Buenas Migas

Claro que las operaciones de estética (sobre todo las del enorme y firme busto y el colágeno de los labios) saltaban a la vista y le obligaban a uno a fijarse en ella.

El demasiado maquillaje, también.

El pelo rubio y en mil bucles, no exactamente rizado sino en una voluptuosidad diáfana, ayudaban poco a sus indisimuladas ganas de establecer contacto con cualquier hombre disponible.

Estaba sentada sobre uno de los taburetes frente a la cristalera abierta a la calle.

Eso fue una tarde de este pasado mes de julio, en Barcelona. No más tarde de las seis y cuarto. Todavía una buena luz en el exterior.

El local es el Buenas Migas dels Jardinets de Gràcia. Un bar de comidas, postres excelsos, focaccias y también cafetería.

Había algo en ella que producía, empero, rechazo, como una suerte de sexualidad demasiado instaurada en cada uno de los pliegues de su traje blanco.

Y no porque fuera éste ceñido, sino justamente por lo contrario: por el vuelo libre de la falda sobre las rodillas desnudas.

La forzosa visera de la gorra muy bajada contra la frente, casi rozando la altura de los ojos, le confería asimismo un rasgo de engreída amazona urbana.

Pasó por nuestro lado a coger un periódico que reposaba abierto en una mesa contigua a la nuestra.

Sus manos agarraron con una firmeza rara el periódico. Como las cosas que se hacen con el compromiso de que parezcan hechas naturalmente y que, justo por ello, resultan forzadas.

Entonces, al girarse y darnos la espalda, al (re)acomodarse sobre el taburete que queda a nuestra izquierda, un carraspeo la delató.

Un carraspeo demasiado grave.

Ángela y yo nos miramos perplejos. No nos atrevimos a decir nada, el local seguía en su silencio veraniego y ella nos podría escuchar.

La mujer hacía demasiado ruido con el periódico, pasando violentamente las páginas, como si ninguna noticia contuviese la emoción o la salvajidad necesaria.

Hasta que se hartó y lo dejó de lado, de un golpe seco.

Ángela y yo nos estábamos comiendo un pastel de chocolate, y viéndolo en retrospectiva, diría que en esa urgencia por terminarnos el pastel cremoso y dulce, había una premonición que insinuaba los acontecimientos posteriores.

En el local entra ahora una pareja de góticos y un chico joven (por separado).

La pareja de góticos se sienta en una de las esquinas. Toman dos helados. A pesar de ser góticos, con esa fiereza del negro incluso en verano, y los zapatos con alzas inverosímiles y sus miles de tachuelas, parecen enamorados.

La chica mete la cuchara en el helado del chico y éste, agradecido, en una sonrisa festiva, le dice algo suave, cariñoso.

El chico que ha entrado solo, de unos veintiocho años, con una barba descuidada de varios días, se pide un café y camina de ese modo levítico en el que caminan aquellos que no tienen la menor urgencia, y tras vacilar en su decisión de encontrar acomodo, viene a sentarse a la derecha de nuestra mesa, apenas a dos metros de nosotros, y también contra la cristalera que da a la calle.

No hay mucha distracción afuera: siendo Julio no pasan demasiados coches por la calle. Tampoco transeúntes.

Ni viento, así que el calor, a pesar de que sean ya las seis de la tarde, afuera es sofocante. Por eso nos hemos metido en el Buenas Migas.

El silencio del interior del Buenas Migas se vuelve entonces inusualmente pesado, en él habita un nerviosismo como de bestia dormida, con ese ronroneo misterioso que tienen los aires acondicionados industriales.

Quiero terminarme el postre de chocolate lo más rápido posible. Y que nos marchemos, pero intento no dar la sensación de urgencia, de incomodidad.

Me giro -con disimulo- hacia la derecha, donde está el chico joven, de espaldas a mí, y a quien la mujer del demasiado maquillaje acaba de preguntar si está solo.
Es una pregunta extraña, pues claramente no sólo está solo, sino que es manifiesto que no tiene nada mejor que hacer.

El tipo contesta algo, con justeza. Con una educación mínima, pero sin dejar el menor hueco que posibilite cualquier ulterior diálogo.

A lo que ella, replica, con una alegría estruendosa, forzadamente complaciente (como quien tiene la natural osadía o falta de educación social -o de educación a secas):

-¡Ah, fantástico (y estira cuanto puede la s), eres argentino!

El tipo -indignado-, con cierto enojo, la contradice:

-Argentino no; soy uruguayo.

(pero pronuncia la y griega igual que los argentinos).

-Ah…- dice ella, confundida, mientras piensa (imagino) en qué cosas sabe de Uruguay.

Si le hubiese dicho el tipo Argentina… , debe pensar, hubiera sido más fácil.

Hay un silencio fatal, uno de esos momentos frágiles en los que se está decidiendo el futuro de una conversación.

Todavía nos queda un buen pedazo de pastel, pienso, mientras poso mis ojos fijos en el plato, en nuestra mesa.

Miro a Ángela, ella abre incrédula mucho los ojos.

Le respondo con una mueca igualmente de asombro.

Me siento incapacitado para decir nada. Intento comer con normalidad. Intento que prosigamos con la charla cotidiana que manteníamos antes de que entrasen el travesti y el uruguayo…

Pero, supongo que, ambos, Ángela y yo, somos conscientes de nuestro perentorio deseo de marcharnos, ya, sin la menor demora, pero, al mismo tiempo, hipotetizo, que la malsana curiosidad por constatar el modo perverso en el que este comercio sexual se vaya a llevar a cabo, nos retiene en nuestras sillas.

Hay un interés narrativo en todo esto, digo yo, o quiero pensar. No sé.

Y, así, seguimos con el pastel de chocolate, comiendo diría que incluso con lentitud, ávidos por no perdernos detalle.

Pero algo nos obliga a saltar de nuestra sillas.

-Qué hermoso que seas uruguayo -grita ella con su voz ronca, de bebedor de cognac, como si quisiese, además, poner sobre aviso a toda la clientela del Buenas Migas, personal de servicio incluido, como diciendo: “ahora van a ver qué faena me marco yo con el uruguayo”.

El tipo, que parece avergonzado, no le contesta. Pero ella, indiferente, no desiste.

Continúa (forzando un deje latinoamericano):

-Qué país tan lindo uruguay… oh, qué bonito.

El uruguayo no contesta.

Y, entretanto, ahí sigue nuestro pastel, cada vez más pequeño, pero igualmente cremoso y dulce.

Comienzo a sentirme empalagado, así que hago un gesto de abandono, desisto con el pastel. “No puedo más” -le digo a Ángela, en un susurro tan parco que ella tiene que replicar “¿qué dices?”.

La verdad es que el local está en un silencio demencial. Se escucha hasta el crujir de las respiraciones.

Detecto la presencia de mi vaso de refresco todavía medio lleno.

Y me digo, qué diantres, apuremos la Fanta de naranja.

Quiero irme, pero… entonces, como si nada hubiese pasado,  se escucha la voz árida de la izquierda que informa:

-No tengo nada que hacer…

Una tímida respuesta uruguaya: “ah”.

Y el ataque definitivo, suicida:

-Ven, sientate aquí.

Silencio.

Ahora las respiraciones no crujen, ahora las respiraciones de la clientela siquiera se escuchan. Los góticos parecen haberse unido también a la curiosidad “narrativa” de Ángela y mía.

Todo el mundo pendiente de la respuesta del uruguayo.

Pero el uruguayo, orgulloso, que no quiere participar de esta escenificación literaria, pues sigue callado.

Hay tres taburetes de separación entre la mujer del demasiado maquillaje y el uruguayo.

Ella le disculpa, con esa aceptación airada -y falsa- de la derrota:

-Bueno, en fin, chico, si no quieres… – y lo dice, como afirmando su insolencia, palmeándose al tiempo contra la entrepierna, tal que diciéndole al uruguayo “mira, no me vengas a mí con remilgos, chavalín, que poco mejor que yo vas a encontrar tú aquí, tan sólo, y a estas horas, en esta ciudad…”.

Ella abre de nuevo el periódico, la emprende a latigazos con cada una de las páginas que va pasando, sin leer, pero con una fuerza masculina y voraz.

Zas, zas, zas, en un abofeteo simbólico.

Así, trata de fingir que le da igual. Lo cual, produce el efecto esperado, pues el uruguayo, entre la vergüenza y la impotencia, se levanta, agarra la riñonera que había dejado sobre la mesa y la sitúa al lado del travesti.

Ella finge leer una noticia sobre un asesinato, y muy astuta, para minimizar el movimiento, para atrapar en su red de araña finalmente al uruguayo (sin salvación ya), lee en alto, afectando una tristeza desmedida.

Acto seguido añade, para justificarse:

-Es que yo soy muy sentimental. Mucho.

El uruguayo desliza ahora su café por la mesa de madera que está contra la cristalera, situándolo justo al lado del periódico que ella lee, acabando finalmente con la separación de los tres taburetes.

-Yo, en el amor, me doy a todas -suelta el travesti a bocajarro.

Le urjo a Ángela para que nos vayamos. Ella dice: “un momento”, y continúa con su postre de chocolate.

A partir de este momento, la conversación entre el uruguayo y el travesti no se detiene, es ella la que la dirige. El uruguayo está silencio y no acierta más que a decir “ah”, “sí”, y en el mejor de los casos “qué pena”, o “claro”.

Ella cuenta historias terribles de hombres violentos que le pegaban, deshaucios, soledad, falta de amor… en fin, el repertorio clásico en estos casos.

Desde afuera, ya en els Jardinets de Gràcia, con el sofoco del calor de Julio, nos giramos y los vemos a través del cristal, uno al lado del otro, muy juntitos. El travesti ya ha abandonado la excusa del periódico, ahora habla, gesticulando inverosímilmente.

El uruguayo, sencillamente la escucha.

Por alguna razón, pienso, al verle al uruguayo la cara compungida, como de ser abandonado al destino trágico, las manos sobre la cabeza, a veces frotándose la barbita sardónica descuidada durante varios días… en fin, lo compadezco.

Pienso, pobre chico, que contra su voluntad ahí está hablando con el travestí, al verlo a éste también solo y desamparado…

Se lo cuento a Ángela.

-Qué va, Pepe, al uruguayo le gustan los travestis, hombre, eso ya se veía claro desde el principio…

-¿En serio?, ¿Tú crees?

-Hombre, Pepe, ¡por favor…! -me espeta con una risa que cruje como el cristal estallando.

Mientras bajamos por el Passeig de Gràcia, en silencio, pienso en que la vida (eso que llaman realidad)  y la literatura no se parecen en nada;

por suerte para ambas, me digo.

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