Mimou(si)n

Pero yo quería hablar de las primeras novelas.

Y es que estos días estuve leyendo Mimoun, la primera de Rafael Chirbes, publicada originalmente en 1988. De la cual me sorprendió su comienzo y su final. El primero para bien y el segundo para mal.

Esta dicotomía, no tanto en cuanto al gusto del lector, sino a la obra misma, primeriza, sospecho que sucede siempre con una primera novela. Así, pues, que existe una tensión entre lo que hay y la promesa de lo que habrá.

En la de Chirbes se nota a un escritor, que sabe manejar sus recursos, a pesar de que la simbología metafórica se le pierda en ocasiones, a pesar de que no le acaben de funcionar bien los personajes secundarios y, a pesar, de que se olvide por completo de la acción principal o motivo seminal del libro y que es que un escritor madrileño se marcha a dar clases a Fez (Marruecos) para, entretanto -y gracias al ingente tiempo libre-,  intentar acabar una novela que traía comenzada.

El tema de la escritura pronto se diluye en un alud de sensaciones que, se nota, embriagan al propio Chirbes. Y son, de hecho, de lo mejor del libro: esa indolencia marroquí, el delirio del alcohol, la pesadumbre, la traición y la mentira. Creo que esa es la parte más lograda.

Luego hay un conato de alucinación en el personaje central (Manuel), como la incitación a la locura que le produjese el propio territorio y que es realmente destacable, pero que no se explota bien. Asimismo la sospecha constante es otro logro mayor, aunque mal resuelto.

Y cuando digo mal resuelto no me refiero a que sea torpe o a que se haga sin motivo, sólo digo que la justificación para todo ello es meramente circunstancial, no del todo profundizado.

Nos queda la impotencia de no haber ido más adentro de la conciencia del narrador, intrigados como estamos por saber de sus sentimientos, que se nos muestran esquivos, trazados en esbozos y mostrados en secuencias parciales.

También hay un abuso del francés, pues mucho de lo sucedido se nos cuenta a través del estilo directo, refiriéndonos de manera literal lo que tal o cual personaje dice, en francés. Y esto, lejos de caracterizar a los personajes (pues la mayoría de ellos utilizan el francés), nos entorpece la lectura.

Entiendo esta actitud como parte de cierto dilentantismo izquierdista de los ochenta, pero sigue sin gustarme. Y ello por la razón de que ocupa un porcentaje demasiado alto de la proporción final que es el libro en su totalidad.

Se trata, sin paliativos, de una novela notable y que, a fuerza de ser una primera novela y, además, una primera novela ambientada en Marruecos, remite (un poco) a la narrativa de Paul Bowles, cómo no.

Produce curiosidad, pues, comprobar de qué modo habrá evolucionado la obra posterior de este escritor.

En fin, en breve lo sabremos.

Y en otro orden de cosas, les recuerdo que mañana recomienza la segunda temporada de Escritor en Allak y que les acompañará puntualmente cada viernes durante todo el verano.

Les adelanto ya el título de la columna de mañana: Colaboraciones.

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