Escritor en Allak – (Des)Conocer-se

Fue un viernes santo cuando murió César Vallejo.

El viernes santo de hace 72 años, en 1938, año en el que el viernes santo cayó en el 15 de abril.

Entonces, en 1938, sufrió igualmente Vallejo su calvario atroz, entrando en grave crisis la madrugada del 7 al 8 de Abril, después de un agotamiento físico, y murió de enfermedad desconocida (que luego se hubo de identificar como la reactivación de un paludismo infantil, 25 años después).

Déjenme destacar -sin mayor dilación- la ironía que subyace en la (re)semblanza con el hijo de Dios para aquel (Vallejo) quien amargamente cantó y contó la injusticia divina que convierte la inevitabilidad del mundo en una cárcel del destino.

Y así fue que en Vallejo el drama se constituyó en grito, en “sonido de entera humanidad” [1] y en desgarro, y su voz una melografió Escalas de melancólica denuncia, entregado pues el hombre a la ” trágica disputa con la suerte” [2].

Pensaba en esto mientras leía el otro día La noche del diablo, una excelente novela de ese ácrata amable que es Miguel Dalmau. O más que novela, ese “balanceo entre crónica y relato de ficción” [3] que nos narra -con tintes escatológicos- cómo se vivieron los días de la Guerra Civil en la isla de Mallorca.

En la novela se cuenta un drama, aquel que sufrimos al constatar que “en la vida todo continúa al margen de nuestra voluntad, de nuestros sueños, de nuestros desvaríos” [4] .  Es la historia de un cura, el padre Julián, al que pronto se le encarga ser secretario e intérprete de un temible fascista italiano, el conde Rossi, un “ángel justiciero” [5] y que llega a Mallorca para sembrar el terror, o la justicia, porque, según nos recuerda César Vallejo “Nadie es delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre” [6].

Pensando en esto, en el Mal y en los ángeles justicieros y caídos, y en las espantosamente atractivas fiestas de la crucifixión y el llanto que nos traíamos entre manos, sentí las “caídas hondas de los Cristos del Alma”, así como los “golpes sangrientos” y las crepitaciones de las que habla César Vallejo en su famoso poema Los Heraldos Negros.

Así, tras la pura semana Santa vinieron para mí unos días tranquilos en los que recuperar la cordura, y traté de hallarle el sentido al trágico via crucis del mundo leyendo Escalas.

Y es que, para comprenderla, César Vallejo, en Escalas, también trata de poner la vida del revés. Pero, a diferencia de la estricta vanguardia histórica de la que sería predecesor, la cual se postula como vindicadora de la autonomía del arte frente a los sujetos reales, Vallejo, en este libro (Escalas), utiliza el extrañamiento artístico para realizar una perfecta crítica moral de sí mismo.

Y es que no rehuye la ambivalencia típica de la vanguardia para poder criticar la moral, sino justamente para explorar su reverso.

Así, la base de toda la suave sinfonía de este libro se halla en el hecho de que “un solo gran infortunio puede más que millares de pequeños triunfos dispersos” [7]. Y es esa la condición humana.

Llevémoslo a términos concretos: el libro refleja la impotencia de César Vallejo frente a la estadía de 112 días en la cárcel de Trujillo entre los meses de noviembre de 1920 y febrero de 1921.

El libro Escalas se divide en dos partes: de un lado las estampas líricas (de localización carcelística, además) que conforman Cuneiformes y, del otro, los cuentos basados en emociones psicopatológicas juntados en Coro de vientos.

Escalas es una oda a la sensación de orfandad y al absurdo del hombre en el mundo. La exploración de porqué la única culpa del hombre está mismamente en ser hombre.

Y antes de seguir, resultará útil mencionar ahora la existencia de una reciente corriente científica denominada neuroteología, y que rastrea la base biológica de la espiritualidad.

La sospecha pues, sería que dios esté en nuestra propia mente y en ningún otro lugar. Una cuestión de pura física y ya está: inducción magnética y densidad de flujo eléctrico.

Es decir, la experiencia religiosa (o de meditación) sería una experiencia eminentemente privada, y que puede ser inducida si se conectan unas leves cargas eléctricas en el lóbulo temporal.

Los estudios en el laboratorio demuestran que cuando se producen estas sensaciones de pérdida de la conciencia y, más concretamente, de la abstracción perceptual y el sentido visuoespacial, es porque, de alguna forma, el lóbulo parietal se apaga.

Por decirlo en términos planos:

nuestro yo se desconecta y deja hablar a los otros.

Y esta es la razón por la que el libro de Vallejo está divido en dos partes: en la primera habla el yo, y en la segunda hablan los otros.

En la primera parte, más lírica e introspectiva, todavía quedan vestigios del yo del poeta Vallejo, que son explorados desde adentro de los muros de la cárcel (y lo  hace Vallejo desde la memoria, barajando los recuerdos moribundos; aquí el tono fatal de nostalgia presiente su muerte).

Los temas centrales son aquellos del sentimiento religioso: el pecado original, la injusticia, el paso del tiempo y el deseo.

En Coro de Vientos, la segunda parte del libro, de índole más narrativa y carácter puramente contemplativo, Vallejo se convierte en un mero testigo ausente (pues yace más allá de la muerte) y da cuenta de lo que habita del otro lado del muro. Analiza así la alegoría, la que revela la farsa, la que no puede “negar la verdad” [8].

Vallejo explora lo que queda más allá de los sentidos, la doblez catedralicia del esquema político, religioso, artístico y filosófico de su tiempo.

“La muerte-la vida” [9] es la dicotomía sobre la que se manejan los relatos del segundo bloque de narraciones, Coro de Vientos, pero también la razón y la cordura, el amor y el desprecio. En resumidas cuentas: “El doble valor de [la] conducta” [10].

Aquí ya sólo queda la lógica fatal del mundo triste (un mundo sin el arte, se entiende) donde apenas campa “el horror […] el olvido visionario” [11], “el redolor de [la] felicidad trunca” [12].

No se trata de que “Todo está en el corazón del hombre” [13], sino de que es el cerebro el que crea ese “rehílo telescópico de pestañas” [14], al modo como la mente crea a dios. En otras palabras, cuando se desactiva el surco intraparietal  que contiene nuestra experiencia de la individualidad, se activa la presencia de la colectividad.

La idea de dios que tenemos en nuestra mente es equivalente a la idea de lo totémico, lo gregario y lo universal, y sucede cuando la vida es sin nosotros, que se convierte en “un dulce sueño” [15].

Por ello no es casual que fuese Aldous Huxley quien acuñó el término neuroteología, en su libro Island (1962), dando nombre a algo que luego desarrollarían los científicos (mayormente en los años noventa y en el marco de la ciencia de responsabilidad legal)  y que posee intensa raigambre en las experiencias sensoriales estudiadas por el escritor inglés en su anterior libro The doors of perception (1952) y que quedan enmarcadas en el ámbito de las sustancias psicodélicas.

De ahí que un visionario como Vallejo, adelantándose con mucho a la ciencia y al propio Huxley, investigara en Escalas (el embrión para su obra maestra Trilce) los efectos que se producen en el hombre cuando se le anestesia la individualidad.

Y es ésta una buena lección que habla también de la pertinencia de este libro de la editorial Barataria para afrontar el momento actual, cuando desde diferentes múltiples frentes se reclama la presencia de las ciencias naturales en la práctica literaria.

Pues aquí lo tienen, amigos, y les recuerdo que el libro se publicó en 1923. Les recuerdo también que se lo tuvo que (auto)publicar el mismo autor.

Y es que por aquel entonces no existía esa maquina del Mal y la infamia humana que es Internet.

[1], [2], [6], [7], [8], [9], [12], [14] & [15] César Vallejo. Escalas (melografiadas). Prólogo de Patricia de Souza. Ed. Barataria. Barcelona. Marzo de 2010. [pág 20, 103, 14, 108, 90, 55, 54, 52, 96, 93, 31].

[3] Ricardo Senabre, sobre La noche del Diablo, de Miguel Dalmau. El Cultural. 26-06-2009.

[4] & [5] Miguel Dalmau. La noche del diablo. Ed. Anagrama. Barcelona. Mayo 2009. [pág 81, 65]

[13] Miguel Dalmau, en entrevista con Marta Caballero. El Cultural. 30-04-2009.

ecstasis

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