Escritor en Allak – Diario(s) del Abismo

Me gustan mucho los diarios en general,

y más si son de escritores,

porque siempre tienen una razón de ser; y es que en ellos sólo hay dos cosas legítimas para contar: la floración de la adolescencia o la venida de la muerte.

Son, pues, de alguna forma, vida y resurrección.

Lo dice muy claramente Josefa Contijoch:

ara i sempre ho hauries de saber:

hi ha un temps per a cada cosa [1].

Sucede igual con la miscelánea: que acontece cuando los hallazgos de la vida se tornan fetiches, bien por la acumulación diogenesíaca, bien cuando ya no se puede trabajar sino “con el empuje de los recuerdos” [2].

Es por esta razón que el diario, en múltiples ocasiones, se convierte en una forma más de la miscelánea.

En esto andaba pensando mientras me saltaron a los ojos unos versos elusivos y, por ello, prodigiosos. Son los siguientes:

Quisiera ser lo que no hay

en el espejo y seguir

descendiendo para siempre

hasta la playa [3]

Este asunto justamente es el que deben tratar los buenos diarios de escritores, me digo, esa escritura que tendría que parecerse “a la sensación de verse desnudo en público durante un sueño” [4].

Y esto es lo que nos cuenta Harold Brodkey en su libro/diario Esta salvaje oscuridad. La narrativa comienza cuando a Brodkey (a pesar de llevar una vida de casado heterosexual) se le diagnostica que está afectado por el sida (tuvo una previa vida como promiscuo homosexual durante décadas en Nueva York).

Así, lo primero que le evidencian sus afectos es que su tiempo restante de vida se torna -de pronto- “muy confuso, quizá anodino, insulso” [5], y al estar muriéndose, Brodkey (nos) confiesa que no tiene “muchas emociones privadas” [6]. Este es el sentido de este diario para él, el de luchar con arrogancia frente a la pena de la cobardía por la muerte.

Por esta razón este diario es una especie de “esnobismo con la muerte” [7] puesto que a pesar de hallarse Brodkey “coleccionando minutos” [8], los últimos minutos de su vida, sabe que “cierto tipo de frivolidades […] tienen algo de honrado [9].

Este diario es una lucha contra la tortura y la eterna inestabilidad de su mente.  Es tanto una muestra de valor  y soberbia, como un arrebato lírico por saber que todo lo humano puede ser materia para el novelista. Y esta segunda parte es la que a mí más me interesa: que nos comparta el testimonio de cómo “las hojas de los árboles y yo estamos muriendo juntos” [10].

Hallarse en la confidencia de ver a Brodkey “sentirse humo” [11] y notarle temblar y que rápidamente su cuerpo sea en la página un revuelo, por la simple captación del ojo de la parábola de un pájaro en la tarde.

El libro, a medio camino entre el testimonio, el testamento, el ensayo y la despedida, es también una declaración de principios (literarios y vitales), pues Brodkey opina que “desprecio la vida si no puedo vivirla en mis términos” [12].

No hay, quede claro, nada de sentimentalismos, cursilerías o quejas, y eso que tampoco se nos escatiman detalles sobre su enfermedad.

Sí hay, de otro lado, la misantropía marca de la casa brodkiana, por supuesto.

Pero también hay accesos de bondad y humildad, también hay contrición, amabilidad y, sobre todo, amor. Mucho amor a su mujer, Ellen, la cual confiesa que, irónicamente, a pesar de la enfermedad de Harold “nadie creería que es uno de los momentos más felices de mi vida” [13].

Y hay amor a la literatura. Mucho amor al lenguaje, a la palabra, al verbo noble y orgulloso, a la propia obra, pues Brodkey nos confía sin atisbo de duda que tiene total confianza en que “su obra vivirá” [14]. Y más aún, incluso asegura (a pocas semanas de su muerte) que “si me ofrecieran verme libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría” [15].

Se trata -como se ve- de un libro violentamente hermoso, necesario – imprescindible, más bien-, que no busca la comprensión ni el amparo del lector sino su complicidad para que le permita al autor “quedarse solo, enclaustrado en lo real […] en la crueldad y el silencio” [16], para finalmente acabar perteneciendo “por entero a la naturaleza, al tiempo” y así descubrir que “la identidad era un juego” [17].

Es infrecuente y disparatado “que uno pueda disfrutar de su muerte” [18], pero así es, y no sólo la disfruta Brodkey, sino también nosotros, por la sencilla razón de que ya no es vida su vida, sino literatura: es decir, cultura; propiedad de todos.

Y eso es lo que ha de pedírsele a un buen diario, que transmita la auténtica esencia poética de quien lo escribe, que extraiga de las cosas el término que lleva adherido para que podamos empezar a “redescubrir, más acá de su sentido, su figura, y, más acá incluso de su figura, su propia fisonomía” [19].

Es lo que trata de hacer también Richard Brautigan en su libro/diario Una mujer infortunada, pero éste fracasa estrepitosamente.

Él mismo lo sabe y por ello finaliza confesando que  “de verdad lo he intentado” [20]. Y es verdad, se nota, oh, sí, y ahí es donde radica también su absurda grandeza, reconozcámoslo.

Igual que el diario de Brodkey, el de Brautigan se escribe pronto al deceso físico del autor. Si Brodkey murió con 65 años, Brautigan lo hace con 49.

Donde el primero muere de sida, el segundo se pega un tiro en la cabeza con una magnum del calibre 44.

Donde el primero es un autor de culto semifamoso, Brautigan es un autor que ha dilapidado su fortuna [vendió casi tres millones de ejemplares de Trout fishing in America (1967), novela que ha sido recién publicada en castellano por la editorial Blackie Books].

Brautigan es en el final de su vida (y, por tanto, en su diario) puro embrollo, desorden, indisciplina y descontrol. Pero algo importante une su diario con el Brodkey: el anhelo de la eternidad.

Donde Brodkey la busca en la perduración del conjunto de su obra, Brautigan la busca en la vivencia de la casa en la que se ahorcó la extraña infortunada mujer a la que se alude en el título y que ésta compartía con el autor.

En principio, el diario Una mujer infortunada, relata sucesos novelados y no se basa en hechos reales, pero por el dolor que atraviesan las palabras es fácil adivinar que, como acertadamente apunta Rodrigo Fresán, se trata de un testimonio sobre “la imposibilidad de seguir escribiendo y la inminencia de un final inevitable” [21].

Brautigan, igual que Brodkey, se impone una limitación, que es una suerte de metáfora de la muerte: sólo podrá escribir lo que le quepa en una libreta japonesa de 160 páginas (una libreta que, nos dice, le hubo de costar dos dólares con cincuenta céntimos).

La novela/diario termina pues cuando Brautigan llega a la página final de la libreta japonesa.

Entretanto nos encontramos con un Brautigan errático (mi corazón es como una colonia en la luna [22]), dubitativo, contradictorio (“odio viajar, aunque continuamente esté viajando” [23]), paradójico, determinista (“me cuesta creer que las cosas de veras puedan cambiar ” [24]), incrédulo (“debería aprender a nunca fiarme de mis intuiciones” [25]) y excéntrico (siempre me han gustado los cementerios […] he desperdiciado demasiado tiempo […] en cientos de ellos allá por donde he pasado en este mundo [26]).

Un Brautigan que nos habla de sombras y reflejos: de una mujer que se suicidió en la casa que compartían ambos, y también de otra amiga muerta de cáncer; sucesos, empero que no acaban de clarificarse (el autor se disculpa y confiesa su incapacidad para hacerlo: de ahí su manifiesta derrota).

A mi entender, el gran hallazgo de este diario es el torbellino con el que está escrito y que trata de “mantener simultáneamente en marcha pasado y presente” [27].

El efecto es hipnótico y tristísimo, puesto que el diario -a pesar de estar pertinazmente fechado- va y viene por el calendario, hace digresiones aquí y allá, pero ya muy desde el principio intuímos que sólo hay un lugar hacia el que puede ir voluntarioasmente: hacia el fracaso total.

Y es que el diarista ha perdido “el control de los días, las semanas, los meses, los años” [28]. Y así confiesa como se le hace “cada vez más evidente […] que uno no puede controlar la vida y quizá ni tan siquiera preverla, y que ciertamente los designios y presagios son de todo punto ilusorios” [29].

Y el diarista va, sin demasiado motivo ni propósito, de aquí a allá de los Estados Unidos, sube a Canadá, baja, se va a su rancho de Montana, vuelve a la casa donde se ahorcó la mujer infortunada (y misteriosa), y ello porque confiesa el diarista que “siempre soy el último en enterarse de qué pasa en mi propia existencia” [30].

Se podría decir que la gran diferencia entre los dos diarios es que el de Brodkey es una rigurosa confesión de desamparo y silencio, en tanto que el de Brautigan “no exige el privilegio de la soledad” [31], siendo más un grito de impotencia animal, al vacío terrible.

Dos testimonios, no obstante, de ese pequeño saltito que le queda por dar a aquel que está frente al abismo,

del que ya sabe que es un cadáver al que un leve soplo de viento le habrá de matar y que, sin embargo, sigue escribiendo, como si la escritura fuera más importante que la muerte,

confiando en que ello le garantizará la eternidad.

En este sentido,

estos dos diarios son el testimonio de sendas pletóricas victorias literarias,

de puro inapelables.

Un estímulo, pues.

[1] Josefa Contijoch. “Poema 74”, incluido en Congesta. Edicions 62. Barcelona. 1ª edición. Noviembre de 2007. [pág 96]

[2], [4], [5], [6], [7], [8], [9], [10], [11], [12]. [13], [14], [15], [16], [17] & [18] Harold Brodkey. Esta salvaje oscuridad (La historia de mi muerte). Ed. Anagrama. [págs 102, 128, 23, 43, 42,141, 116, 110, 154, 106, 30, 174, 106, 169, 174]

[3] Juan Antonio Masoliver Ródenas. Sònia. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2008. [pág 205]

[19] Xavier Rubert de Ventós. “Llamar a la vanguardia a romper filas”. Incluido en Dios, entre otros inconvenientes. Ed. Anagrama. Barcelona. 2ª edición. Febrero de 2001. [pág 171]

[20], [22], [23], [24], [25], [26], [27], [28], [29], [30] & [31] Richard Brautigan. Una mujer infortunada. Ed. Destino. Barcelona. 1ª edición. Mayo de 2003. [págs 121, 69, 73, 69, 98, 41, 76, 34, 71, 110, 77]

[21] Rodrigo FresánEl hombre que volvió de la muerte. Radar Libros/Página 12.

Anuncios

Comentarios desactivados en Escritor en Allak – Diario(s) del Abismo

Archivado bajo Escritor en Allak

Los comentarios están cerrados.