+ sobre el informe Chirbes

Siguiendo con mi inmersión veraniega en la obra del escritor Rafael Chirbes, me he topado esta semana con Los disparos del cazador, obra de 1994 (cuarta en su producción) y que se podría catalogar de novella, en el sentido anglosajón.

Más que propiamente un alegato que perteneciese al género de literatura social,  trata el libro de la intrahistoria -en el sentido unamuniano– de un viudo adinerado madrileño (aunque nacido en Misent, pueblo inventado por Chirbes y que pertenecería a la costa levantina).

Se trata de una historia intimista, pero que, forzosamente, no puede quedarse afuera del movimiento y los vaivenes de la postguerra española, y es que, como el mismo Chirbes dice “no hay vida fuera del modelo”  [1].

En la novela “el mundo de los hijos sucede y borra al de los padres” [2], y así, el protagonista, en los últimos años de su vida, recluido junto a Ramón, un vigoroso hombre de unos cuarenta años y que le hace de criado para todo, el protagonista, que atesora las credenciales de un carácter voluntarioso y que ahora se ve recluido en la casa que construyó con todo lujo para su familia, desvalido y solo, ya habiendo aceptado su fragilidad, confiesa que ya “lo único que queda es la resignación” [3].

Así, en las largas noches de la vejez, el anciano ve como “vuelve la memoria como  un enemigo al que nunca se derrota” [4].

Y es en esa misma sucesión de fotografías del pasado, “fotografías que guardan, como las presas recién cobradas, un rescoldo de calor” [5], que, cual preludio agónico a la muerte, el protagonista, recibe en sus aposentos “el regreso del tiempo” [6].

Y ello le lleva a escribir unos cuadernos que atestiguan que la vejez “nos educa para convivir con la degradación” [7], unas impresiones que serán necesariamente inútiles, porque “es el rencor el que da origen a estos papeles” [8]

El libro produce cierta deshazón, puesto que, como nota el propio protagonista “la felicidad no se recuerda” [9] y, por lo tanto, no conseguimos gozar de la emoción (así sea estética) del recuerdo.

Entretanto, asistimos al recuento del auge de los negocios primero extraperlistas y pronto inmobiliarios del protagonista, a su trato con diferentes amantes, sus viajes y proyetos, su relación distante pero afectuosa con Eva, su mujer, una mujer elegante y culta, el reproche vital y el consecuente alejamiento de su hijo Manolo y la muerte (no más que entrevista) de su hija Julia, en Marruecos, y, al cabo de los años, la de su mujer, Eva, de cáncer.

El punto de partida, la duda del narrador, es la de que “por qué no puede haber recuerdos sin memoria” [10] y el terror existencial de que “no hay más centro del mundo que uno mismo” [11].

El mayor logro de la novela es la lección vital o, digámoslo así, el boomerang emocional que la secciona y que, con todo, es algo manida: el cazador cazado.

Antes era él, el hombre poderoso y triunfador quien salía de cazay cazaba; ahora, vencido por la soledad, la flaqueza y el desamparo, es él quien recibe los disparos, de inafección, despropósito y duda, que revelan incluso la propia remembranza de su vida, cuya voz frecuenta en estas páginas de Los disparos del cazador y que no cesa de preguntarse “quién es el destinatario de mi esfuerzo” [12], como quien dudase de que la palabra pudiese cumplir algún otro cometido más que el meramente funcional y práctico.

Se trata, pues, Los disparos del cazador, de un relato claramente antiproustiano, más en la línea de una falsa novela de ideas. Un relato más bien frío, algo aséptico y, por sobre todo, moral. Pero moral en el mal sentido de moralista, ilustrador de la vergüenza del oportunista, el casquivano y sus secuaces, esto es, el protagonista mismo de la novella.

Un relato balzaquiano; bueno, galdosiano, más bien, en el sentido de ilustrador de una realidad social, intrahistórica, sí, personal, sí, pero prototípica, predecible y fullera.

La novela, se podría resumir en unas anotaciones que el propio Chirbes realizó (15 años después) en su cuaderno de Julio de 2009, cuando dice que:

“Llenar, utilizando la estilográfica, las páginas de un cuaderno, de noche, tarde, en el silencio de mi casa, habitante exclusivo del mundo, me aporta un tipo de sentimientos de esos que ponemos en el campo semántico de la felicidad, a pesar de que dicha escritura resulte más bien poco provechosa” [13].

El personaje de la novela, pues, como trasunto pretérito del propio autor.

Sería importante destacar que el manuscrito de Los disparos del cazador fue aceptado en su momento entusiastamente por Jorge Herralde, su editor, pero que fue “bloqueado” durante un año por su autor, quien dice que cambio “algunas cosas” [14].

Sería interesante preguntarse sobre qué cosas.

A mi juicio hay algunas fallas que se le olvidó remedar, las reflexiones del protagonista, por ejemplo,respecto al dinero, el poder, la sociabilidad o la familia, muchas veces son tópicos imperdonables (“el dinero hace nacer la admiración, el respeto” [15]).

El recurso de unos folios que supuestamente su hijo Manuel dejó en la casa del protagonista en los días de la muerte de Eva, la madre, y que se utilizan para revisar la relación padre/hijo resultan inverosímiles y fútiles.

Asimismo, la constante invocación poética, como salvadora de la existencia, la creencia del narrador de que “la poesía es necesaria porque te hace vivir por encima, en el espacio puro en que crecen los sueños y las ideas” [16] queda en la novela no como motto (y se adivina que este era el propósito de Chirbes) sino como mera idea que queda de manera testimonial, pero no estética o emotiva, o provechosamente redentora.

Quizá porque el autor lo considere imposible, la realida poética,digo, como instancia emancipadora, quién sabe.

Lo único es que la novela cierra con el personaje aguardando la muerte, en la noche, cuando solamente ve “un cielo opaco, sin estrellas” [17].
En el silencio.

Lo cual, tal vez, sea lo que en el universo chirbeano se considere puramente poético:

el irrenunciable olvido lírico.

Al menos, puedo decir, que el triste protagonista del relato de Chirbes tuvo un oyente no cómplice, pero sí atento, en mí, por una tarde, una larga tarde de julio de 2010 (16 años después de su muerte);

pero, con todo, no consiguió que me emocionara, ni un ápice,

y menos aún que compadeciese sus culpas o acaso celebrase su (discutible) vida exitosa.

[1] Rafael Chirbes en entrevista con Daniel Heredia. Ciclo Presencias Literarias. Kursala. Aulario La Bomba. Universidad de Cádiz. 23-Octubre-2008.

[2] Francisco Díaz de Castro. “Los tiempos oscuros: Esther Tusquets, Manuel Vicent, Félix de Azúa, Rafael Chirbes y Justo Navarro”, en: Francisco Rico (ed.): Historia y crítica de la literatura española 9/1, Los nuevos nombres: 1975-2000. Primer suplemento, al cuidado de Jordi Gracia, Barcelona: Editorial Crítica. 2000. [p, 414]

[3][12] & [15][17 ] Rafael Chirbes. Los disparos del cazador. Ed. Anagrama. Barcelona. 1994. [pág 117, 57, 133, 87, 72, 53, 80, 25, 32, 134, 75, 65& 136]

[13] Rafael Chirbes. Textos ventaneros. Diario (03-14 Julio 2009). Revista Eñe. nº 19. Los músicos escriben. Otoño de 2009.

[14] Rafael Chirbes, en entrevista con Santiago Fernández. “Los libros siempre saben más que su autor“. Revista Babab. nº 11. Enero de 2002.


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