Las mentiras de la literatura [3]

En una de las primeras secuencias de la película La vida de los otros (2006), dirigida por Florian Henckel-Donnersmarck, hay unos alumnos de la escuela del Ministerio para la Seguridad del Estado alemán (la Stasi) a los que se les está enseñando a detectar a los mentirosos, para cuando llegue el caso de que estén interrogando a un sospechoso, sedicioso contra el régimen socialista alemán de la RDA.

La clase para futuros espías sirve igualmente como lección de narrativa.

Uno de los capos de espionaje de la Stasi para los circuitos artísticos berlineses, que es quien dicta las clases prácticas, mientras va repitiendo las grabaciones de las respuestas del sospechoso durante las sucesivas fases del interrogatorio, lo explica con una facilidad pasmosa: hay mil formas diferentes de parafrasear un mismo contenido, siempre, claro, que ese contenido sea verídico (no veraz, sino verídico).

Y es que el acusado repite en cada una de las cintas que se escuchan en la película las mismas palabras.

El capo de la Stasi les advierte a sus alumnos: sabemos que nos está mintiendo, ¿por qué?, pues porque siempre repite las mismas palabras, da igual que se le pregunte de manerla lateral, oblicua o indirecta. Sus palabras siempre son las mismas, ¿por qué? porque ha debido aprender su mentira -su historia falsa- de memoria y no es capaz de introducir en ella la menor variación.

Así, una historia verdadera puede ser narrada según el peso de las circunstancias. O sea, que una misma historia adquiere un estilo según dónde, cómo y a quién se le cuente.

Lo que significa que un verdadero conocedor de los hechos es capaz de contar su historia con muy diferentes palabras, es pues, conocer del registro adecuado, sabe adecuar el estilo al interlocutor.

Así, el escritor, en realidad, no es ese mentiroso que tantos se afanan en predicar, sino más bien todo lo contrario. El escritor es un sospechoso de sedición al que la sociedad (los lectores) interrogan constantemente.

El escritor es aquel a quien sus palabras (su estilo) pueden salvar de la cárcel, del exilio, y de la muerte.

Lo dice de otra forma -más casquivana- Gustave Flaubert, así:

“comprobad si no cómo los literatos representan siempre un mismo prototipo y lo describen cien veces sin cansarse jamás” [1]

[1] Gustave Flaubert. Noviembre [Fragmentos de un estilo cualquiera]. Traducción de Olalla García García. Ed. Impedimenta. Madrid. 1ª edición, noviembre de 2007. [pág 113]

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