Escritor en Allak – Testimonios

EnTeoría del hueco”,

el relato del escritor madrileño Eloy Tizón, perteneciente a su segundo libro de cuentos Parpadeos, se describe la historia de un tipo que no puede dejar de hacer agujeros porque confiesa que “existe algo más fuerte que uno que se llama vocación. Es lo malo. Tener una vocación es tener un obligación moral” [1].

El tipo, como ya se ha dicho, no cesa de hacer agujeros, su vida toda se resume en la preparación y acometida del próximo agujero, y así, acaba convirtiéndose él mismo en un agujero.

La historia es la de cómo uno se convierte en “aquello que adoras” y cómo “las diferencias [entre tu deseo y tú] se borran” [2].

Algo así podría aplicársele a la narradora (innombrada) de la novela publicada el mismo año que el libro de Tizón (2006),  La persona que fuimos, de Lolita Bosch, y que da cuenta del recuerdo de una relación fracasada entre esta y su misterioso novio G., relación que abarca el periodo de tiempo entre 1995 y 2005, y que está escrita en su momento final, ya finiquitada la relación amorosa.

Se trata de lo que podríamos llamar una relación bisagra: cinco años de encuentros y desencuentros en los que hay -al menos- “aquellos primeros diez meses extraordinarios” [3], pero que después se convierte en torpeza, cuando la narradora nos confiesa que “entonces recordé un episodio violento sucedido quince años atrás y G. y yo comenzamos a alejarnos” [4].

Tras esto, alguna parcial victoria del amor “volví y volvimos y vivimos juntos dos años más” [5], y cinco años más de puro silencio y naderías (el hálito del recuerdo siempre presente).

Porque la novela, como por todo argumento, sólo tiene el recuerdo y, por tanto, la deriva: sueños, deseos, fotos, cartas, llamadas de teléfono, mails sin respuesta.

El libro es la forma en que la narradora tiene para sí misma de demostrarse que “[G.] se quedó casi para siempre. Pero cada vez más lejos” [6] y su corolario, descubrir en el tránsito de esta demostración empírica que “sólo somos lo que queda”, [7], y que eso no es más que “la cálida despedida de la persona que fuimos” [8], convertida ya en dos seres autónomos “despeinados, pero hermosos” [9].

Esa persona de dos que es una pareja se trata de ejemplificar en el libro de Lolita Bosch con una estructura caleidoscopia, poemática si se quiere (algún cursi les dirá rizomática, pero no es el caso); la narración se construye a jirones, a tijeretazo limpio. Porque ha de decirse que el texto tiende más a la confesión que a la fábula o la clásica peripecia.

De ahí su necesaria brevedad (apenas 107 páginas).

Así, el trazado verbal suena un pelín artificioso, quizá por su punto de partida, que es el fracaso: “tengo miedo que la persona que fuimos haya desaparecido para siempre sin que se haya ido” [10].

Ellos se conocen cuando la narradora tiene veinticuatro años y G. veintiuno y los trazados del amor que la autora nos va contando pronto se nos van antojando lugares comunes, poco interesantes.

A mi entender, contra esta carencia, lo que sostiene el libro es su intento de no hacer concesiones. Al negarse a desvelar lo que de escondido hay en él, se nos hace inquietante.Y esto es lo que mantiene nuestra atención.

Porque sabemos que hay algo terrible, algo que no sólo funciona como elipsis, sino como catalizador de los acontecimientos.

La verdadera tragedia es lo que se nos escamotea (la infancia). De ahí la falsedad a la que me refería anteriormente: sólo se nos cuenta la superficie, lo banal, algo así como “la inasible muerte de las ideas abstractas” [11].

La solución que halla Lolita Bosch para procurar que el libro, “El registro escrito y cronológico de una vida nos  [sirva] de contraste y de lección” [12] es la de enfrentar la historia personal de los personajes con la tradición cultural del lugar en el que dicha historia se inscribe, o sucede.

México, fundamentalmente, en este caso.

Lolita Bosch enfrenta al personaje innombrable (o lo acaba de construir) con versos, muchos versos, de poetas mejicanos (Villaurruita, Girondo, López Velarde, Francisco Hernández, Maples Arce), filomejicanos (Kipling), algún español (Lorca, Sor Juana Inés de la Cruz) y, por supuesto, la prosa rítmica y concisa del Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que funciona como talismán, acicate y salvación.

Y esto porque cuando cumplió 16 años, el padre le regala a la narradora una edición anotada de Pedro Páramo, un padre que quería ser escritor, pero que nunca escribió nada; un padre que soñaba con ganar el Premio de Literatura Experimental Ómnium Cultural y que su hija, Lolita Bosch (en el tramo final del libro ya identificada sin lugar a dudas con la protagonista), acaba finalmente ganando.

La persona que fuimos es una emotiva historia de amor, justamente porque no lo pretende, porque se convierte en testimonio de la “espantosa, terminal tristeza, que [produce] ver fracasar a quien se ama” [13].

Y ello, aun a pesar de que a veces roce la cursileria gracias al abuso de un solipsismo abotargado y sentimental (por fortuna, esto sucede apenas al comienzo).

Lo explica de otro modo Manuel Alberca, cuando dice respecto al diario íntimo que : “Pocas compañías hay más seguras y amistosas, ni nada más apropiado para sobrellevar el peso de la soledad, por banal que pueda parecer después su contenido” [14].

Así, La persona que fuimos sería una suerte de diario de la soledad, necesariamente trivial en algunos pasajes, y más sugerente por lo que esconde que por lo que revela.

Quien no esconde nada

es Joe Brainard, en su libro Me acuerdo (Sexto Piso, 2009).

El libro, escrito en 1975, cuando el autor tenía 33 años, da cuenta en especial de la década de los cincuenta y los sesenta. Nos habla de marcas comerciales, revistas, shows de televisión, etc (por supuesto, norteamericanos y que, en ocasiones, desconocemos).

De todos modos, en su mayoría, las anotaciones de Brainard están referidas a miedos, suposiciones, paranoias, fantasías e ilusiones de la infancia y la adolescencia, sobre todo de la infancia.

Así, el libro es una suerte de Cartografía sentimental, al modo de las que hacemos aquí en La Soledad del deseo, pero aderezadas con el componente personal que las matiza o contextualiza, singularizándolas: dándoles entidad propia.

El libro tiene 146 páginas pero, en realidad,  podría tener un número infinito de páginas y anotaciones; comienza con un hecho puntual (la recepción de una carta) y termina con el recuento de un sueño. Sin regirse por ningún orden en particular.

Las anotaciones no suelen superar las dos o tres líneas, y siempre comienzan de la misma manera metódica: “Me acuerdo…”.

La ventaja de este libro sobre la réplica que hizo Perec en Je me souviens (Berenice, 2006) es que aquí Brainard (además de ser el primero en haber escrito el libro) nos habla de recuerdos personales y sentimentales, pero precisos y, hasta cierto punto, confidenciales.

El mismo nos dice que “soy muy malo memorizando datos” [15].

Perec, por contra, abusa del festín cultural, de los datos genéricos y sin la mayor incidencia personal; por ello -y contra lo que sucede con Brainard-, resulta bastante aburrido, por su previsibilidad en el formato del contenido.

El libro de Brainard, además (y esto es otra gran ventaja), debido a su cualidad de run-rún en el recuento constante del recuerdo, propicia que uno se vaya desentendiendo progresivamente de lo que lee y comience a (re)pensar en sus propios recuerdos de infancia.

Es así un libro/caja de música.

Por ello, se convierte la lectura en un ejercicio de melancolía, una sordina para entonar en la noche, y de la que uno se despierta sólo en momentos puntuales, como cuando el autor impreca directamente al lector, llama su atención, y le dice: “esto va a ser una auténtica decepción para vosotros” [16], y da cuenta de un nuevo recuerdo.

En un determinado momento el libro entra en un bucle:

“Me acuerdo de verme en situaciones en las que de repente siento (me acuerdo) que ya he estado allí antes: una instantánea de vida repetida” [17].

Y esto se puede justificar si tomamos en cuenta su génesis y la voluntad de su estructura.

Veamos, el libro tiene su origen en la secuencia de poemas The Sonnets (1964)  de Ted Berrigan (a la sazón, amigo de Brainard), y cuyas secuencias funcionan no de manera ordenada y, por lo tanto jerárquica, es decir: serial, sino simultánea.

Brainard (al igual que Berrigan en sus versos) consigue este efecto gracias a la repetición y el reordenamiento del discurso, cuando una anotación recoge la anterior, la discute, la contradice, o la amplia. Así, el pasado es siempre presente.

Todo ocurre pues, en un solo instante.

Y, a la vez, todos los instantes ocurren simultáneamente.

Una tercera y última ventaja del libro de Brainard en contra de la narrativa testimonial al uso es que, como sugiere Felipe Alfau:

“el lector puede tomar el libro y empezarlo por el final y acabarlo por el principio, o puede empezarlo y terminarlo por la mitad, de acuerdo con su humor” [18].

Como curiosidad, referir una coincidencia llamativa (o no tanto), y es que el libro de Lolita Bosch La persona que fuimos, se abre con una cita de Joyce Carol Oates que dice:

“Cuando una persona dice “ah, sí, ya recuerdo”, puedes dar por sentado que ya está inventando”.

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[1] & [2] Eloy Tizón. “Teoría del hueco”, de Parpadeos. Ed. Anagrama. Barcelona. 2006. [págs 70 & 72]

[3][11] & [13] Lolita Bosch. La persona que fuimos. Ed. Mondadori. Barcelona. 2006. [pág 56, 49, 53, 50, 93, 99, 93, 31, 99, 93]

[12] Justo Serna. Yo escribo: los géneros autobiográficos. Revista El Mercurio. nº 122. Junio de 2010.

[14] Manuel Alberca. El diario o el momento de la verdad. Revista El Mercurio. nº 122. Junio de 2010.

[15][17] Joe Brainard. Me acuerdo. Ed. Sexto Piso. Madrid. 2009. [págs 76, 105 & 123]

[18] Felipe AlfauLocos: Una comedia de gestos. Traducción de Javier Fernández de Castro. Ed Backlist (Planeta). Barcelona. Noviembre de 2008. [sacado del prólogo, escrito por el autor en 1928]

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—————->Bonus track:


Joe Brainard escribió tres años antes de morir de sida en 1994 una especie de secuela a Me acuerdo llamada Ten Imaginary Still Lifes (1991), que se compone de una secuencia de 10 imágenes al estilo de las naturalezas muertas, recordadas o imaginadas, y que comienzan de la misma forma, así:

“I close my eyes…”.

Pueden leer el libro íntegramente aquí.

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