Escritor en Allak – (Hiper)Realidad

Decía Jaime Gil de Biedma,

glosando The poetry of experience (1957) de Robert Langbaum, que para el poeta moderno la poesía no constituye una imitación de la realidad, sino el simulacro de una experiencia.

Así,” la identidad, la aspiración a la identidad, sólo puede conseguir mediante un proceso de abstracción y formalización de la experiencia […] que la anula en cuanto experiencia real para resucitarla como cuerpo glorioso, como realidad poética purgada ya de toda contingencia” [1].

En esto estaba pensando ayer mientras veía con Ángela My bloody Valentine, en 3D, y también pensaba en la asunción filosófica de la Teoría de la mente.

Dicha teoría sostiene que es necesaria la analogía con nuestra propia mente para poder dar credibilidad a las mentes ajenas (y a los resultados en el comportamiento observable que producen en el sujeto ajeno), y esto por la pura imposibilidad de abordar directamente el conocimiento de esas otras mentes que no son la nuestra.

Así que andaba investigando yo el reverso de dicha asunción, es decir, cuando la mente está dañada, por causa de la esquizofrenia y, por lo tanto, la capacidad cognitiva de establecer esa analogía se rompe [2] y la mimesis, que es la que nos ayuda a entender el comportamiento de los otros, deviene en caos comportamental. O dicho de otro modo: que el sujeto no se comporta según las atribuciones -esperables- de un hombre normal, un ser cabal que pertenezca a la especie humana. O en palabras más claras: la imprevisibilidad de la conducta de aquel que está loco.

Es lo que sucede pues en My bloody Valentine, pésima película que retrata a un perturbado adolescente que cree ver en sus delirios a un minero asesino venido de ultratumba y que, por una extraña carambola de esa mente suya disímil, acaba “representando” él mismo (primero en su cerebro y luego en la realidad) a ese minero asesino.

Es decir, de cómo la mente, cuando está seriamente dañada, es incapaz de valorar las atribuciones normales que deberían corresponder a los otros y, en su falla de funcionamiento, circunscribe tales analogías al entorno de uno mismo y lo traslada catastróficamente a la realidad.

Una mezcla pues de autismo y esquizofrenia.

En fin, así que me puse a pensar en mi mente, en mi mente como generadora de representaciones.

Entonces se me ocurrió dedicarme a discernir qué pasaría si uníamos a la experiencia física (hiper)aumentada del 3D  la innata capacidad de representación -especulativa- de nuestro cerebro.

Y ello, además, entretanto nos ocupamos de una actividad por así decirlo “clásica”: la lectura de un libro (no un e-libro, sino un libro de los de toda la vida).
Porque, además, ando preocupado con las asunciones de Marco Roth cuando dice que la  novela psicológica está dando paso a lo que él llama la “neuronovela” o de cómo la mente se está transformando en cerebro [3].

Según la opinión de Roth la neuronovela habría comenzado con Enduring Love, la obra de 1997 de Ian McEwan.

Vaya, que lo que quiere decir Marco Roth es que lo psicológico conductual de la novela de ideas del siglo XX, el estudio clásico de la personalidad, estaría dando paso a la biomedicina y la neuroquímica,

a una suerte de identidad humana basada en el mapeo de las respuestas eléctricas de los neurotransmisores de nuestro cerebro y que incluiría una teoría evolutiva del cerebro, así como las diferentes disfunciones cognitivas atribuibles a la carga hereditaria.

En suma: la conciencia vista en términos científicos.

Pues bien,  primero habremos de clarificar que los métodos empíricos de la mansión de los De Montfort (por circunstancias que les resultarán obvias) difieren parcialmente con aquellos métodos utilizados por Michael Holquist en sus laboratorios de la universidad de Yale [4].

Y es que el señor Holquist y su grupo de 12 estudiantes que conforman el así conocido como Yale-Haskins Teagle Collegium, andan investigando la forma de mejorar las destrezas lectoras, basándose en el estudio de las imágenes cerebrales en el momento en el que el sujeto está leyendo obras mayores de la literatura universal.

El supuesto es que si averiguamos lo que sucede en el cerebro lectura mediante de una de esas obras maestras de la literatura, podremos hipotetizar un modelo, un patrón, que nos lleve a crear “artificialmente” ese camino que conduciría a los lerdos desde la idiocia hasta la destrezas intelectuales necesarias para el justo disfrute de las grandes obras de arte.

Bien, pero vayamos al grano.

Aquí mi experimento:

Como pueden ver, el propósito ha sido sencillo:

A través de unas gafas de realidad aumentada, he tratado de potenciar la capacidad de representación de mi cerebro, tratando de llevarla a un nivel superior. Y, ello, enredado en la lectura de uno de los mayores poetas del siglo XX: Jaime Gil de Biedma.

La hipótesis a manejar (y que nos lleva un paso adelante de la formulación de Holquist) es que toda química cerebral producirá necesariamente una respuesta observable -externa, corporal o conductual- (y observada en este caso por Ángela que, gracias a su propia Teoría de le mente, habrá de ser capaz de descifrar mi estado corporal, o de conciencia “externa”).

Bien, ahí arriba pues  (en la fotografía), tienen la prueba de lo que sucede cuando un sujeto preparado para el goce estético de una obra mayor de la literatura, no solo trata de que dicha representación sea observable en su conciencia externa, sino que además, la multiplica con unas gafas de realidad aumentada (3D) y la adereza con el paraíso todavía más artificial de la conciencia cuando ésta está regada con un excelente Chardonnay del Penedés.

Los resultados, de momento -hemos de confesar Ángela y yo no sin cierto pesar- han sido poco concluyentes,

y se podrían cifrar en un ingrato dolor de cabeza por espacio de varios minutos, y una botella de Chardonnay del Penedés menos en nuestra nevera.

Pero bueno, como aquí en Escritor en Allak somos gente rigurosa y disciplinada,  y tratando de realizar más experimentos con la hiperrealidad,

hemos seguido esa máxima de Luis Amado Blanco,

cuando dice que “el principal enfoque de todas las disciplinas debe ser la vida en sus múltiples aspectos” [5]; para ello, he buscado la vida en ese diario que Amado Blanco escribió hace más de ochenta años, en una visita suya a Leningrado.

Y es que no olvidemos que “recordar es un ejercicio necesario y obligado, que dota de plasticidad a lo actual, evitando su anquilosamiento” [6].

El diario del poeta resulta -cómo no- poético (en el sentido de innecesaria plasticidad), pero también risueño (por lo ingenuo, claro), y ello, además, porque son las impresiones de un burgués (convencido) sobre las ideas del comunismo.

O sea, mucha discusión enfangada en literariedad excéntrica y tramposa filosofía (de andar por casa) y que tiene como casi único interlocutor a nuestro querido Amado Blanco y a madame Ana Dmitrievna Beletzki, una guía rusa, “nieta [arruinada] de un general del zar” [7] y que habla -extrañamente- un español literario que asombra  y que cree que Amado Blanco y su mujer son “unos pobres burgueses incomprensivos [8].

La verdad que éstos tampoco hacen mucho esfuerzo por no parecerlo.

El problema básicamente es que Amado Blanco confiesa ya bien pronto (el primer día de estancia) que “un hálito novelesco  va empapando nuestro espíritu, propenso al vuelo imaginativo” [9]. Y así pues todo se convierte en un recorrido por los decorados rusos que termina con la asunción derrotista de Amado Blanco cuando sobre la ciudad de Leningrado y el sistema comunista ruso en su conjunto, convencido de su extrañeza y la imposibilidad de la empatía, admite que  “nuestro corazón no sabrá comprenderla” [10].

Como bien dice José Ramón González en su prólogo “8 días en Leningrado es una obra de juventud y refleja preocupaciones e interés muy de época” [11], pero para lo que aquí nos concierne, podemos encontrar en ella el germen de nuestro entusiasmo hacia la teoría de la neuronovela (al menos en su acepción colectiva),

cuando Amado Blanco confiesa su sospecha de que:

“hoy no se puede hablar de masas sin tener en cuenta las ciencias médicas[12].

Y volviendo al simulacro de la experiencia

del que hablaba antes Jaime Gil de Biedma, recalo en ese gran maestro de las letras húngaras que es Péter Esterházy,

y me fijo en su obra Una mujer (Alfaguara, 2001).

El libro está estructurado en 97 fragmentos (o modernos cantos) en los que se ama y odia a una sola mujer, tan extraordinaria como vulgar, la mujer;

una mujer con la que el narrador lleva casi 30 años de relación intermitente, caprichosa, zafia y también pasional, una mujer a la que “le pasa lo mismo que [le] pasa [al narrador] con ella: me odia, me ama” [13].

Una mujer que -irónicamente-, y para escarnio de Amado Blanco, “odia a los comunistas” [14]. Una mujer, por otra parte “clásica […] como si fuera de hace setenta u ochenta años” [15].

A pesar de que, como hemos visto, la neurociencia intente demostrar que todo es igual, o que, cuanto menos, haya convencionalismo en el catálogo de los comportamientos del ser humano, la novela del conde Péter Esterházy de Galánta concibe la intuición de que “cada cosa es única, no se puede comparar con nada” [16], así la mujer a la que se dedica esta novela.

Una novela que sí,

que podría ser un catálogo de las posibilidades de todas las mujeres, pero que son todas las mujeres (o un rango amplio de mujeres) encarnadas en una sola mujer,

y no 97 perfiles de mujeres diferentes, como dijo Miguel Mora (aquí) en su perezosa y rápida nota periodística sobre el particular.

La clave de la novela Una mujer se halla en el carácter del narrador “irónico y al mismo tiempo sentimental” [17] y en su estructura que, de alguna forma, tiene que ver, de un lado, con la formación matemática de Esterházy y, del otro, de lo que podríamos llamar “antología de uno mismo”; así de la mujer amada.

Al estilo de la antología de Spoon River de Edgar Lee Masters,

Esterházy cartografía aquí los muchos mundos y personalidades que habitan en esa mujer “bellísima, demasiado bella, una heroína de las novelas de Krúdy [18].

También, unas veces por extensión y otras por analogía, la complejidad del narrador (y entendemos que también el laberinto moral del propio Esterházy)

es retratada,

y ello por la razón de que el narrador está:

“vacío, sólo ella ocupa [su] interior, con su silencio, su saber, su amabilidad natural, sus movimientos apacibles, sus pechos que se mueven, sus pelitos, su discreción, su timidez, su pureza, su incorruptibilidad, el roce de sus muslos, sus tobillos inesperadamente anchos, su sabia inocencia” [19].

Un narrador que antes de conocer a la mujer amada no era sino “una piedra que imagina ser un ángel” [20] y que tras su paso por los largos años del amor  está ya preparado para “contribuir al triunfo de la razón” [21],

y ello a pesar de no querer “parecer mejor que la realidad” [22].

Otra forma de (hiper)realidad, pues, esta magnífica exploración de Esterházy sobre la  “broma lingüística” [23] que es, al final, el amor.

Y es que en en el arte,

igual que en la amor, hay algo siempre celestial, que queda en un punto medio incómodo y que vacila entre los limites del lenguaje y los de la ciencia:

amor que tiene calidad de vida,

amor sin exigencias de futuro,

presente del pasado,

amor más poderoso que la vida:

perdido y encontrado.

Encontrado, perdido… [24]

O dicho de otro modo:

porque sueño y recuerdo tienen fuerza

para obligar la vida

aunque sean no más que un límite imposible [25]

[1] Jaime Gil de Biedma. Obras (Poesía y Prosa). Introducción de James Valender y Edición de Nicanor Vélez. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.Barcelona. 2010. [Pág 549]

[2] Lisa Zunshine. Theory of mind and fictions of embodied transparency. Narrative. Vo. 16. Nº 1. January 2008.

[3] Marco Roth. The Rise of the Neuro Novel. n+1. Issue 8. October, 19th 2009.

[4] Paul Harris & Allison Flood. Literary critics scan the brain to find out why we love to read. The Observer. 11-April-2010.

[5], [6], [7] [8], [9], [10], [11] & [12] Luis Amado Blanco. 8 días en Leningrado. Introducción de José Ramón González. KRK ediciones. Oviedo. 2009. [págs 150, 15, 113, 242, 110, 370, 63 & 136]

[13], [14], [15], [16], [17], [18], [19], [20], [21], [22] & [23] Péter Esterházy. Una mujer. Ed. Alfaguara. Madrid. 2001. [págs 60, 164, 56, 96, 144, 66, 110, 179, 131, 134 & 100).

[24] Jaime Gil de Biedma. “Amor más poderoso que la vida” (Poemas Póstumos) &  [25] “En una despedida” (Moralidades), del libro Las personas del verbo, inluidos en Obras (Poesía & Prosa). Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2010. [págs 241 & 204]

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