Escritor en Allak – Colaboraciones

La otra noche,

ya bien entrada la madrugada, se escucharon desde mi balcón los aullidos de un bebé. Ya sé que debería ser de cautos el pensar que el maullido de los gatos en la noche podrían confundir hasta el más precavido y empujarlo a creer que se trata de un bebé que solloza. Y acaso hubiera yo pensado lo mismo -y que es lo que siempre pienso en estos casos-, de no ser por el añadido de los gritos de una mujer: su madre, claro (eso pensé).

No una mujer histérica o borracha o una amante en trance, que tratase de retener –con artes sicalípticas- la huida de su pareja.

Qué va.

Pues esa voz… esa voz a medio camino entre la severidad y la indulgencia, el regaño y el ánimo, me dije, reflexionando minutos después, esa voz (así lo quería yo) no podía ser más que la de una mujer hablándole a su hijo, deseándole feliz travesía en su recién estrenada vida de huérfano.

En tanto que quise asomarse al balcón para comprobar si había realmente una mujer que le susurrase una última y tierna carantoña a su hijo , pensé en que “las suposiciones también nos retratan” [1] y, aterrorizado, quise llamar a la policía, a la hipotética y terrible policía del espíritu.

Pero de repente me alertó lo que José Emilio Pacheco llama “Los elementos de la noche[2] y que son el veneno y las palabras que se rompen contra el aire. El veneno y las palabras que se rompen contra el aire. En esto pensé mientras me acordaba del filósofo Tischner diciendo “sé que existo porque sé que existe ese otro”.

Pero yo, de momento, a estas altas horas de la madrugada, no podía garantizar mi existencia, pues no había comprobado todavía si la mujer que yo escuchaba debajo de mi balcón y ese niño que sollozaba desconsolado estaban realmente allí, debajo de mi ventana.

Así que, tratando de resolver mis dudas, cerré los ojos.

Mientras me iba durmiendo aviesamente, en total perjurio, desentendiéndome del niño huérfano y la pérfida madre, me acordé de Norman Mailer, cuando se escribió para sí mismo, aquel libro de 1959 (Advertisements for myself) y que he vuelto a leer estos días.

Dice Mailer: “what makes a novelist great is that he illumines each line of his work with the greatest intensity of experience” [3].

Será que la experiencia no tiene siquiera que ser algo que haya efectivamente sucedido,  tal que así, como dice Marcos Giralt Torrente: “sólo contamos lo que nos llegamos a creer que contamos” [4].

Entonces, no sé si así efectivamente sucedió (que la otra noche, debajo de mi balcón, una madre, desconsolada y triste, abandonó a su hijo recién nacido), pero el caso es que ya lo he dejado escrito, y así fue. No hay otra, porque “La ficción, aunque se inspire en la realidad, se atiene a sus propias reglas” [5].

Es mi tendencia al yo trágico, pensé.  Mi propensión dickensiana, tal vez. Sí, eso me dije. Será eso, claro, esa cosa terrible de sentir cualquier desgracia como una amenaza y que le sucedía también a Juan Giralt, el padre de Marcos Giralt Torrente y que cuenta éste último en su libro Tiempo de Vida.

Mis fabulaciones sobre la realidad son de la misma índole que las que cuenta Marcos Giralt sobre su padre, Juan Giralt,

hombre de escasa fortuna, Juan Giralt, pintor -igual que mi padre-, pero con “un aura de romántico malditismo” [6] que, sin duda, no tiene el mío.

Es el libro de Giralt Torrente un libro que retrata la competición con su padre, sus ausencias, el desdoro –incluso la infamia- del comportamiento de éste; pero, por sobre todo, me he encontrado con un libro valiente y,  lo más importante: verdadero, en el sentido más auténtico de la palabra.

Me gustaría explicar un poco esto.

Había en París, la novela que ganó el premio Herralde, primera de su autor, un libro escondido. París era, en efecto, el envoltorio de Tiempo de Vida. Por eso no me gustó, porque me pareció, ya desde muy al principio (y ello sin apenas saber nada de su autor) que todo era celofán. Y así lo demuestra Tiempo de Vida, donde habiendo afrontado ya la veracidad de los hechos a narrar, Giralt Torrente puede, de una vez, dedicarse sin cortapisas a la ficción.

Y este uno de los grandes errores del novelista primerizo: el utilizar con desmedida profusión los artificios ficcionales para enmascarar una realidad doliente. Pues así lo confiesa (de modo implícito) Marcos Giralt Torrente en Tiempo de Vida, al contar cómo su padre se vio retratado en los padres que él hubo de dibujar en sus anteriores libros.

Normal, se dice uno. Normal, piensan los lectores. Normal, acaba reconociendo el buen escritor. Tiempo de vida, por ello, será un libro imprescindible en la carrera del novelista madrileño, porque confiesa la impericia de la producción anterior del autor.

Es un libro hermoso, Tiempo de Vida, por lo tentativo de la primera parte (y que son más de veinte años de desavenencias entre padre e hijo) y también poético, por la simbología final y la comunión, permutación incluso, de padre e hijo. Porque los papeles, paulatinamente, se acaban intercambiando.

Es como que padre e hijo colaboraran para que esta cadena que es la que mantiene, siguiese con un eslabón más. El padre, pues, en un último acto generoso (y que le hubo de escatimar durante toda su vida), le ofrece el testigo de la continuación de la vida.

Y así, hay ilusión y enfermedad en este libro, pero más impotencia y sacrificio que encarnecimiento o reproche.

Se trata, por ello, de un libro circular y definitivo, porque el hijo no sólo acaba amortajanado al padre, sino que él mismo se convierte, a la vez, en padre (la novela acaba mientras Marcos Giralt Torrente aguarda su primer hijo, que llevará el nombre del abuelo, Juan).

O sea, que todo cambia, para que todo siga igual.

He aquí la universalidad de este libro, y su carácter también de libro literario, pues más allá de la anécdota, de los nombres que apenas se señalan y de algunos hechos comprobables, lo que nos importa es que ha sido escrito con la colaboración de las armas ficcionales: emoción, estructura, diseño y simbología propias de la intención poética.

Porque sí, el libro tiene intención de trascender, y aquí creemos que así será.

Siguiendo con las voces que han venido esta semana a visitarme (y que parecen querer ser anagramáticas), me he encontrado en uno de estos insomnios míos, al dar un manotazo para encender la luz,  de madrugada, con el libro Ese modo que colma, de Daniel Sada.

En él, más que múltiples voces me he encontrado con variopintas historias, narradas por una voz más omnipotente que omnisciente, hasta cierto punto grotesca, de puro alambicada, jocosa por momentos e incluso febril que, cómo no –y para escarnio de postmodernos-, hace pensar (slightly, slightly) en Foster Wallace, pero más destartalado, eso sí.

Los relatos rezuman abundancia verbal, y no me refiero a aquella complementaria del adjetivo, sino el puro movimiento del verbo, que da hachazos aquí y allá.

Zas, zas, zas.

Este es el mayor sustento del libro: la pura –e imposible- isocronía gramatical que,  de súbito, aquí y allá,  rompe la sintaxis y da la bienvenida a la aparición de la turgencia del rayo, en frases cortas y severas que van clavando el flujo de la narración hasta llegar siempre al severo fin de cada una de las narraciones, la conclusión, empero, de una voz que no puede concluir y que por eso muta hacia otro personaje, en el relato siguiente.

Así, la voz se hace muchas voces.

Y no un concierto, sino una algarabía de seres perturbados.

Aquí yace, pienso, pues, el mayor logro del libro: el de retratar ese Méjico variopinto y brutal, histérico e hiperrealista.

Ese modo que colma es un libro raro y bravo y, hasta cierto punto, exagerado y único. De prosa no tanto barroca como salvaje, e insatisfecha, y ello en el sentido de que se resiste a ser domada; y menos exuberante que catatónica.

Una quimera imposible la que se propone Sada, igual que la expresa uno de sus personajes: “sé que si me mantengo acostado no me pasará nada y mis ideas cambiarán[7].

Entre la galería de personajes,

nos encontramos narcos vulgares examinando cabezas cortadas (vulgares también), niños caprichosos que se aburren (vulgarmente), chicas (zafias) que quieren bailar, burócratas ejemplares (y anodinos) que pelean son sus mujeres (chabacanas) y duermen al raso…

un pabellón psiquiátrico, en suma, disfrazado de realidad y que consigue el efecto de que sintamos “lo presente distante y lo distante ambiguo” [8].

De alguna forma, lo que hace Sada (al menos en este libro) es una suerte de realismo mágico mostrenco y bizarro, a lo loco.

Muy al gusto de la reciente experimentación formal de los escritores latinoamericanos últimos, especialmente los mejicanos.

A mi modo de ver, la extraordinaria victoria de Daniel Sada es la de transformar toda esa excéntrica vulgaridad mejicana que el libro retrata, en algo portentoso. Hay aquí una labor titánica y gloriosa, les digo.

Léanlo, pero sólo si tienen arrestos (o padecen insomnio, como yo).

Les digo que, seguro, les colabora al sueño, por agotamiento.

Así, les confieso que yo, ya hoy, gracias a Dios, esta noche, no he vuelto a oír mujeres desleales ni bebés renqueantes,

ni nada de nada,

más que el silencio de mis ronquidos.

*                                                                                                                                                                                 *

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[1], [4], [5] & [6] Marcos Giralt Torrente. Tiempo de Vida.  Ed. Anagrama. Barcelona. 1ª edición. Mayo 2010.  [págs 116, 193, 54, 97]

[2] José Emilio Pacheco. “Los elementos de la noche”, de De algún tiempo a esta parte (1960-1961], incluido en Tarde o Temprano [Poemas 1958-2009]. Tusquets Editores. Barcelona. 1ª edición. Abril 2010.  [pág 19]

[3] Norman Mailer. Advertisements for myself. Signet Books. New York. November, 1960. [pág 340]

[7] & [8] Daniel Sada. Ese modo que colma. Ed. Anagrama. Barcelona. 1ª edición. Junio 2010. [págs 33, 42]

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