Escritor en Allak – De cuando las palabras (no) te obedecen

Para aquellos que guarden memoria de las cosas

(y si no para eso están las hemerotecas),

confío en que recordarán cuando Juan Marsé -al respecto de la premiación de la subterránea calidad de las obras presentadas al premio de novela Planeta 2005-,

y esto a punto de presentar su renuncia al mismo, dijo que:

“mintiendo no hago ningún bien ni a los premiados ni a mis compañeros del jurado” [1].

En esto estaba pensando esta tarde, y estaba con Ángela en la Biblioteca Jaume Fuster, en la plaza Lesseps, pues habíamos ido a escuchar al catalán Jordi Puntí, autor de la novela Maletas Perdidas,

que conversaba con el periodista Albert Lladó.

Puntí andaba contando las peripecias vitales que le llevaron a la organización del material para su última novela y, también, desgranando los crecientes retos que se le plantearon en cuanto a la estructura narrativa de la misma.

Pero, por sobre todo, hablaba de la seriedad en la escritura.

Y es que la novela le ha llevado como siete años poder terminarla (y ello gracias -también- a varias becas de creación).
Por alguna razón, mientras hablaba Puntí, me acordé de otra frase de Marsé que, quizá como réplica, me pareció oportuna: “las buenas intenciones no tienen nada que ver con la buena literatura” [2], dijo el escritor catalán en 2005, otra vez cuando se produjo su estampida del premio Planeta.

Y allí estaba yo, esta tarde de jueves, inquieto al verme poseído por la telaraña de recortes de prensa que, en mi cabeza se comenzaba a formar, y que me traían como interlocutor a Juan Marsé, en tanto que escuchaba a Jordí Puntí, y ello sin falta de delectación por mi parte hacia la exposición de este último, que hablaba con ameno y sabio rigor de su particular lucha con el lenguaje para que éste se aviniese a decir lo que él quería.

Y relataba Puntí, cómo no, con humildad, parte de sus fracasos, anotados en su cuaderno de trabajo.

Como supongo que a las mentes (a la mía al menos) les gusta la mimesis, y Jordi Puntí acababa de contar el momento en el que encontró que el mejor modo para contar su historia sería la de una primera persona narrativa (plural) “al estilo de los Platters”, en mi caja craneal apareció el rebote de una tercera voz, que resultó ser la del mismo Marsé, pero travestido de Ezra Pound, y que me dijo que “el esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor” [3].

Albert Lladó, que al parecer quería también sumarse a la fiesta de voces en mi cabeza, sentado en la mesa, entonces le recuerda a Puntí unas declaraciones que hizo éste en la prensa y en las que decía que “los adverbios son el refugio de los cobardes” [4] y yo, para no quedarme a la zaga, localizo en mi memoria reciente otro recorte de prensa de las declaraciones que un empleado de la editorial Tusquets hizo estos días, cuando dijo: “estoy radicalmente enfadado con la realidad, pero no soy moralista” [5].

Al tiempo, Puntí habla (me habla) del lenguaje falaz y malintencionado del político, cuando usa el tramposo adverbio y dice “evidentemente… creo”. Y lo que sucede es que no cree nada de nada (el político), sino que miente.

Y aquí viene de nuevo Marsé a metérseme en la cabeza y argumenta: “será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo” [6].

Y como para querer finiquitar la conversación, una nueva voz, que parece la de un hombre viejo y cansado, venida de otro recorte de prensa (o quizá de la ultratumba), y que se parece bastante a la de Vicente Verdú me dice que [en las novelas actuales] “la narración se extravía y la literatura -o lo que sea- desaparece sin honor” [7].

Tratando de entender qué me está pasando en la mente en esta tarde de jueves, le ruego a Ángela que salgamos a la calle a fumar, pues, además, ya sin que nos hayamos dado cuenta, se ha terminado el acto.

En el bar cojo un periódico mientras tomamos un café con leche y se me enciende la luz roja de alarma; todo se me hace clarividente, se descubre entonces mi sospecha.

¡Ajá!

La clave toda del misterio se halla en un titular de prensa que no parece guardar demasiada relación con los acontecimientos de mi cabeza de hoy, titular que leo bisbiseando y que dice:

“Roban una campana de 500 kilos en una ermita de Quart” [8].

Sigo leyendo más y descubro que el rector de la ermita cuenta que hace varios días que no visitaba la ermita y que al volver a ella, se encontró con que la campana fundida en bronce (de 500 kilos) ya no estaba.

Ajá, bingo, me digo. ¡Bingo!

Prestidigitación, engaño, camelo, eso es. Magia blanca, ¡magia blanca! grito mientras le pregunto a Ángela si lleva de casualidad en el bolso algún manojo de ajos para zanjar definitivamente el tema.

Y es que en ese mismo instante entiendo lo que me ha venido sucediendo estas últimas malas noches anteriores, que:

“en el corrompido viento de marzo /

enumero los males de los días descifrados” [9]

Lo diré más claramente:

que después de esperar por la delicada belleza e intensidad del final de algo similar a À bout de soufflé en mis lecturas de las pasadas noches, o algo así como la inteligencia -“plagiada” [11] – de la trama de las novelas de George Simenon,

en la novela que se ganó el V Premio Tusquets de Novela y que he estado leyendo con temblores en estos días pasados, no he encontrado lo que esperaba.

O sea, que de la campana de bronce -¡de 500 kilos!-de acerada literatura que hubiera debido hallarse entre las tapas negras, me descubre mi mente -con sorpresa- que nada de nada, que lo único que se puede decir de dicha novela es que “It’s written as if by a child” [10].

Claro, pues, me digo, ¡claro! esto es lo que me ha venido irritando insistentemente en los últimos días, y a lo que responde la provocación encrespada y final del vocerío en mi mente en esta tarde de jueves, pues de la “sabia estructura” [11] que me prometió Marsé, en la novela, no recuerdo haber visto más que una burda trama lineal, y que de  la “magnífica resolución” [12] de la que también hablaba Marsé, no he hallado más que un pueril deus ex machina.

En el personaje así llamado Julio Andrada (el protagonista) y del que su autor presume que es un ser atormentado, que tiene doble moral, y es turbio y complejo yo sólo he visto un”personaje de programa cómico” [13].

En fin, que como podrán imaginar, pues me ha traído un susto de muerte descubrirlo, así, esta tarde, de puro sopetón: el saberme cobaya para un experimento de magia blanca literaria.

Y eso, pues no se le hace a los lectores, señores míos de la editorial Tusquets, que somos material sensible (y en peligro de extinción).

Porque esta tarde me he dado cuenta de cómo andaba yo preparando todo mi armamento dialéctico para resistir el embite de lo que se anunciaba iba a ser una espectacular novela existencialista;

y allí me hallaba a la espera de la confrontación: yo armado con mi moleskine rabiosa, en la que dar cuenta de esa honda carga de denuncia social que se decía traería la novela, y esperaba tener que vérmelas con la conciencia política Camusiana y el reto de una trama desafiante al estilo de Simenon, y también -oh, sí- de disfrutar con ese otro poquito de exótico costumbrismo bonaerense que ahora tanto nos gusta… y esa otra pizca de conciencia culpable de clase…. y, y, y, al final resulta que…;

pues nada,

que debo hacer un acto de contrición y confesar que he acabado desternillándome con las humoradas del protagonista, el así llamado hombre hecho-a-sí-mismo Julio Andrada, y es que su histriónico maniqueísmo, bienintencionado y bobo, como diría aquel, nosepuéaguantar!

Y, claro, al no haber dado con esta respuesta antes, me he visto obligado a sufrir ese malestar silencioso durante todas las noches anteriores de esta semana, porque yo me esperaba una novela negra, llena de tensión y drama, intensidad, intriga e infiernos, y me he encontrado con una sombra chinesca chestertoniana, divertidísima e hilarante, eso sí, pero, claro, casi me da un infarto en el ínterin, tratando de sobrellevar en silencio, noche tras noche, este “corrompido viento de marzo” .

Qué peligro, pienso, que las palabras no te obedezcan… cuando resulta que pretendes aclararte algo a ti mismo.

Y me digo que si ahí ya es crucial y dificilísimo, ya no hace falta imaginar lo terrible que es cuando uno ha de transmitir eso mismo  (que uno siquiera acierta a pensar cabalmente) a los demás, pues claro, cómo no errar a veces el tiro…

Por ello me embarga un sentimiento de que esta “interrogación  [contra mí mismo] no parece tener más efecto que el de destruir[me]” y que, por consiguiente, no debo demorar un segundo más y tengo que abandonarme con valentía de nuevo -y rápidamente- a otro libro más prometedor, tentar -como quien dice- a “ese infierno [que] es el subsuelo de uno mismo” [14] .

Tratar de encontrar(me) así en esos recortes de periódico múltiples que son las lecturas de los libros de los otros.

Pienso que debo -con premura- conceder que  en parte “mi fastidio es fingido” [15] y, del mismo modo que Perec anotaba sus sueños con el propósito de crear lo que él llamaba su autobiografía nocturna, debo crear yo mi vida nocturna de páginas leídas y que me sirvan estas lecturas en la noche para “contarme, para explicarme, e incluso para transformarme” [16].

O, al menos, que nadie pueda acusarme de no haberlo intentado.

Así buceo entre los libros que me quedan al alcance de la mano y, de una vez, leo entre líneas un aserto que dice que “nunca se le hubiera ocurrido que la vida de alguien que pasa su vida entera en un escritorio pudiera ser interesante” [17].

Y como quiero saber quién es el que así habla, me zambullo en las páginas de El oficinista, de Guillermo Saccomanno.

Pronto descubro la existencia de un hombre gris, rodeado de muchos otros hombres grises que trabajan en “escritorios ataúdes” [18] y que demora más allá de lo razonable sus horas en la oficina, pues “prefiere retardar todo lo posible la vuelta al hogar” [19].

Un hombre que cree que “el peor castigo que puede infligirse  a alguien [es] quitarle toda su ilusión de vanidad” [20]. Un hombre que, para borrarse del mapa, se da cuenta que “será más fácil si piensa que es otro” [21].

Así, lo que comienza con una atmósfera muy parecida al Bartleby de H. Melville, va dándonos muestras de una especie de híbrido entre la ciencia ficción mezclada con una distopía laxa, que no puede ser considerada como antiutopía, según se anuncia en la contraportada, puesto que lo que más fuerte late tras la novela es la fatal resistencia a la tentación del suicidio.

Encontramos en la novela recuerdos de los mundos de Huxley y Ballard, reminiscencias de Angosta, de Faciolince, pero, sobre todo, lo que nos subyuga son los asfixiantes ambientes kafkianos y una cierta propensión generalizada a la maldad rusa dostoievskiana.

Y lo que es el ineludible esqueleto de la narración: una variación sobre la teoría del amor que (re)elaboró Carson McCullers partiendo de las ideas de Platón en su Ballad of the sad cafe.

Es esta novela (El oficinista) de Saccomanno,  de algún modo, epigonal a sus referencias; una novela en la que todo aparece abocado al fracaso y al abismo de esa “pereza con la que nos abandonamos a la degradación” [22].

Por suerte, enseguida descubrimos que queda un resquicio, una esperanza, pues al oficinista “el amor le ha enseñado que puede cambiar” [23].

Y es esto justamente lo que mueve la acción y lo que nos salva de la desesperación angustiosa de la lectura del libro.

Así, el amor que siente el oficinista por una secretaría, forjado en una sórdida noche de lágrimas y soledad, le previene al oficinista de seguir moviéndose en ese mundo hostil en el que es tratado igual que un número en el trabajo, y en el que es manteado y vilipendiado por su mujer y sus hijos.

El “componente demencial” [24] del amor permite que en la personalidad del oficinista aparezca el otro, “el niño […] que no es responsable de sus actos” [25].

Y es este el leitmotiv de la novela: que al robot que es el oficinista le aparezca una “falla motriz” [26], y se tambalee. Así, la novela se convierte en una fábula de exploración de la otredad, de la doblez que hay en cada una de las identidades de los seres.

La novela, así, paulatinamente, se enfanga en el cruzamiento de dos filosofías en principio separadas y que se van combinando en la figura del oficinista: la de matar o morir y la someterse y sobrevivir.

Deseo contra amor. Esperanza contra desidia.

Y en la carrera imparable y ascendente en la que se sucede la novela, la cobardía del oficinista muta a promesa y la tormentosa espera borbotea de futura trascendencia, y así todo se resuelve en una máxima, que es que “el amor le hace ver a uno las cosas de otra manera” [27] y una certeza, que: “sin el otro no somos nada” [28].

El gran logro de la novela, más allá del desinterés que nos provocan los actos terroristas, las lluvias ácidas, la represión policial, los perros clonados y la sempiterna presencia de los helicópteros, es que todo esto, conjuntamente, trabaja para crear la ilusión de una atmósfera en la que la gran tragedia es que “el despierto sueña que está despierto” [29].

Así, puedo decirles que lo que esta semana saco del aprendizaje de mi autobiografía lectora es que quizá lo importante no sea tanto que las palabras le obedezcan o no a uno, pues la literatura no acaba de ser rigurosamente el trabajo de un domador de indisciplinadas fieras.

Lo que a mí me importa de veras de las palabras es que bajo ninguno concepto revelen “la ociosidad, el parasitismo, el culto del interés egoísta […] la falta de disciplina, la pereza y la verborrea” [30], porque, en el fondo, hay una sola y única verdad y es que todas (absolutamente todas) las palabras lo son “de nuestras provisorias imágenes” [31].

Y al dueño de esas imágenes se le debe conceder que las trate de poner en palabras solo y cuando suceda que lo hace porque “no aguanta más” [32].

Así es como me parece que debe de ser, sí.

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[1] & [2] Marsé dimite como miembro del jurado del Premio Planeta. El Mundo.es / Cultura. 19-Octubre-2005.

[3] & [6] Juan Marsé [Discurso]. Ceremonia de Entrega Premio Cervantes. 23-Abril-2009.

[4] Jordi Puntí, en entrevista con Carles Geli. Escribir es escoger el verbo. El País. 26-02-1020.

[5] & [11] Sergio Olguín en entrevista con Rosa Mora. “Estoy radicalmente enfadado con la realidad”. El País. 01-Abril-2010.

[7] Vicente Verdú. Refritos de la Narración. El País. Cultura. 01-Abril.2010.

[8] Roban una campana de 500 kilos en una ermita de Quart. El Periódico. 01-Abril-2010.

[9] & [31] Salvatore Quasimodo. Ya vuela la flor seca, de Nuevas Poesías (1936-1942)  &  “Color de lluvia y de hierro”, de La vida no es sueño(1946-1948).

[10] George Simenon, interviewed by Carvel Collins. The art of fiction nº 9. The Paris Review, Summer 1955. [pág 17]

[11] & [12] Sergio Olguín contra el desierto. JorgeLetralia. Diciembre de 2009.

[13] Sergio Olguín. Oscura monótona sangre.V Premio Tusquets Editores de Novela. Ed. Tusquets. Barcelona. Marzo de 2010. [pág 179]

[15] & [16] Georges Perec. Nací (textos de la memoria y el olvido). Adaba Editores. Madrid. 2006. [pág 12, 78]

[14], [17], [18], [19], [20], [21], [22], [23], [24], [25], [26], [27], [28], [29] & [32]Guillermo Saccomanno. El oficinista. Premio Biblioteca Breve 2010. Barcelona. Febrero de 2010. [pág 21, 13, 156, 17, 21, 37, 46, 59, 167, 169, 161, 175, 192, 186, 173]

[30] Ariadna Efron. Marina Tsvetáieva, mi madre. Ed. Circe. Barcelona. Diciembre de 2009. [pág 21]

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