su libre (y pública) contratación, solo que, en este caso, se trata de garantizar que los provocateurs más que inducción al crimen, produzcan una  suerte de conato de convencimiento al cambio positivo.

Y aquí yace la trampa lingüística de la compañía Monitor Talent, porque simplemente lo que ellos ofrecen es “el efímero y nunca enteramente satisfactorio sucedáneo del verdadero producto, que es el nombre” [1].

Así, las empresas que contratan a estos individuos se aseguran de que el nombre (el provocateur) siga “emitiendo” ininterrumpidamente su discurso y funcionan como canales de transmisión, en tanto que el sucedáneo (el “productor de directo”, en palabras de José Luís Brea) prosigue con su secuencia vital (y necesaria para la perpetuación de su “nombre”) de vómito/deglución de su propio discurso.

La empresa, fundación, holding o centro cultural contratante funcionaría a modo de aparato radial y que sirve de amplificador para que el ininterrumpido “decir” del provocateur no se extinga jamás, creando un continuo en el tiempo y en el espacio. Una suerte de falso ready-made interminable, en cuya tramitación colaboran además twitter, los blogs, las newsletters, formspring y facebook.

Una radiación interminable en el que los así llamados provocateurs/gurús o simples bocazas se dedican a “molestar con [su] nada/ [reivindicar] el insulto de [su] inexistencia [2] “ hasta acabar formando un océano donde nadan “pequeñas nadas odiándose […] plurales nadas idiotizadas […] cuerpos reconocidos a partir de cenizas” [3].

Por la sencilla razón de que lo que se publicita (el “nombre”) no es un genuino producto del pensamiento, ni tampoco una idea revolucionaria que pueda realmente provocar un cambio en las actitudes, y esto porque “lo único que importa es que el emisor, el nombre, siga emitiendo más que produciendo, siga siendo él mismo el producto y siga, por tanto, vivo” [4].

Esto sucede igual con Monitor Talent como con provocateurs que van por libre, y así dichas sesiones radiales (y, hasta cierto punto, radicales -en el sentido de forzarse el acomodo en el canon a fuerza de atacarlo-) son públicas y en streaming via Internet, en los casos en los que la empresa contratante sea una fundación perteneciente a una empresa privada, pero con ínfulas de funcionalidad pública (las obras sociales de los bancos y las cajas sociales, por ejemplo) y estrictamente privada (a veces previo pago de la entrada por parte del público) en los casos de que se trate de empresas del sector de la tecnología, las nuevas energías o macroholdings con diferentes intereses tanto aquí como en otros ámbitos.

Así, de alguna manera, en su modo de mirar hacia la dialéctica utilizada en el  pasado, digamos los años ochenta del siglo XX (esa “época de recreo”), Monitor Talent, lo que hace es enfatizar -como sugería Jameson– la situación espacial en la que el discurso se instaura,  porque en ese momento en el que el provocateur está en el púlpito, frente a la impresionable audiencia, se produce un instante de cambio, cierto, pero que se regenera y troca en variante del mismo discurso en la siguiente aparición pública del provocateur en cuestión.

En ese sentido, Monitor Talent, al vender a sus provocateurs, lo que está vendiendo es humo, al igual que hizo el postmodernismo durante gran parte del último tercio del siglo XX.

Porque se les ofrece con la garantía de que en cada una de esas conferencias el público presenciará uno de esos momentos performáticos  “when-it-all-changed” como decía el escritor William Gibson.

Y es que es obvio que desde una perspectiva sintáctica del discurso, sí, claro, cada una de esas performances de los provocateurs es diferente en sí misma (y es presentada, además, como un ready made que operase en el ámbito de lo económico), pero, ello, por la pura función ineludible del tiempo, que garantiza que siempre serán diferentes las intervenciones del provocateur justamente por suceder en diferentes espacios, y en diferentes días.

Pero es que, aunque las volutas de humo formen caprichosas formas imprevisibles, hoy, ayer y mañana seguirán siendo eso: humo.

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[1] & [4] Javier Marías. “La edad del recreo”, incluido en Pasiones Pasadas. Ed. Anagrama. Barcelona. 1991 [pág 100]

[2] & [3] Andreu Navarra Ordoño. “Palabras a la nada”, de Canciones del Bloque. Ed. Paralelo Sur. Barcelona. 2010. [págs 62 & 63]

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BOLA EXTRA:

En su columna semanal Mínima Molestia, el crítico Ignacio Echevarría se refiere esos otros actos nadaístas que son las conferencias y las presenciones de libros, también lugares propios para la Nada y que generan la siguiente extraña paradoja y es que:

“El periodista cultural no actúa como informante de un acontecimiento real, sino más bien como portavoz o publicista de ese acto. La convocatoria del acto genera una noticia o una crónica, pero el acto mismo no constituye propiamente la noticia o la crónica, sino su pretexto” [1]

[1] Ignacio Echevarria, “Periodismo Cultural” (de la serie Mínima Molestia). El Cultural/El Mundo 24-09-2010.

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