Mi vida 2.0

1.

Era calvo, el tipo que se me acercó.

Y estaba muy nervioso.

Esto fue hace dos o tres semanas, en el Lletraferit.

El tipo, con una convicción casi truculenta, vino directo a mí. Y eso que el bar estaba lleno de gente. Serían las ocho de la tarde.

Ángela y yo estábamos tomando una cerveza aprovechando la caída del sol.

Así, el tipo, justo a mi lado, él de pie y yo sentado, entre la cautela y el desvergonzado atrevimiento, con nerviosismo y más urgencia, comienza:

-Te va a parecer raro lo que te voy a pedir, pero…

Entonces ya me queda claro que, si de entre todos los clientes del bar, me ha elegido a mí, debe ser por algún motivo particular.

Me conocerá de algo, pensé, o peor, querrá conocerme.

Y él seguía en pie, mientras yo le miraba atónito. En ningún momento se giró a mirar a Ángela o ninguna otra persona del bar mientras profería su ruego, lo cual fue mucho más preocupante, porque –en mi opinión- sólo cabía una opción.

Y es que cuando una persona (un hombre) se dirige a ti, sin tener en cuenta a quien te acompaña (y más si es una mujer, tu novia), y se pone rojo, y es calvo, en sus treinta y largos,  y tiene un conato de barbita y habla con un tono de voz trémulo… las opciones que quedan son muy reducidas.

Entonces lo suelta:

-Te pagaré…

Yo niego, más con perplejidad que con encono. Y me lo quedo mirando, disculpándome, todavía en mi incredulidad, casi sonriendo.

El tipo, que ahora queda a mis espaldas, todavía agitado, me cuenta Ángela que sale a la calle, se vuelve desde la calle, me mira de nuevo, sigue con su rostro pétreo y bermejo, me dice Ángela, y vuelve a pasar a nuestro lado, esta vez sin decir nada, esta vez cabizbajo, y se mete al final del bar, en la oscuridad de los sofás últimos, que quedan fuera de nuestro ángulo visual.

Algo mal debe ir (o bien, según se mire) en este mundo si cuando de todas las personas que hay no sólo en este mundo sino particularmente en el bar LLetraferit, que podríamos decir serían unas cincuenta, aquel tipo calvo se dirige a mí, el único que no tiene teléfono móvil. Porque, al final, lo que quería de mí era que le prestase mi teléfono móvil para hacer una llamada porque, dijo “me he quedado sin saldo en la tarjeta de mi teléfono”.

2.

Los hay de todos los colores y precios, pero en general tienden a la sobriedad y al color negro. Estamos en el PcCity, tratando de elegir un nuevo teléfono inalámbrico. A mí se me hace difícil escoger uno, porque, en general, si no me decido a la primera, de una vez (y ya no cambio de opinión) me cuesta bastante decidirme, porque tengo que ir sopesando con una urgencia extrema todas y cada una de las ventajas que ofrece cada modelo, no sólo respecto a otro de mi preferencia, sino en relación a todos los demás, preferidos o no.

Además, de otro lado, están las opiniones y preferencias de Ángela, con lo que las valoraciones se hacen interminables.

Nos decidimos, al final, por un Panasonic de color rojo.

Al llegar a casa y abrirlo para instalarlo y tirar el viejo, me doy cuenta de que el aparato funciona con pilas recargables. Yo, que recuerdo, que los teléfonos inalámbricos solían funcionar con baterías, me parece de lo más analógico este remedo y así nos volvemos al PcCity, indignados, a devolverlo.

Un imberbe algo pachón, pero quizá el más simpático de toda la tienda (hasta cinco dependientes han despachado nuestras preguntas con un “no sé, pregunta aquí o allí, arriba o abajo, etc”),  bien, pues aquí el chico, cuando le espetamos nuestra indignación frente a lo que nos parece un atraso tecnológico de dimensiones descomunales, nos dice (con un conato de risa) que no, que ahora todos los teléfonos inalámbricos funcionan con pilas alcalinas porque justamente el sistema anterior de baterías, tenía el inconveniente de que éstas se estropeaban y eran imposibles de sustituir (justamente lo que le sucede a nuestro viejo teléfono inalámbrico y la razón por la que lo hemos querido cambiar).

Ángela y yo nos quedamos mirándonos, pensando, “bueno ¿y qué coño hacemos entonces con este teléfono anacrónico?”.

Al final nos quedamos el teléfono inalámbrico Panasonic de color rojo y que funciona con unas pilas alcalinas de puro analógicas.

3.

Cuando solamente en España tenían teléfono móvil los camellos y los yuppies, yo ya tenía uno. Las tarifas eran carísimas, los aparatos eran enormes.

Sería a finales de los noventa.

Por aquel entonces vivía a salto de mata, hoy aquí, mañana allí, así que (pensaba yo) necesitaba una forma de contacto.

Y el móvil me era indispensable (pensaba yo). Antes.

El último teléfono móvil que tuve fue una Blackberry, que duró hasta varios meses atrás, hasta una noche  en la que me harté de estar accesible a todas horas y lo lancé contra una pared.

Estaba tan embelesado con la (falsa) necesidad de estar conectado que, esa noche que refiero, al darme cuenta de esto, lancé el teléfono con todas mis fuerzas, gritando “a la mierda con todos”.

Desde entonces, no he tenido ningún problema para estar comunicado, contesto a diario los mails y recibo llamadas en el teléfono fijo (ahora Panasonic de color rojo) para las cosas que importan. Desde entonces, y contra mi creencia, nada, y digo nada, absolutamente, ha sido tan importante, urgente y determinante, como para no poder haber sido tramitado y solucionado por estos mismos canales que existían antes del agobio del teléfono móvil (el teléfono fijo, la carta –ahora electrónica-).

Huelga decir que, desde el momento en el que lancé la Blackberry contra la pared, vivo mucho más feliz.

4.

Me uní a Facebook en Julio de 2007.

En aquel momento formaba parte del consejo editorial de la revista de literatura latinoamericana Hermano Cerdo; así, a instancias de Mauricio Salvador, su director, todos los integrantes del consejo nos unimos a Facebook en la creencia de que sería más productivo a la hora de agilizar nuestras comunicaciones.
Los mensajes en el foro de nuestro grupo en más de dos años nos superaron la decena.

En 2009 se produjo un crecimiento alarmante en mi agenda de amigos, amigos que hasta segundos antes no es que no lo fueran sino que no existían en la vida real.

No obtuve de Facebook nada que no pudiese haber advertido o encontrado por otros cauces. Harto del bombardeo propagandístico de las acciones más insulsas, boté mi cuenta de Facebook el 08 de Marzo de 2010.

Me uní a Twitter también en Julio de 2007.

No lo utilicé demasiado hasta el 2009, cuando harto de la masificación de Facebook, decidí mudarme a este canal. Comprobé alarmado que Twitter estaba lleno de personas así llamadas (por ellos mismos) “emprendededores”, SEOS, y Community managers.

Hasta el 2008 tales profesiones no parecían existir en España, así que me decidí a indagar en el tema.

Me tragué decenas, cientos de conferencias, seminarios y charlas via streaming y que, al tiempo, se iban radiando (a tiempo real) por Twitter. Escuché a decenas de supuestos expertos hablar de Internet, de blogs, de ebooks, de redes sociales, de la industria del libro, de promoción editorial, marketing, crowd sourcing, flashmobs, etc etc etc

O bien yo no supe desentrañar los mensajes cifrados de todas esta marabunta de individuos (supuestamente expertos), o bien se trataba de  personas en paro que se dedicaban a largar y largar intentando siempre regular su lenguaje con el método de la jerga incomprensible (y, sospecho, hueca).

Harto de que un mismo enlace (procedente en el 90% de los casos de un medio generalista) fuese retwitteado por decenas de personas en un mismo día, decidí que me era más fructífero (y rápido) acudir yo solito a esos mismos medios generalistas.

Mi conclusión es que la gran perversidad de las redes sociales es que han permutado la dicotomía clásica del yo/el otro hacia la versión terrible del nosotros/la nada.

Así, las redes sociales no son territorio para la individualidad sino para el grupo. Y el grupo es lo que es; quiero decir, que fuera del grupo no hay nada. Entonces, cuando un grupo impone unas leyes (y estas, no se equivoquen, son las leyes del marketing que dictan las agendas de las empresas que se hacen pasar por amigos del grupo cuando son simplemente eso: empresas) no queda más que acatarlas.

Se pueden argüir casos de consumidores en guerra de campaña contra determinadas empresas. Sí, cierto, pero es un hecho puntual, anecdótico y risible.

Si se piensa con detenimiento, se da cuenta uno de que las redes sociales en su sutil perversión, se comportan de igual modo que una institución medievalista.

Las redes sociales son, pues, un bullicioso mercado de productos baratos.

Su intención es que tanto nos dé una cosa como la otra, con el objetivo final de desposeernos de la capacidad de juicio crítico para que así, lo adquiramos todo, sin distinción.

La dinamitación de la jerarquía aquí contribuye, de nuevo, a la pérdida del valor de las cosas.  La vuelta, fíjense, a un estado social en el que el terror lo imponen las marcas.

Y es que quien no esté de acuerdo con ellas, con su maquinación furibunda, es aniquilado públicamente, del mismo modo que operaban las monarquías centralistas en el medioevo.

5.

Tengo un blog. Desde Julio de 2008. Se llama La Soledad del Deseo.

Antes tuve otro (Virtudes Decadentes), desde 2007 o así. Pero lo borré de la web. Fue mi primera tentativa.

Tengo además varios tumblrs de proyectos artísticos diversos, así como otro blog donde colgamos la información referida al colectivo Harold & Blúm, del cual formo parte. Además tengo una página web con dominio propio, cuenta en YouTube y en Vimeo.

Al principio (La soledad del deseo) se trataba de un dietario personal, más bien exhibicionista y digamos que tendente a cierta impudicia.

Nunca me serví de él para más efecto que el de la práctica literaria. Mi presupuesto era que todo podía ser literaturizable, y así la vida cotidiana. Un diario, pero manejado con las herramientas de la ficción y con un trato forzosamente estilístico. Con una fuerte edición y un criterio de relevancia.

En el blog nunca publiqué todo lo que escribí. Sólo publiqué lo que pensaba que aportaba algo. Y esto mucho después de haberlo trabajado y (re)editado. No eran, pues, pensamientos al vuelo, a pesar de que tuviesen la forma de pensamientos al vuelo. Era una estrategia, una estrategia literaria, y personal.

Esto coincidió con una época de deriva biográfica y de sequía novelística, aunque no relatista. Tenía una novela comenzada desde el 2006 y era incapaz de continuarla o darle algún sentido.

Finalmente, en 2009, tras muchos esfuerzos, tanto literarios como de ordenación de mi vida personal, conseguí terminar esa novela. Se llama “Los amores de Anna”.

Pensaba que gracias a los blogs conseguiríamos ensayar un nuevo modo para la literatura. Me equivoqué.

Me di cuenta entonces de que las anotaciones con intención literaria basadas en el devenir cotidiano no eran propiamente literatura, sino más bien apuntes “al natural” y mudé mi blog al formato de columna semanal sobre libros.

Lo llamé “Escritor en Allak”.

Contra la errancia, dispersión y volatilidad de los blogs yo aplico la sistematicidad: Escritor en Allak sale todos los viernes, poco después de la medianoche del jueves.

Trato de ser serio, riguroso y no me dejo influenciar porque determinados libros me hayan llegado directamente de las manos de las editoriales que los publican.

Y lo que a mí me parece más importante: hablo de libros, pero desde la perspectiva de un escritor, no la de un crítico o la de un reseñista.

Primero las columnas eran más académicas, pero pronto se volvieron más chispeantes, quizá más emocionales. Mi punto de vista es: qué es lo que saca un escritor cuando lee los libros de los otros.

Me aburren las reseñas que cuentan el argumento y realizan una penosa valoración que tratan de justificar como “objetiva”. No existe eso, y no puede existir. Y no debe existir.

No en la web 2.0.

Para eso ya tenemos los medios generalistas.

6.

No se trata de argumentar como Prince que la “Internet está muerta”.

Pero sí lo están nuestras esperanzas.

Al menos las mías.

Un ejemplo: mis columnas de “Escritor en Allak” podrían salir perfectamente en cualquier medio generalista.

Porque la Internet contra haberse convertido en un medio, no es más que un tránsito.

Una carretera que, de nuevo, nos lleva a los medios generalistas, o los autores mayores y de calidad que ya publican, están en proceso de hacerlo o publicarán al margen de la Internet. Y así con críticos, pintores, videoartistas, músicos, etc

Lo que quiero decir es que la promesa de Internet se ha revelado como una farsa.

Nos da acceso a ciertos productos a los que antes no conseguíamos llegar. Cómo negar esto. Sería de idiotas. Pero no produce esos productos, esos productos vienen de afuera, son extraños a la internet. Internet es solamente su escaparate.

Es decir, Internet, como medio, no ha conseguido elaborar un nuevo discurso. Ni los blogs, ni tumblr, ni las redes sociales, ni Youtube, ni Vimeo, ni nada.

Lo único que sale de Internet, y eso todo el mundo lo sabe, el producto netamente de la web es la basura, el ruido, la polémica y la bronca.

Ese es el verdadero legado de la vida 2.0.

Deberíamos reflexionar seriamente sobre ello.

Pero deberíamos de hacerlo individualmente, desde afuera, porque si Internet no deja de ser un nosotros contra la nada, al final, si uno quiere seguir manteniendo su individualidad y su independencia, en suma, su juicio crítico, no le quedará más remedio que abandonar los medios propios (y gratuitos) de la Internet.

E irse sin remedio a los medios generalistas, donde al menos, el valor tiene un coste.

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