Las mentiras de la literatura [2]

1.

De pronto me levanté esta mañana con unas ganas terribles de escribir,

pues llevo algunos días ocupado en asuntos ajenos al arte y como se dice, textualmente, “me quemaban las manos”.

Y no se tome esta afirmación como gratuita, ni menos como metáfora literaturizada, porque -en esencia- es la pura verdad.

Me pasé una mañana sonámbula en la que las cosas se me caían de las manos, una mañana que si la hubieramos filmado, habríamos visto constantes tropiezos contra los muebles, las puertas, las mesas, hubiésemos reconocido heridas y al fin, sí: la sangre;

pero todo envuelto del halo mágico de la alegría.

Sí, esa alegría ferventísima – a pesar o quizá por el dolor mismo-, ese júbilo precioso

que procede a la redacción de cualquier cosa, asi sea la más liviana (este texto, por ejemplo).

Entonces, al calor de estas líneas, y ayudado por la celeridad de un pensamiento súbito, recuerdo que Cheever dijo que “la literatura era la salvación de los condenados”.

La condena, creo yo, es la obligación de escribirla, esa literatura, el sentirse, como se suele decir, que a uno no le queda más remedio que ponerse a ello, y que todo lo demás le sobra.

Puede ser.

En cualquier caso, ha habido un poema, hoy, o mejor dicho unos pocos versos, de Stuart Krimko que -antes de yo haberlo pensado- han puesto en palabras el deseo ardiente que me habitaba el cuerpo, y principalmente las manos.

Son estos:

“Me desparramé entre estas
ideas, un cajón lleno de llamas:
estas páginas, carbonizándose [1]

2.

Comencé a escribir este texto hoy,

al mediodía, con la luz radiante del sábado esplendorosa en su cénit.

Luego lo dejé, comí y me eché una siesta.

Estuve leyendo algunas cosas por la tarde -libros de escritores jóvenes- mientras tomaba con placidez uno o dos cafés (ya no me acuerdo);

de vez en cuando me rascaba con la yema el dedo la sangre seca de una de las heridas, justamente la que me hice en el lateral de la planta del pie derecho.

Es simbólico, cómo no.

No me refiero a la herida física, que es real, sino al lugar en el que se ha producido.

Me he golpeado durante la mañana con el canto de una mesa mientras trataba de sentarme, o ir a buscar otro libro para leer y para ello tenía que bordearla, o acaso tratando de subirme a ella, o en un mal gesto al negociar el fuego de un cigarrillo… o dios-sabe-qué.
En fin, el ímpetu,

que los pies quieren sostener sus propias reglas, las de la carrera insustancial, que no sirve más que para dar vueltas sobre uno mismo.
Y este es un problema fuerte que atañe al proceso mismo de la escritura;

a saber: cuando uno arde por tener que escribir algo, sea esto lo que sea, sus manos se van desfogando paulatinamente, según avanzan las líneas, porque lo de la mano es físico, el énfasis se va suavizando según las letras, las palabras y las frases van abandonando la muñeca y se van quedando primero en el teclado y pronto en la pantalla.

Pero… ¿y qué carajo hacemos con los pies?

Porque el ímpetu de la escritura, contra lo que algunos creen, tiene que ver con todo el cuerpo, y así, si no hacemos nada contra esto, nos acaba dominando la entropía corporal y, sí, acabamos autolesionándonos.

De una manera que quizá parezca un tanto azarosa, pero no, porque al cuerpo también se le instruye para que sea avispado y sepa cómo corregir el error.

La literatura, pues, para algunos de nosotros, es una función adaptativa que nos salva del desafuero de un exceso de energía en descontrol.

Así mi pie, el colmo de la inteligencia: zas, dándose de lleno contra el canto de la mesa.

Y la posterior sangre, que ahora cuando escribo esto (ya entrada la madrugada) sigo acariciando intrigado con la yema de mis dedos, como quien se apercibiese de un milagro extraño.

La literatura pues, contra lo que se cree, no es una huída de la vida, sino el necesario contrapeso autista que permite que nos devolvamos a la vida con la seguridad de que no mataremos a nadie

-así sea a nosotros mismos-

El filósofo Rudolf Steiner lo dice con palabras mucho más hermosas,

tal que así:

“Es propio de la esencia del alma que cuando dirige la primera mirada a las
cosas ELIMINA algo en ellas que formaba parte de su realidad. Por esta razón las cosas no son para los sentidos lo que son en realidad, sino sólo lo que el alma hace de ellas….[2]

Mi alma, pues, es la que me dice que esa herida del lateral de la planta de mi pie derecho es la expresión máxima de mi literatura,

una literatura que, por fuerza, ha de sangrar.

– – – – – – – –  – – –  –

[1] Stuart Krimko. “A veces tenés la vida”, de The sweetness of Herbert, Sand Paper Press, 2010, traducción de  Cecilia Pavón. Revista No Retornable. nº 5. Abril de 2010.

[2] Octavi Piulats Riu. La Teoría del conocimiento de Rudolf Steiner. Thémata. Revista de filosofía. nº 39. 2007. [pág 565]

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