Escritor en Allak – Los sueños son (casi) siempre la verdad

Que los libros

nos buscan es una evidencia que no necesita más constatación que la mera propensión innata que todos tenemos a identificar sabiamente nuestras intuiciones, pero por si hiciese falta un cotejo reciente con la realidad,

(la mía)

he aquí algo que me ha sucedido esta misma semana: el lunes por la noche tuve un sueño, y fue mi plácido retiro el de esas horas nocturnas un soñar sencillo, relajado, pero de pura repetición (sencilla, eso sí).

Un único propósito en todo el sueño: la obligación de memorizar dos palabras.

Dos únicas palabras.

A lo que se ve, un sueño fácil. Sí. Nada complejo, por supuesto. Un sueño dijérase que “para principiantes”.

Pero lo atroz es que tan pronto los párpados se abrieron con el propósito de finiquitar el teatro de mi sueño (repetitivo)  y sabiendo yo -sin la menor duda- la pureza de mi sueño (dos solas palabras, esenciales: mágicas), pues no conseguía recordar esas dos palabras.

Al despertarme le conté mi sueño a Ángela, quien, impaciente, no cesaba de darme pistas para tratar de que recordase esas dos palabras que se me habían borrado del recuerdo (después de haberme hallado durante más de ocho incesantes horas  repitiéndolas en mi sueño

una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez).

Pero nada.

Me tomé un café con leche. Me fumé un cigarro. Puse sobre mi mano un bolígrafo azul, listo para anotarlas.

Frente a mí, la abierta, virginal página nueva de mi moleskine.

Pero nada.

Desistí.

Me metí en la ducha (sin la moleskine, sin el bolígrafo azul). Me duché. Me enjaboné de nuevo después de haberme ya duchado (se me suelen ocurrir buenas ideas en la ducha). Nada. Pero nada de nada.

Lo único el espontáneo, plácido y ligero oleaje marino sobre el cuerpo.

Todavía mojado, viendo sobre el toallero, sobre el water, sobre el mismo suelo, sobre el lavamanos, sobre la nueva pareja de bambúes que compramos el otro día, un desorden terrible: la ropa sucia mezclada con alguna toalla caída (y mojada o seca o sucia, o ninguna de las tres cosas), mezclada con la ropa nueva, y tras haberme dado un tropezón contra el cogote con la poyata de las colonias, y la crema de afeitar y las cuchillas y un desodorante de Adolfo Domínguez que últimamente me resulta de lo más coqueto (y que estaba tratando de ponerme en las axilas), me dije: ajá, sí, eso es.

Y grité. Grité. Aúuuuuu…!!!

Ángela, alarmada, se presentó en el cuarto de baño.

-Claridad expositiva -le dije, todavía sosteniendo el desodorante en la mano.

-¿Claridad expositiva? -me cuestionó ella (con la gentileza de no señalar con su mirada el desodorante ni mis axilas).

-Sí, claridad expositiva, eso es, de eso iba mi sueño -dije con la mayor sonrisa.

Ángela, mirando eso sí el toallero, el suelo, el lavamanos y los bambúes recién comprados, todo ello instalado en el desorden de ropa y toallas (sucias y secas y mojadas o casi limpias), además del destrozo de uno de sus botes de colonia en el suelo del cuarto de baño, precisamente la de Agua Fresca de Flores (Flor Blanca; fabricada por un tal Álvarez Gómez, de Madrid),

hizo una mueca,

y se fue -indignada-, no sólo del cuarto de baño, sino de la casa.

Me dijo: “mira, Pepe, voy a dejarte un rato solo”.

Dijo: “mira, Pepe, a ver si adquieres un poco de claridad durante la mañana”.

Y añadió: “y, por favor, pon un poco de orden en ese cuarto de baño”.

Así que, después de haber ordenado todo (bueno, más o menos), escribí unas cuantas veces en la moleskine mi hallazgo nocturno (que ya volvía a recordar perfectamente):

claridad expositiva, claridad expositiva, claridad expositiva.

Y me prometí que jamás me olvidaría de ello.

Claridad expositiva, claridad expositiva, claridad expositiva.

Para este propósito, además, lo incluí en mi serie Cómo se escribe una novela (aquí toda la serie); y es que sucede que, en la actualidad, estoy escribiendo una novela, y esta secuencia me ayuda mucho, muchísimo (y espero que a alguien más también).

En fin, mi sorpresa fue mayúscula y sucedió cuando, tras haberme hartado de haber escrito la frase

(claridad expositiva, claridad expositiva, claridad expositiva),

y ello porque, sentado frente al mac (Ángela ya se había marchado), no se me ocurrían mayores ideas para continuar con mi novela.

Así que me puse a leer uno de entre tantos libros del montón de libros que tengo sobre el escritorio, uno que había seleccionado por pura intuición (y aquí verán ya como es que los libros nos buscan), puesto que no conocía al personaje.

Bien, el libro es del poeta catalán Junoy, su Obra poética, en realidad (editado por El Acantilado).

Voy descubriendo, poco a poco, que es la reedición del “núcleo duro” de  la tesis de doctorado del mismo editor de Acantilado, Jaume Vallcorba, tesis de 1983 (publicada en catalán en dos partes, en 1984 y 1986), sobre el crítico artístico, poeta y agitador cultural, puente barcelonés con París en tiempos de las vanguardias, y gran valedor del cubismo (en sus inicios), Josep María Junoy.

Además trae una selección de sus poemas (de los de Junoy; preciosos caligramas, por sobre todo -Vallcorba no escribe poesía, que yo sepa), e incluye el volumen, además, un opúsculo final sobre el Noucentisme.

Pues bien, la cosa es que nos cuenta Vallcorba que Junoy propugna el mediterranismo, un intento por un nuevo Renacimiento (desde los países mediterráneos, especialmente desde Catalunya, pero con la mirada bien fija en Francia), una corriente que recupere “la proyección del sentimiento sobre la inteligencia” [1], que busque una belleza que no esté previamente fabricada, sino que sea “hija de una continua evolución” [2].

Y es que, para él (¡igual que para mí!), la cultura es “entusiasmo […] elegancia y distinción” [3], e igual que Eugeni d´Ors, piensa (pensamos ahora ya los tres al unísono) que “la preocupación del verdadero artista consiste en lograr la esencialidad y no el detallismo anecdótico” [4].

Porque -¡ah!- (y es que ya leyendo esto me entusiasmé sin medida), según Junoy:

“los mediterráneos, somos, según nuestra más pura tradición, idealistas: que no quiere decir negadores, ni despreciadores, del mundo material, pero somos ordenadores, según tipo intelectual y medida” [5]

Claro, no pude no seguir leyendo…

y leyendo,

leyendo (en éxtasis), leyendo… así iba yo, echando las horas frugales de la mañana de julio (y es que, ciertamente, tampoco se me ocurrieron muchas ideas para mi novela en esas horas),

pues, bien, que acabé llegando casi al final del libro.

Y entonces ya, la puntilla final (la verdadera clave para mi sueño y lo que de manera definitiva demuestra que los libros nos buscan y no al contrario); vean, aquí viene, se dice que los valores del así llamado mediterranismo son:

“el clasicismo, la claridad y la antioscuridad expositiva[6].

Lancé el libro contra el suelo

(sólo me quedaban 17 páginas por leer, 17 páginas de 486, lo cual, no resulta tan grave, pues).

Me caí yo mismo contra el suelo.

Y entonces, frente a mis ojos, con el desorden de los cristales repartidos por el suelo que no había quitado todavía -lo siento, les mentí-

(Agua Fresca de Flores, Flor Blanca; fabricada por Álvarez Gómez), lo entendí todo, todo todo todo:

se trata de un estado de ánimo, ¡eso es!

un clasicismo fluido, ¡pero, claro!

y es que el artista moderno puede ser perfectamente (por propia voluntad, además)  contemporáneo de los antiguos,

y será por esta razón puro y auténtico (así yo).

¡Esa era pues la lección de mi sueño!

(la clave para la verdad),

la prueba irrefutable no sólo de que los libros nos buscan,

sino de que los sueños (casi) siempre dicen la verdad.

*

[1][6] J.M.Junoy. Obra poética. Estudio y edición de Jaume Vallcorba. Traducción de los poemas por Andrés Sánchez Robayna. Ed. El Acantilado. Mayo de 2010. [págs 115, 83, 45, 50, 47 & 469]

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