Escritor en Allak – Antoni Casas Ros es (también) mi amigo

Así que estaba yo la otra tarde pensando

en aquel que escribe las novelas del autor conocido como Antoni Casas Ros, por haber leído insistentemente sobre este nombre en la prensa nacional, y dale, y dale con Casas Ros, y después de haber incluso sabido que el ínclito Enrique Vila-Matas hubo de verse obligado a salir en El País a negar que fuese él aquel al que se ha venido a conocer como Antoni Casas Ros,

y yo pensando, ay, pero qué revuelo… qué desazón que me reconcome, y me dije, pero qué, qué es lo que sucede con este Antoni Casas Ros, por dios, busquemos información.

Se dice (dicen sus editores) que el tipo sufrió un accidente a los 20 años, después de celebrar su tesina (¿tesina a los 20 años?, pensé, pero si eso lleva mínimo 5 años, y suponiendo que haya comenzado la universidad a los 17 -como fue mi caso-, no podría haberla terminado antes de los 22… en fin).

El caso es que el accidente hubo de ser culpa de un ciervo (¿un ciervo?, pensé, esto me recuerda un relato de Richard Ford). Y, además, su mujer iba en el coche cuando se estrellaron y murió (¿un europeo de la generación de los 70´s casado a los 20 años?, pensé, uhm, qué raro…).

Se dice de este autor así conocido como Antoni Casas Ros que escribe en francés y que su primera novela El teorema Almodóvar era tan buena que dos agencias literarias de manera simultánea (una en España y la otra en Londres) aceptaron representarle de manera inmediata (y yo me pregunto, si uno escribe en francés ¿no es más lógico buscarse un agente en el territorio galo?).

Qué raro todo, pensé… porque además al parecer ha sido shortlisted para el Goncourt de la Nouvelle (2009) y para el Goncourt du Premier Roman (2008).

En fin, que después de tanto barullo, y para acabar de liarse todo, vino Ángela a comienzos de semana, y vino de esa cadena de librerías de las que tanto gusta el señor Vila-Matas, con un ejemplar de una novela titulada Enigma, escrita por aquel escritor conocido como Antoni Casas Ros.

Y pensé ¡qué carajo! Leamos de una vez esa novela.

Y así, puedo decir que la novela comienza bien y termina mal. Y no me refiero a la suerte de los personajes (que también), sino a la calidad de la prosa, la eficiencia de la trama y la verosimilitud en general.

Déjenme decirles que la idea que maneja la novela es buenísima, pero que las manos que la escriben, como bien dice Diego Medrano, son puro temblor [1]. Pero ello no porque emocione, sino porque la(s) mano(s) que escribe(n) se tambalea(n).

Esto es lo primero que me llamó la atención de esta novela, y es que parece escrita por dos personas diferentes, pensé, la alternancia de pasajes parece atravesada por dos hálitos diferentes, y no sólo por la diferencia entre diálogos y párrafos, entre introspecciones y digresiones, sino por la pura construcción sintáctica (tómese como ejemplo la página 85).

Y es que vale que se afirme que “la cronología nos importa un rábano” [2], pero las novelas van justamente de eso, y no, que no se puede pretender la sincronía de fragmentos lineales que son, en sí mismos, diacrónicos.

Será producto del trauma del escritor(es) así llamado(s) Antoni Casas Ros, pensé, que ha devenido esquizofrenia.

Pero vayamos a la idea de Enigma: un profesor de literatura de universidad (Joaquim) tiene un síndrome al que llama Enigma y que consiste en que no puede soportar los finales de los libros (de los malos libros, se entiende).

Según Joaquim “los escritores son unos cobardes, abandonan o matan a sus protagonistas, o, lo que es peor, les inventan finales confusos” [3]. Él cree que “ya es suficiente morir en la vida; la ficción, por el contrario, podría favorecer el salto hacia la eternidad” [4] y esto”quizá porque la escritura va ligada al infitinito” [5].

Pues para Joaquim “es preciso haber conocido la desesperación para ser un escritor digno de tal nombre” [6]. Así que se propone un plan: cambiar los finales de los libros. Y persigue con ello “la muerte de la literatura” [7]. Para ello se crea un grupo: Los filósofos del tocador.

La idea es buena, buenísima, fantástica, de hecho, la de “todos los libros reiventándose ellos mismos”, lo que provocaría un “acceso inmediato a la cultura” [8], ese gran libro borgiano que contuviese en sí todos los libros.

Para la culminación de dicho plan se alía con Zoe, una ex-alumna suya, Ricardo, un poetastro asesino a sueldo, y Naoki, una japonesa muda y rica heredera.

La trama, que sucede en Barcelona, es rocambolesca y ya no absurda sino caprichosa, voluble y delirante.

Joaquim se da cuenta de que “la base de [su] rutina residía en [su] rencor” [9] y así, un día, estando en la Barceloneta (sic) y habiendo visto un local que se alquila, tiene la visión de que debe instalar ahí una librería, a la que llamará Bartleby & Compañía (sic). Entonces, de pura carambola se presenta en la puerta Zoe (sic) que acepta de inmediato ser su ayudante y su amante Naoki les propone que monten una editorial. Y aquí aparece Ricardo, que gracias a un poema de Machado (sic) ha dejado su trabajo de asesino/poeta a sueldo (sic), y que ha sido contratado en la Asociación Catalana de Escritores (sic) porque, sin conocerlo, al director de la institución  “le ha parecido detectar [en él] dinamismo, audacia y juventud ” [10] (sic)

La novela, en fin, y no nos andaremos con circunloquios “es un insulto al arte de la novela” [11]. La diferencia con las malas novelas es que en esta se nota que todo está hecho a propósito.  Se nota que quien(es) la ha(n) escrito son buenos escritores jugando a ser malotes.

Y ello se nota en la cantidad de bromas cifradas, y en la deliberada cursilería (insoportable) de algunos pasajes. Como cuando dice que “su silencio interior se leía como un poema” [12] o acaso en este otro pasaje, cuando se afirma “estoy llena de ti, todo el espacio impregnado de tu presencia vibra y me habla de ti” [13].

Y eso que he tomado dos ejemplos de los menos sonrojantes. Pero la novela los tiene a millares.

Aparte de lo mencionado, en la trama se introduce (hacia el final) una nueva subtrama (también aquí una excelente idea) depauperada hasta la anorexia, y que”suena a inverosímil” [14].

La idea es que los personajes de la novela son, a su vez, personajes de ficción (y, encima lo saben). Pero es que, claro, toda ficción tiene sus reglas y se supone que la novela Enigma está siendo escrita por Zoe, pero resulta que Zoe muere antes de que la novela termine (sic).

La novela misma (la novela física que uno tiene entre las manos, la de Seix-Barral) sufre -¡encima!- un atentado perpetrado por Los filósofos del tocador; a saber, que le mutilan el final (le quitan páginas), pero es que antes de ese final todos los personajes (Joaquim, Zoe, Naoki & Ricardo) están muertos (sic).

Se ve lo que se propone Enigma, lo veo, que sí, que sí, que la novela intenta pegar ese doble salto, ese juego maravilloso entre ficción y realidad, pero que no, que no; que no lo consigue.

Y ello, por una sencilla razón: porque se nota que está escrita a contrarreloj.

Sin embargo, si algo bueno tiene Enigma es que le da a uno la clave para entender El teorema Almodóvar (la novela anterior del escritor(es) así llamado(s) Casas Ros), cuando afirma que es “una historia absurda donde un ciervo atraviesa la vida de unos personajes inconsistentes y desaparece para siempre […] una novela sin pies ni cabeza” [15].

Y aún más, cuando afirma que la novela que la precede se basa en “la idea de que no podemos liberarnos de determinados traumas, y de la culpabilidad ligada a ellos, conduce al castigo que permite redimirse [16].

Bien, lo primero que llama la atención de El teorema Almodóvar es que denota cierto parecido con Enigma, y esto no solo en el empeño del autor(es) en que todo el mundo beba cognac (sic), o que todos los personajes (masculinos y femeninos, jóvenes y viejos) se refieran al busto femenino como “pechitos” (sic), sino en la idea misma del trauma.

Y es que es verdad que se apercibe un trauma, pero no el que se cuenta en la solapa del libro (por cierto, ¿hay plataneros en Perpignan?) sino uno de índole emocional, un trauma de niño, y es que ambas obras demuestran una invalidez tremendista para el detalle o el matiz.

En ambas novelas nos encontramos con el modo maniqueísta, de tebeo, diálogos humorísticos que parecen escritos para Muchachada Nui, de aquel que no ha superado (o juega a no haber superado) la llegada de la post-adolescencia.

Un ejemplo: “me hizo jurarle que en caso de separación no colgaría sus fotos en la red” [17]. Y eso lo dice una mujer que le ha dejado a su marido 708 fotos propias y 405 de los dos. Discreción, que diría aquel.

En fin, que pronto se nos hace patente que ambas novelas juegan con el chiste, de índole literario y (meta)literario, de acuerdo, pero chiste a fin de cuentas.

Y es curioso que el protagonista [el propio Antoni Casas Ros] afirme que “estoy harto de tanta cursilería sentimental [18] y, sin embargo, nos deje perlas incomprensibles como la siguiente: “la ceguera es una virtud cuando nos sirve para dejar de fragmentar al otro para con ella imposibilitar todo amor” (sic) [19]. O esta otra: “la guerra no es una balance positivo en una cuenta de banco” [20]

Y hablando de diferencias entre las dos novelas, digamos que si en Enigma el referente más claro parece ser el Boris Vian de Que se mueran los feos, en El teorema Almodóvar nos encontramos con una sospechosa inclinación hacia el disparate chestertoniano, quizá porque “toda armonía es utópica” [21].

Bueno, ello, por supuesto, sin dejar de lado el agasajo interminable, la intertextualidad y el homenaje velado que se le hace a textos, artículos, columnas, modos, opiniones y filias de Enrique Vila-Matas. Aunque bien es cierto que este lisonjeo permanente hacia Mr. Vila-Matas por parte de los autores jóvenes está comenzado a convertirse en malhadada costumbre.

El teorema Almodóvar sostiene la idea de que “basta mirar el tiempo suficiente, para transformar el horror en belleza” [22].Es decir, una idea que podríamos haber sacado de un libro de autoayuda.

Y esto es para lo que, en principio, sirve esta novela, para testimoniar el horror y liberarlo. Sólo que, ni vemos horror, ni vemos sufrimiento, ni vemos la catarsis necesaria para superar el trauma, ni nada de nada.

Lo que se nos propone es evidenciar esa máxima de que “la castidad es la prisión del alma” [23]. O sea, que Casas Ros nos cuenta su biografía novelada a base de sexo. Como si la magdalena proustiana fuese el miembro viril de un travesti (ruego me perdonen la analogía, es que me contagio del efecto Casas Ros).

Y es que la historia va así: un hombre (llamémosle Casas Ros), después de quince años de abstinencia sexual y de estar megatraumatizado por la muerte de su esposa en accidente de tráfico, descubre gracias a tener sexo con un travesti llamado Lisa (pagado por Almodóvar -sic-) la equivocación en la que, según él, hallábase su vida. Entonces aparece un ciervo dios-sabe-de-dónde (pregunta: ¿hay ciervos en Génova?) y se queda a vivir con Casas Ros y el travesti Lisa en un septimo piso (como lo oyen, el ciervo sube las escaleras de los siete pisos “sin esfuerzo” [24]).

Entretanto Almodóvar escribe una película sobre la vida de Casas Ros, se filma la película, Antoni Casas Ros descubre que le “invade una gran tristeza, como si Antoni Casas Ros fuese a desaparecer, como si no fuera más que un protagonista de novela” (sic) [25] y dios-sabe-por-qué Lisa el travesti y Casas Ros deciden marcharse a México. Fin de la novela.

Y es que tiene razón Vila-Matas cuando dice que Casas Ros “desgarra con fuerza el papel al escribir” [26]. Y es que, de hecho, se lo carga.

No el papel, sino la escritura. Porque desde luego que “[su] vientre escribe, [sus] pies escriben, la totalidad sensorial de [su] cuerpo escribe” [27], pero de ahí a decir que esa misma escritura tenga algún valor, hay un larguísimo trecho.

A aquel(los) que dice(n) llamarse Antoni Casas Ros le(s) sucede lo que a Frédéric Beigbeder y lo que a Efraim Medina Reyes, que tratan de enunciar eso tan decadente de Épater la bourgeoisie a base de decir muchas veces polla, polla, polla y cocaína, cocaína, cocaína y, claro, lo hacen a pura fuerza de impostura y vacío.

Porque sí, es la más pura verdad el cierre de El teorema de Almodóvar cuando dice:

“en este instante comprendo por fin las palabras de Juarroz:

en el centro del vacío, hay otra fiesta” [28].

Pues, venga.



[1] Diego Medrano. Martes sin Pajaros. El Comercio. 01-04-2008.

[3][4][5][6], [7], [8], [9], [10], [11], [12], [13], [14], [15] & [16] Antoni Casas Ros. Enigma. Ed. Seix-Barral. Barcelona. 1ª edición. Marzo de 2010. [pág 105, 37, 100, 156, 163, 162, 52, 77, 44, 50, 57, 124, 89, 73]

[2][17][18][19][20][21][22][23][24], [25], [27] & [28] Antoni Casas Ros. El teorema de Almodóvar. Ed. Seix-Barral. 1ª edición. Marzo de 2008. [págs. 20, 39, 112, 91, 93, 18, 72, 88, 85, 130, 75, 141]

[26] Enrique Vila-Matas. El catalán desfigurado. El País. 30-03-2008.

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