Escritor en Allak – Los pitidos del silencio

Frío. Hoy. Hace un maldito frío de invierno.

Y llueve. También hoy. Los cristales de la balconera estaban empapados al levantarme. Siguen igual, ahora: o peor.

Y el caso es que… como nada parece producirse de manera aislada, esta semana comenzó a formárseme un zumbido en la cabeza,

un zumbido como de colisión de abejas torpes, en su trasiego de cata heteróclita. Nada especialmente molesto, se diría, o sí,  pues, para ser atentos con la verdad, el ruido abejero no me dejaba dormir en las madrugadas.

Supongo que algo sobre la teoría de Fumaroli contribuyó al asunto.

Ya saben: la pelea de los escritores abeja (clásicos) y los escritores araña (modernos). Y es supongo que se me vino encima la idea de este siglo nuestro “enfermo de su misma enfermedad ” [1], namely, el solipsismo.

La melancolía de la nada, se diría; la agresividad fingida.

O acaso esa “poesía irracionalista” [2] de la que habla Luis Antonio de Villena.

Pero no, esto sería mentir, porque el ronroneo de mi vida, igual que la lluvia adherida al cristal, viene de antes.

Llevo dos semanas engañándome al pensar que “nuestra era es la era de la verdad” [3], profetizando denodadamente algún indicio, en una “lucha inútil […] conmigo mismo” [4], sintiéndome tentado por pensar que “la conciencia siempre hurga en la llamada realidad, anhela la realidad” [5].

Y la única conclusión a la que he conseguido arribar,

si acaso parcial (por evidente), y así lo cree también Imre Kertész, es que

“es preciso recurrir al lenguaje antiguo” [6].

Por ello,

en mis noches de runrunes insomnes he viajado por Europa con Kertész, por la realidad luctuosa de Viena, Hamburgo, Frankfurt, Munich y Berlín, Venecia y Milán, Budapest, Zurich y Szigliget, Avignon, Salzburgo, Cannes y París y, cómo no, Amsterdam.

Pero también hemos ido a Israel: a Tel Aviv, donde con Iris Murdoch y John Bayley hemos hablado de “temas profundos sin entendernos los unos a los otros” [7].

Hemos gozado especulando juntos, Imre y yo, sobre Wittgenstein y Bernhard, hemos compadecido a Mahler, y discutido sobre la estulticia de la verdad, la vanidad ingenua de la identidad y sobre si es cierto que la cultura interior del ser humano la dio o no Tolstoi por finiquitada,

para acabar con los parabienes de saber que sólo somos los “protagonista(s) ligeramente escéptico(s), pero aún así sensible(s), de la novela de formación que es [nuestra] vida” [8].

Y esto nos ha alegrado.

Luego tuvimos que proclamar con desgana la “inutilidad de la lucidez” [9] y conceder, asimismo, que la nueva técnica novelística se basa en la idea de que “ya no es el escritor quien capta el mundo (como objeto del conocimiento), sino el mundo el que capta al escritor (como objeto de su pulsión sin límites)” [10].

Y que el lenguaje es -irónicamente- el más importante elemento del terror y que sí, que normalmente  “el problema no está en los problemas, sino en algún sitio fuera de ellos” [11] porque, ¿acaso no será que “el lenguaje nos remite a algo que el conocimiento no es capaz de absorber”? [12].

En fin, que, según preveía, Kertész y yo hemos llegado al acuerdo de que

“lo moderno no es un estilo joven, sino viejo. No es un comienzo, sino un desenlace” [13].

O sea, más o menos, lo que viene a decir también Fumaroli. Lo que cualquiera con dos dedos frentes aseveraría sin dudar.

Y todo este periplo agotador, corto, pero como dice Wittgenstein: “suficiente para vivir los horrores del infierno” lo hemos compartido Kertész y yo, y así -cómo no- el anuncio de la inminente muerte de su esposa (A.), que deja a Kertész en el “umbral entre la vida y la muerte” [14] con la que se cierra su libro

Yo, otro (crónica del cambio),

con la constatación de que quien dará el siguiente paso para intentar (re)vivir (pues tiene ya entonces Kertész más de 70 años),

para recuperarse del derrumbe, ya no será él, Imre Kertész, sino otro… ese otro mismo que ha escrito el libro Yo, otro (crónica del cambio) y que, en parte,  he sido yo mismo, J. S. de Montfort, en este viaje de insomnio nocturno, entre el frío y la humedad de la lluvia,

acuciado por los zumbidos abejeros de mi conciencia, y soportando a mi mente desvaída, en la que el libro, como la tela pegajosa de una araña, se ha ido esparciendo (y escribiendo) por el mundo del pasado.

Pero nada de todo esto hubiera sido posible a no ser por mi enfermedad.

Y es que la vida es “o bien manifestación, o bien colaboración” [15] y, al parecer, el cuerpo -mi cuerpo- es mucho más sabio que el intelecto -mi intelecto- (perdido en las trampas de la muerte)

y ha decidido colaborar -mi cuerpo-, para la victoria.

Y así se ha formado un tapón ceruminoso en mi tímpano izquierdo, idóneo para construir esa sensación aspergeriana de aislamiento y decadencia.

Es lo que me dijo (claro que con términos más médicos y menos filosóficos) el miércoles a la tarde un doctor de urgencias de Bcn y me veo obligado desde entonces a ponerme unas gotas llamadas Otocerum, cuyo propósito es el de devolverme de nuevo a la audición amplia, completa y libre.

Será por eso pues que mis reflexiones semanales han deambulado necesariamente por los escenarios del abucheo de la memoria, esos “escenarios en que se produjeron los acontecimientos decisivos de nuestras vidas”, a los que volvemos  “porque así tomamos conciencia de que no tenemos nada que ver con nosotros mismos” [16].

Añado yo: porque todo pasado es invención y nostalgia.

Ese es exactamente el tema central de la novela de Jordi Puntí Maletes Perdudes (Ed. Empúries (catalán)/ Salamandra (castellano), Bcn 2010).

La novela es tanto una amalgama de historias y sub-historias (al modo de la literatura oral), como una metáfora sobre la identidad y, al mismo tiempo, la crónica de la resurrección del padre (que se constituye en padre e hijo al mismo tiempo).

Maletes perdudes es la historia de Gabriel Delacruz Expósito (el padre), huérfano de “flegma bonhomiosa i una mica pèrfida” [17], camionero, trotamundos y  un vampiro, “que entrava a les cases dels altres i en xuclava l´atmosfera” [18].

La historia da cuenta del intento de recapitular una vida (la de Gabriel, el padre), de la que apenas se sabe nada.

Gabriel, un hombre que desapareció sin dejar rastro; hace más de veinte años.

Así, al modo de la investigación detectivesca, mezcla de periodismo amateur y de casualidad positiva ( y a veces pelín forzada por el escritor, a modo de parodia), los cuatros hijos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol) buscan “el descobriment de la mentida” [19] que es esa vida silenciada, la suya, y la de quien así la inventó para ellos, el prófugo: su padre.

Porque los cuatro hermanos, igual que yo esta semana, han vivido -hasta el momento en el que comienza la novela- una vida en sordina, oyendo cantos lejanos sobre su padre, chiflidos impertinentes, pero indiscernibles, y es que su conocimiento del pasado ha estado taponado como por una tela de araña también, manto que cada uno de los hijos ha tenido que cubrir con la imaginación, pues “la imaginació ens ajuda a completar sense gaire esforç, les lletres que ens falten per aconseguir la paraula clau: felicitat” [20].

Y esto, además, ante la negativa de sus madres por inmiscuirse o hablar -en exceso- sobre Gabriel, el hombre que las abandonó.

La acción se dispara cuando el hijo catalán, Cristófol, alertado por la policia, descubre que su padre ha estado viviendo todo estos años en su misma ciudad, en Barcelona. El hijo y su madre, Rita, en la calle del Tigre, en el Raval, el padre en la calle Nápoles, en un entresuelo cercano a la calle Almogàvers, al lado del Parque de la Ciutadella.

A quince minutos en taxi, como quien dice.

Allí, en casa del padre evadido, descubre Cristòfol  una lista con el nombre de sus otros tres hermanos, así como un listado completo y anotado de las mudanzas internacionales de su padre (hechas al servicio de una empresa de mudanzas  llamada La Ibérica) y toda una serie de enseres que iban “robando” de cada una de las mudanzas, una maleta por cada mudanza (maletas a las que alude el título) y que conformaran una suerte de cartografía de los viajes del padre y que servirán a los hijos para descubrir cómo muchos de los hallazgos de las maletas acababan siendo regalos para ellos, parte pues de su identidad.

Los cuatro hermanos descubren que son hijos del mismo padre, pero de madres diferentes; el menor (Cristòfol) vive en Barcelona, otro vive en Frankfrurt, un tercero en Londres y el cuarto en París.

A poco, entre la expectación y la desconfianza, convienen los cuatro hermanos en utilizar el antiguo piso de su padre como cuartel secreto para las reuniones de lo que acabarán llamando “El club dels Cristòfols”, y ahí comienza su conspiración para tratar de soportar el dolor “exagerant la felicitat del passat” [21].

Y así, con los cuatro Cristòfols, a sabiendas de que “hi ha molts més detalls que [els] separen” [22] hemos viajado por carreteras precarias y aduanas sórdidas, buscando similitudes familiares, tratando de entender que “per ell [Gabriel] estar viu significava moure´s amunt i avall, disfrutar d´aquella lleugeresa sobrevinguda quuan traspassaven la frontera” [23].

Entonces, nos hemos visto saliendo afortunados hacia la libertad de Europa, huyendo del franquismo más apestoso y hemos compartido la ingenuidad de la era pretecnológica y, poco a poco, paulatinamente,  las verdades y miserias de Gabriel, su fe en que las ciudades más fiables son aquellas que cuentan con mejores equipos de futbol, sus trampas en los juegos de cartas, su soledad… en todo ello hemos ido  encontrando “la viva imatge de la satisfacció: la victòria del present” [24].

Y es que, sí, al final, hemos descubierto cómo el tiempo es “cíclic, el temps es repeteix, i a vegades el present i el passat es confonen” [25].

Y es que Gabriel mismo se nos ha aparecido; nos ha hablado y, en un sortilegio último, que une las cuatro vidas -hasta ahora dispersas- de els Cristòfols, en la confidencia de una larga noche nos ha encomendado Gabriel su verdad: el porqué de que todos los hermanos se llamen igual.

He de confesar que hemos enmudecido y casi llorado por la hermosura dramática de su testimonio.

Así, hemos comprendido que la identidad no es más que  que una variación mínima del fluir del tiempo, de la tiranía de una época determinada:

nuestra época.

Para el viaje hemos contado con la connivencia de esos “anti-franquistes passius” [26]:  el Petroli, compañero de mudanzas de Gabriel, y de Carolina, la que iba a ser mujer de Bundó, también huérfano, íntimo amigo del padre de los Cristòfols y, asimismo, compañero de cabina de las mudanzas internacionales.

Y como corifeo, en la lejanía de la memoria, las cuatro madres: Rita, Sarah, Sigrun y Mireille. Y, claro, tampoco podemos olvidarnos de Giuditta, el último gran amor de Gabriel y verdadera culpable (silente) del encuentro entre el padre y los cuatro hijos.

La búsqueda nos ha evidenciado que “cada instant de cada dia, un per un, tenia el seu sentit, però si els ajuntava tots, el resultat no significava res” [27]. Y que “la vida és un combat d´atzars i val més posar-s´hi de cara que d´esquena” [28].

Por ello, les puedo decir que lo más importante de la novela son dos cosas:

de un lado, la construcción de una voz colectiva (la de los cuatro hermanos), convincente, ingenua y entusiasmada, con dejes de pantomima histérica en ocasiones (y que ciertamente saca al lector de sus casillas” [29]); pero vital y memorable. Indiferenciables las cuatro voces de los hermanos y el padre, sí, pero es que ahí está la clave de la novela:  la duplicidad de la identidad (padre/madre) y la idea de que todos, en el fondo, somos sustitutos de otra persona (comúnmente del padre, pero, a veces, incluso de nosotros mismos).

Así, lo que se le critica a Puntí como “bondad indolente” [30] y que yo llamaría bonhomía a secas, y que es el segundo gran punto destacable de la novela es la necesaria distancia afectiva frente a la tragedia. Porque la levedad casi mágica con la que se expone toda la narración es imprescindible para el efecto final de la confesión de Gabriel.

Y esto que se le critica a Puntí justamente es su mayor acierto, y no proviene -como erróneamente se ha señalado también- de su vertiente cuentística sino de su decidida apuesta por la fabulación [31] y que entroncaría directamente con Midnight´s Children, la novela de Salman Rushdie (y que Daniel Gascón ya intuyó [32]), esa novela de “estilo divertido, inteligente, que mezcla la tradición oral y mágica de la narrativa árabe con las técnicas de la novela moderna”,

una novela que, como el propio Puntí afirma ” ha influido a toda una generación del narradores” [33],

a él, por ejemplo.

Y muy bien, ha de decirse.

[1] Marc Fumaroli. Las abejas y las arañas. La querella de los antiguos y los modernos. Traducción de Caridad Martínez. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2008. [pág 13]

[2] Luis Antonio de Villena, citado por Elsa Fernández Santos.El siglo XXI, mejor en verso. El País. Cultura. 10-05-2010.

[3], [4], [5][6], [7], [8], [9], [10], [11], [12], [13], [14], [15] & [16] Imre Kertész. Yo, otro (crónica del cambio). Traducción de Adan Kovacsics. Ed. El Acantilado. 2002. [págs 80, 41, 39, 25, 128, 70, 87, 91, 56, 116, 131, 143, 97 & 69]

[17], [18], [19], [20], [21], [22], [23], [24], [25], [27] & [28] Jordi Puntí. Maletes perdudes. Ed. Empúries (Salamandra en castellano). 1ª edición. Febrero de 2010. Barcelona. [págs 94, 100, 182, 379, 234, 148, 342, 234, 325, 373, 299]

[26] Jordi Puntí en entrevista con el músico Alex Torío. “Escriu-re una novel.la és com tenir una vida extra“. Nativa.cat [la música vista des de Barcelona] (aquí)

[29] Ricardo Senabre. Crítica de Maletas Perdidas. El Cultural. 02-04-2010.

[30] Vicenç Pagès Jordà. Jordi Puntí llena de escenas memorables las aventuras familiares de “Maletes perdudes”. El Periódico. 17-02-2010.

[31] Jordi Puntí en entrevista con Rosa Maria Piñol. “Mi obra es una apuesta por la fabulación”. La Vanguardia. 23-02-2010.

[32] Daniel Gascón. Historia del padre. Artes & Letras. Heraldo de Aragón. 25-03-2010. (sacado de su blog aquí).

[33] Jordi Puntí. Columna Ideas (sobre “Los hijos de la medianoche”, de Salman Rushdie). El Periódico de Catalunya. 12-07-2008.

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