Cómo se escribe una novela (IV): Aprendizaje de lo que es (y lo que no es) una novela

Hace varios años

(tres o cuatro, diría yo)

y coincidiendo con mi llegada a la ciudad de Barcelona, comencé a trabajar denodadamente durante largas noches de largos meses en diferentes historias, relatos cortos y que habrían de conformar una novela que yo llamé  -conspiratoriamente- “Barcelona: Stories“.
Se trataba de una suerte de educación sentimental, en la que jugaba un rol de importancia crucial la ciudad de Barcelona, pues era tanto el hilo conductor como la estrategia argumental de la novela y que funcionaría como un personaje más.

Algunos de esos relatos (extractos) se publicaron en la revista Hermano Cerdo.

Otros quedaron inacabados, insulsos o  en ideas mínimas que nunca vieron el trabajo efectivo de la ordenacion de la historia, la arquitectura de las palabras, el devenir de una trama convincente.

Es decir, el libro nunca tuvo entidad -completa- más que en mi cabeza.

Lo que existe son apuntes, esbozos, meras posibilidades de aquel libro.

Cierto que, de alguna forma, se podría decir que este libro sigue existiendo, en algún limbo del espacio ilusorio de mi mente, pero pensar así sería propio de ingenuos.

Porque se trataba de un libro urgente, o más que urgente, un libro que venía propiciado por el oleaje del sentimiento de un momento muy puntual en mi desarrollo como individuo.

Un momento de descubrimiento, sí, pero también de enajenación, desesperación, y rabia.

Y héte aquí, tal vez, la razón por la que el mencionado proyecto “Barcelona: Stories” nunca debio ser (y así se avino a su propia naturaleza frustrada).

Porque la rabia, siendo salvajismo sentimental, puede ser también suficiencia o simple prueba del desdoro literario.

En otras palabras, que las novelas no son creación voluntariosa de su autor, sino tesoro que el escritor encuentra en su voluntad de escribir.

Así, no se puede programar un libro.

Los libros tienen una existencia aparte de nosotros, ese es su realismo.

El escritor, en su trabajo diario, se inmiscuye en la vida ignorada de las palabras, bucea en la mina secreta de la montaña, cavando con la pala de las teclas del ordenador, fuerte, un día sí, otro también, y al siguiente, y si tiene suerte, encuentra el oro, los diamantes que viene buscando.

Los planos del tesoro, como bien nos ha enseñado la narración cinematográfica del sigo XX, sucede que siempre son falsos.

Porque, de existir, significaría que todo el mundo sería capaz de encontrar ese tesoro, de escribir esa novela magnífica. Y, ello, como demuestra periódicamente la mesa de novedades de las librerías, no sucede así.

Cada escritor tiene su novela o una serie de novelas que le son propias.
En la montaña de la mente donde se ocultan todos nuestros recuerdos, ideas, pasiones y deseos están esas novelas.

No existe la novela programática que responda a una fórmula preestablecida.

La labor del escritor es pues encontrar el punto del mapa donde se halla esa novela todavía secreta y auténticamente suya.

El único modo de encontrarla es ir sacando piedras, picando las paredes, tocando con la mano esas piedras que parecen rocas y ver si no se deshacen en arenilla al contacto de la mano.

Y reconocer, cuando en la mano no se tiene más que una masa informe de arena, que es arena y no roca, romperla con la mano, y seguir buscando.

Aceptar, en suma, el fracaso, aceptar que todo (aunque queramos) no puede ser novela.

Y seguir buscando,

siempre en constante búsqueda, con la pala, con las uñas, pateando las paredes  (sin urgencia, sin rabia, sin desesperación), metódicamente, hasta que en un golpe certero,como se dice comúnmente, toquemos hueso.

Y entonces: saquear sí, todo el calcio nutritivo, con rigor y amenidad.

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