Qué es eso de la Postautonomía del arte

Leo

algunos textos del filósofo argentino Nestor García Canclini,

que en unas semanas publicará en Katz editores La sociedad sin relato (Antropología y Estética de la inminencia),

y trato de entender su concepto de la postautonomía.

Me lo imagino, más bien.

Y es que a mí me da que trata de formular algo en la línea de José Luís Molinuevo, al decir que la imagen se ha de recuperar, no en su sentido temporal sino en su funcionalidad espacial.

Pero no sé exactamente qué.

Ambos hablan del melancólico desencanto actual, eso sí.

Pero yo no acabo de descubrir cuál es el hilo minúsculo que une las proposiciones de ambos teóricos contemporáneos.

Sé que hay una línea que yo ya imaginé meses atrás, tratando de escribir un texto que no sé si escribiré, y que lleva (¿Llevará?) por título Por una literatura seria.

Me agota demasiado escribir textos especulativos; ensayística seria, vaya.

Sólo lo hago cuando me es indispensable.

El texto La (súbita) irrupción del objeto que publicó SalonKritik hace unos meses (aquí) me llevó meses y meses de trabajo.

Y eso que no son más que seis páginas.

Creo que fue en el 2006, no sé. Recuerdo, lo único, que quedó terminado un mes de junio.

Había escrito un libro de relatos, eso seguro, escrito de manera intuitiva, La tristeza de los cedros, y necesitaba explicarme mi propia estética.

O mejor, quizá necesitaba encontrar una razón para poder seguir escribiendo narrativa. Una razón exógena a mí, quiero decir, aparte del ímpetu mismo de la escritura.

Una justificación racional; saber que no surge la narrativa del propio capricho de la mano de uno sino que participa del proyecto de avanzar una estética válida para el mundo contemporáneo.

Una estética útil, quiero decir. No funcional, sino útil.

Por eso lo escribí.

Supongo que reflexiono sobre esto ahora por hallarme en una situación parecida.

Y es que me encuentro clavado justo en el punto medio y clave de una nueva novela, y no me produce dificultad avanzar con esa novela. Ya he avanzado, y mucho, de hecho. Pero lo he borrado todo.

Todo lo sobrante, quiero decir.

Así me da miedo andarme en un atolladero parecido.

Debe ser eso, me digo, ahora, que son casi las dos de la madrugada y estoy aquí, escribiendo esto para tratar de reflexionar en alto.

Ahora, que me ufano en desbrozar los caminos de la noche.

Quizá por eso esté pensando ahora, justo ahora, en la postautonomía y, por contra, no estoy en la cama, durmiendo.

No sé, escribo, tal vez por querer seguir pensando en alto.
En fin, escribo y pienso en un libro que leo estos últimos días.

Es de Jordi Gracia, se llama A la intemperie (Exilio y cultura en España). Lo publicó en Enero la editorial Anagrama.

Vaya por delante que el tema no me interesa especialmente.

En cuestiones política, he de decir, que no es que no me persigne, es que sencillamente no es mi tema, no es que tampoco no me interese, es que… seré totalmente sincero: no me entero.

No acabo de entender bien las cosas. Estoy incapacitado, pues, para entender estas dicotomías que todo el mundo parece llevar por la mano.

Yo soy de la única política que me vale: la literatura.

Lo demás, es terreno para mí baldío.

Sólo lo que colisione con esa política que es la literatura, su estética, pues, es lo que me interesa.

Así, dicho con Rancière, que la política es “la actividad que reconfigura los cuadros sensibles en el seno de los cuales se definen los objetos comunes”.

Pues esa es mi única política.

Pero volvamos al libro. Al principio del libro (en el mismo prólogo) dice Jordi Gracia que “vejatoria es toda respuesta emocional” [1].

Me llamó mucho la atención esa frase.

Por eso, de hecho, me estoy leyendo entero el libro: por tratar de no permitir el drama público de mis emociones (de mi encono, de mi desagrado por el estado de cosas en el mundo de la literatura).

Ya voy por el tercer capítulo (de cuatro) del libro de Jordi Gracia, y la verdad que muchas cosas se me pasan por alto.

Otra cosa que me llamó mucho la atención (y que me impulsó a su lectura) es que el prólogo lleva por nombre Prólogo para una insatisfacción.

Yo me siento insatisfecho, ahora, sí.

De una parte, porque detecto desde hace tiempo el problema de la creación literaria contemporánea y, de otro, porque no se me acaba de revelar la solución para ese mismo problema, aquello de lo que hablaba Borges, en cuanto a la inminencia, pues que la estética es la inminencia de una revelación que no se produce.

Hay un punto de conexión entre los tres vértices señalados arriba, entre García Canclini, Molinuevo y Jordi Gracia.

Sí.

Pero no la adivino.

Sólo puedo adivinar que tengo una sospecha, y que se enunciaría así:

“el crecimiento no es una entidad exógena que suceda por innovaciones que ocurren “fuera” del sistema sino que [..] se crea cuando, a partir de los recursos existentes, se hacen nuevos descubrimientos” [2].

Y esto estará necesariamente relacionado con la fuerza de la concentración.

Eso es lo que barrunto, por el momento.

Y, para terminar (por hoy), escuchemos a García Canclini cuando dice que el arte:

“quizá pueda contagiarnos su crítica, no sólo su indignación, si él mismo se desprende de los lenguajes cómplices del orden social” [3].

Por ahí van los tiros de la postautonomía del arte,

creo,

lo que también adivina Jordi Gracia,

que a la literatura solamente le queda el camino de la disensión, esta que se emancipa de la hipocresía, la connivencia y el acomodo (el orden social).

Quizá sólo nos quede, creo, pues, ser fundamentalmente serios.

De una maldita vez.

– – – – – –

[1] Jordi Gracia. A la intemperie (Exilio y cultura en España). Ed. Anagrama. Barcelona. Enero de 2010. [pág 11]

[2] Richard Florida. Las ciudades creativas. Traducción de Montserrat Asensio. Ed. Paidós. Barcelona. 2009. [pág 72].

[3] Néstor García Canclini. De qué hablamos cuando hablamos de resistencia. Revista de Estudios Visuales. Número 7. [pág 29]


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