Escritor en Allak – Ironía y Juventud

La juventud es siempre un anhelo,

porque cuando se vive en ella no se la reconoce (y esto gracias al efecto de tratar de borrar sus signos) y cuando se nos pierde, la echamos de menos (y se procede, en consecuencia, con el infructuoso acto de la tétrica  imitación).

Es así, pues, que la juventud, igual que el anhelo, es cosa que nunca existe.

Pero, eso sí, como el amor, y así nos lo dice Claudio Rodríguez en Don de la Ebriedad, produce el efecto de que “nunca ve en las cosas / la triste realidad de su apariencia”.

O dicho de otra forma –también en verso y en la voz de Claudio Rodríguez-: “nada es igual ni se repite”.

Y es que los así llamados jóvenes detestan ser jóvenes y se procuran actitudes maduras (y engañan gracias a este ardid a la juventud);

y los así llamados seres adultos quieren ser jóvenes y se comportan y visten lozanamente, pero lo que habita en ellos, gracias a estos gestos imposibles, es el estado del ridículo.

Y esta es, en fin de cuentas, la razón por la que la juventud sólo admite en nuestro imaginario (colectivo) la revisión irónica.

Por la razón de que se sabe que es algo inapresable y además quizá estúpido. Pues todos los rasgos de inconsciencia, terquedad, estulticia y sinrazón andan asociados a la juventud. Y nadie quiere ser inconsciente, ni terco ni idiota ni un mentecato, estando ya en la edad adulta.

La infancia todavía puede rescatarse ingenuamente, alegando su inocencia y pureza y falta de maldad. Pero con la juventud no se puede hacer eso.

Así, no queda otra que tratar de reírse de los imbéciles que alguna vez fuimos, con el propósito pues, de recordar no tanto a futuros jóvenes como a marchitos adultos que juegan a ser jóvenes, lo incongruente de querer dar valor a algo de valor más bien dudoso.

Félix de Azúa, que ya a finales de los ochenta (cuando escribió el libro que sigue) andaba por la cuarentena, lo vio claro en su Historia de un idiota contada por él mismo (o el contenido de la felicidad).

Vio, pues, que el aprendizaje de la juventud es más bien nulo, porque se obstina en la búsqueda, y la razón sería la contraria: que hay que prestar “atención a lo que se ENCUENTRA, y no a lo que se BUSCA” [1].

Cabría mencionar que, como siempre sucede en la prosa de Azúa (y más todavía en el recorrido de su pensamiento), no es que se salte varios tramos del razonamiento y que ofrezca de manera súbita la conclusión, así a bocajarro, sino que las conclusiones son harto discutibles.

Azúa, un retórico consumado, sabe bien de las trampas dialécticas y así, esconde siempre una parte de la proposición (la que se adivina falsa) para ofrecer solo un posible origen (no necesariamente el verdadero) y un pretendido final del pensamiento. Es ágil y brillante, eso no se le puede discutir, pero tramposo. Y es que baraja los conceptos del mismo modo que un mago lo hace con las cartas.

Y, al final, nos ofrece la que más conviene a su truco.

Ello no es óbice para no disfrutar de la lectura de esta pequeña obrita (lo digo sin demérito, más bien al contrario), una perfecta diatriba fundamentalmente contra las artes de la juventud, que son la ingrávida estulticia y el papanatismo. La conclusión para Azúa es que la juventud no es más que un pertinaz olvido que se recuerda sin saberlo con una sonrisa en el rostro, pero sin saber a ciencia cierta qué es lo que se recuerda.

Así, ya lo dijimos, de nuevo: un anhelo inconcreto.

En Historia de un idiota… encontramos dos pivotes centrales: Diario de un seductor, de Kierkegaard y Amor y pedagogía de Unamuno. A estos dos pilares habría que sumarles la astracanada y la sorna propias del ingenioso Azúa.

La obra goza, y esto a pesar de su intención postmoderna, de la estructura clásica en tres partes que aquí, para añadir disfrute lector, se concretan en: a) crítica a la religión católica, la graciosa sexualidad izquierdosa y los órdenes militares  b) carnavalada à-la-Petronio y c) roman à clef con Carlos Barral como principal diana a la que lanzar los dardos.

En suma, diversión y disparate, una humorada que, con un serio trasfondo filosófico, nos viene a decir que la juventud no sirve para nada.

Una prueba más de que la juventud no es más que un escollo (o un embrollo) es que yo esta obra ya la había leído ocho años atrás, y no me había enterado de nada.

Para continuar mi investigación sobre la juventud y la ironía me he andado con otra novela que ya había leído anteriormente: la revisión paródica que Enrique Vila-Matas hace de sus años de aprendizaje en París no se acaba nunca, título que procede de otra obra de Hemingway, escrita al final de su vida, también sobre sus primeros años en París y que se llama Moveable Feast (traducida en español como París era una fiesta).

Aquí el proceder del narrador es diferente, porque don Enrique mezcla situaciones que podemos suponer verídicas con muchas otras que son claramente una invención.

La obra, que en esta segunda lectura me ha recordado -vagamente, eso sí- a  Una dulce destrucción, de Hugo Claus está estructurada como pequeños fragmentos independientes (y de hecho algunos de ellos se han reutilizado para otros libros), al modo de sketches cuya unión podría venir dada por una cuartilla que –supuestamente- Marguerite Duras le entregó al joven Vila-Matas y donde se le expresan 7 puntos sobre los que debería versar la escritura de una novela, en esta caso la primera de su autor: La asesina ilustrada.

La novela es disparatada, divertida y es la única novela en muchos meses cuya lectura me ha mantenido despierto en la madrugada.

Diré, no obstante que, en esta mi segunda lectura, me ha sucedido que mis sospechas de la primera vez (y que me hicieron abandonar la lectura de la obra) se han visto confirmadas.

Estas eran a) que hallándose uno en la juventud ardorosa está inhabilitado para reconocer la ironía y la rechaza tajantemente y b) que el marco formal de conferencia de tres días en el que se fuerza a la obra es innecesario y resta, en lugar de sumar.

Y todavía una intuición:

es imposible escribir una obra de formación del artista cuando el artista aún no está formado. Y lo mismo sucede con la lectura si es el artista el que está en proceso de formación.

O dicho de otro modo: “sabido es que todo llega o acaba llegando y que a veces llega cuando menos lo esperas” [2].

Y me viene bien poner esto porque así se me aclaran lasa ideas y puedo expresar otra intuición que lleva acechándome hace tiempo.

A saber, que hay dos tipos de artista:

el artista digamos que ya se halla en la condición de, por decirlo así, ser un muerto ya en vida (y, por lo tanto, se permite ironizar, puesto que está más allá de todo), alguien que es “una memoria sin dueño” [3] y que tanto puede ser un niño como un viejo (o una suma de ambos),

y el otro tipo de artista, una suerte de joven perpetuo, en constante estado de formación; imbécil pues, sin remedio.

Huelga decir que la gran mayoría de los así llamados artistas jóvenes pertenecen a esta segunda categoría, navegando siempre “sobre un papel sin bordes” [4], como diría Carmen Plaza.

Pero bueno, ya saben que dice el dicho común que la juventud son dos días.

Se les pasará, sí, bueno…; ejem, o igual no.

Quién sabe…

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[1] & [3] Félix de Azúa. Historia de un idiota contada por él mismo (o El contenido de la felicidad). Ed. Anagrama. Barcelona. Decimoprimera edición. Noviembre de 1987. [pág 124 & 120]

[2] Enrique Vila-Matas. París no se acaba nunca. Ed. Anagrama. Barcelona. 2ª edición. Noviembre de 2003. [pág 65]

[4] Carmen PlazaLínea intermitente. En La Bolsa de Pipas. Esporles (Mallorca). Julio-Septiembre de 2010. nº 78. [pág 15]

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