Escritor en Allak – El arte de la resurrección

Dicen algunas personas que los milagros no existen.

Personas que no tienen fe claro, son las que dicen eso.

Hay algunas de entre esas personas, los así llamados intelectuales, que les cifrarán los milagros  de la manera más tajante posible: les dirán que todo se debe a la funesta interrupción de la mano precaria del escritor, que amputa y restriñe; les dirán que eso no es más que la intercesión en la narrativa de lo que los griegos llamaban “deus ex machina”.

Respuesta también típica de las personas que carecen de fe.

Porque la confianza, la seguridad y el arrojo que se demuestra igual que en la vida en la creación literaria, no son sino consecuencias de la fe, esas mismas que tuvo la australiana Kate Ogg [1] cuando, tras haber sido informada de la muerte de uno de sus hijos (acababa de dar a luz dos gemelos) , no se resignó a tolerar la impertinencia de una realidad abtrusa, sino que instintivamente, supo que hacer, cogió el cuerpo de su menudo bebé que los médicos habían dictaminado moribundo, si no muerto ya, después de más de 20 minutos de haber estado batallando –médicamente- por su vida, y Kate, con reverencial  tierno gesto, lo acunó sobre su pecho.

Primero, con la connivencia el padre, le dijeron al bebé cadáver cuál iba a ser su nombre, en susurros, con delicadeza, por ver si le hubiese gustado o le gustaría, y poco a poco, a fuerza de ilusión proyectiva, de muchas ganas, por así decir, le fueron contando al cadáver muerto de su hijo todas las cosas que harían o podrían hacer con él, según el discurrir melancólico de los años, que ahora sus padres inventaban para él, para su consuelo o quizá rezo o letanía funeraria.

Nuevos días felices del futuro que se hicieron posibles, sí, cuando, tras más de dos horas de imaginación, el bebé cadáver dio signos de recuperación, de vida. Primero jadeos, y pronto una respiración regular.

Kate le dio a Jamie (pues este era, al fin, el nombre decidido para el bebé)  un poco de leche que se había sacado del pecho, con la yema del dedo.

Al poco el bebé Jamie abrió los ojos.

Y es que ya lo confirma Hernán Rivera Letelier al afirmar que “El novelista no debe saber mucho sobre lo que va a escribir; hay que dejarle espacio a la imaginación.” [2]

O dicho de otra forma, se trata de la constatación brutal de que es cierta la teoría del “cangaroo care” o cuidado del canguro. Pues que la calidez del cuerpo de la madre puede funcionar al modo de una incubadora y estimular la recuperación del bebé con problemas de adaptación al medio tras su nacimiento.

Este es el modo mismo en el que operan los novelistas,

los novelistas con fe, claro.

“Yo tengo fe en mi imaginación” [3], confirma Letelier, autor del último premio Alfaguara, conseguido por la novela El arte de la resurrección, una historia trágica, aunque contada de manera risueña.

Una historia, además, de pura fe, y sobre la idiosincrasia de la fe.

Letelier narra a veces valiéndose de altisonancias irremediables, obligadas por la naturaleza de la historia, su tema y su contexto, pero siempre con decisión y valentía.

El protagonista de la fábula  es el así (auto)proclamado El Cristo de Elqui, Domingo Zárate Vega, personaje que ya ha transitado como secundario por las novelas anteriores de Letelier.

Un  “librepensador” [4] que predica un “evangelio de chapucerías” [5].

El Cristo de Elqui es un personaje real, un popular predicador chileno de los años cincuenta,

al cual Nicanor Parra ya dedicó en 1977 sus Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, donde le hacía afirmar que “hay que decir las cosas como son/estamos a un paso del Apocalipsis” [6].

Por ello, El Cristo de Elqui es un personaje jactancioso y mundano, que predica sus“sanos pensamientos en bien de la Humanidad” [7] auspiciado por “su histrionismo innato y su prodigioso poder de persuasión” [8].

Un “montaraz profeta bíblico” [9].

Y así es también como nos lo presenta Rivera Letelier, como un personaje pantagruélico y feliz, a pesar de advertir perfectamente  que“el vía crucis que me esperaba en este mundo [sería] realmente duro” [10], cuya peregrinación por las más áridas soledades chilenas responde a una promesa hecha tras la muerte de la madre; su misión, pues, es literalmente predicar en el desierto, allí donde habita “el silencio más puro del planeta […] el más propicio para oír a Dios” [11].

Al Cristo de Elqui, ”declarado enfermo de delirio místico crónico[12] la narración nos lo descubre en los días previos al aniversario de sus cuarenta y cinco años, en su momento álgido, por así decir, justo cuando lleva diez de peregrinaje (su promesa es de veinte, que finalmente se acabarán convirtiendo en veintidós).

Su cometido es el de encontrar a una prostituta beata, Magalena Mercado, “una mujer bíblica” [13], una ramera que consigue congregar “un número mayor de fieles de los que acudían a la casa de Dios” [14], y de la que ha oído decir que vive en la salitrera conocida como La Piojo, en el norte del país (Chile). Una mujer con las “cualidades exactas de la discípula que él necesitaba para su ministerio” [15], puesto que para El Cristo de Elqui no hay ninguna duda de que él mismo “era la reencarnación de Jesucristo” [16].

Así que, para ello, necesita su particular María Magdalena, que él cree encontrar en la prostituta beata, una mujer “morena, de cabellera trigueña, ojos levemente entrecerrados y pupilas profundas” [17].

La narración sucede en unos pocos días previos al día de Navidad y se acabará revelando como el punto de inflexión en la carrera posterior del Cristo de Elqui.

Letelier con una gran habilidad, casi con excelsa maestría, va deslizando la voz en estilo directo del propio Cristo de Elqui entre una voz general disfrazada de falso plural mayestático (nosotros), pero que, en el fondo, no es más que un narrador omnisciente manejado con una voluptuosidad libérrima, instintiva, y aquí es donde más se nota el buen oído del escritor, “ un escritor que trabaja con la memoria que noveliza, con la intuición y con la imaginación” [18].

Aquí, el flujo viperino del habla pampina, gracias a Letelier, por una vez  “consigue sacar al relato de la pampa de la gravedad un poco acartonada de los narradores demasiado ideologizados o demasiado críticos que convertían a sus historias en alegatos y denuncias [19].

Letelier, pues “bautiza” al castellano de El arte de la resurrección en las aguas festivas y dichosas del lenguaje como hace mucho tiempo no se veía en el dominio del español. En la novela,  asistimos con vehemencia al desarrollo vivaz de “la fuerza de mi pensamiento [del Cristo de Elqui], don natural que me ha dado el divino Señor”[20].

Y gracias a ello la novela nos muestra el colapso de este ser a un tiempo seráfico y secular que es El Cristo de Elqui, un personaje pícaro y tragicómico en la mejor tradición cervantina.

La novela -en fondo y forma- representa perfectamente el espíritu destartalado, ambiguo, creyente y –a la vez- disperso, del Cristo de Elqui, alguien que junta en sus prédicas “versículos del Nuevo Testamento y sesudas citas de Heidegger[21].

Esta novela es la plasmación estética del motto central en la narrativa de Letelier: pues que “con experiencias se aprende a vivir” [22]. Y ello se nos muestra a través de una de las máximas del Cristo de Elqui, que es que “la verdad es sinfónica” [23].

Tienen ante ustedes una novela sinfónica y verdadera, y ello porque, de una vez resucita el vigor del castellano; desde el altiplano chileno.

Y, además, se trata de una novela de lo más divertida, donde uno, de veras, se ríe, y no del escritor, como suele acostumbrarnos la narrativa última en castellano, sino con el escritor, en una ruidosa y bienaventurada verbena literaria.

Hernán Letelier nos demuestra -a las claras- que no todo está perdido,

pero que, en adelante, hay que tener fe,

hay que seguir teniendo mucha fe en la literatura.

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[1] Australia myracle baby: Mother Kate Ogg nursed son back from death. Sky News Australia. August-27, 2010.

[2] Hernán Rivera Letelier en entrevista con Silvina Friera. Estamos llenos de falsos profetas. Página 12. 18-Junio-2010.

[3] Rivera Letelier: “Hoy vivo la orgía de escribir tres novelas a la vez“. Revista Eñe (Clarín). 02-Agosto-2010.

[4], [5], [7][17] & [20][23] Hernan Rivera Letelier. El arte de la resurrección. Premio Alfaguara de novela 2010. Ed. Alfaguara. Madrid. 2010. [págs 209, 55, 165, 170, 135, 171, 144, 131, 215, 97, 83, 88, 75, 124, 13, 211 & 149]

[6] Nicanor Parra. “Cristo de Elqui se defiende como gato de espaldas”, incluido en Últimos sermones y prédicas de Cristo de Elqui. 1977. Se puede leer aquí.

[18] Gustavo Mota en entrevista con Hernán Rivera LetelierDesde los nueve años estoy de cara a la muerte. El Porta(L)voz. 03-Junio-2010.

[19] Mauricio Ostria GonzálezLa identidad pampina en Rivera Letelier. Acta Literaria. nº 30 (67-79). 2005.

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