Escritor en Allak – El talento funeral

“Cualquier estupidez puede propiciar la escritura de un libro” [1],

dice Salvador Moré, como para justificar su culinario ejercicio de llenar las páginas de su (pseudo)opúsculo La cocina del Raval.

A mí, que me gustan mucho las estupideces, el libro me ha abierto las carnes (las del hambre), más allá de “su buena dosis de narcisismo y nada más” [2], que parecen ser las razones primigenias por las que el autor justifica haberlo escrito.

Y así durante estos últimos días me he entregado a los placeres de esas “recetas sencillas con ingredientes fáciles de encontrar para digerir mejor la globalización” (del texto de la contraportada);

aunque será que no me ha hecho demasiado efecto el deseo propuesto por Moré (y que igual evidencia la estupidez de su libro) porque yo, contra el cosmopolitismo de mesa y mantel, me he dado con alegría y de bruces con la barretina y el castellet.

Vean, como ejemplo, mis habas a la catalana –free style, eso sí-

(explicadas en la pág 21 del libro):

Consciente del lugar de lo culinario en la escala de la literatura (y de la vida), y como para acabar de situar contextualmente su libro, concluye  Moré que “Las recetas son el último paso que empieza en los narradores” [3].

Pensando en esto,

y en el final no tanto de la era escrita sino en el de la inteligencia misma (que ha llevado el pensamiento a la fichita de coleccionable), he recordado con pesar unos versos de Maria Ángels Anglada (quizá también en nostalgia de cierto cosmopolitismo barcelonés) que dicen así:

“cremar en focs tebis de tardor / un parpelleig de primavera”  [4]

[quemar en tibios fuegos de otoño / un parpadeo de primavera].

Y es que -me- da la sensación (constatable) de que nuestra sociedad se halla justamente prendida en un incendio tedioso donde, a veces (ah, tan pocas veces!), brilla con vigor fútil el florecimiento mínimo de la incauta esencia de la vida.

Se dice que el genio individual no se halla(rá) por ninguna parte y es que, quizá, sea cierto su reverso: esa formulación que sostiene que el talento se impregna por dóquier, en cada cuerpo y cada alma (como quien dice); a saber, que todos tienen talento, sólo que sucede que bien pocos saben para qué.

Ese parece ser, al menos, el motto sobre el que indaga Alberto Olmos en la tediosa El talento de los demás, una novela construida en base de  lo que podrían ser (más o menos) tres nouvelles, sin mayor solución de continuidad que un nombre: Mario Sut.

La idea, que no deja de pecar de superficialmente provocadora, y tener mucho de ese aire à-la-lenguadetrapo, es brillante, de hecho, como todo lo que hace Olmos.

Pero el pecado es de forma y, sobre todo, de bilis.

Me explico: la novela de Olmos habla del talento, sí, del talento de los otros, sí, pero habla en términos de ese “triunfo del odio sobre el odio” [5]. Y, así, se regodea el escritor -más concretamente- no en el talento, sino en los aledaños del talento: en su sombra y representación.

De hecho, las partes primera y última -de tres- son las novelas (fallidas) escritas por dos de los infames protagonistas del grupo de wannabes del arte de la segunda parte (Alberto & Martín).

Cierto que la novela es ambiciosa y valiente, pero nunca puede ser arriesgada.

Y no tanto por la banalidad de su argumento, sino por la contradicción en la que se fundamenta, que “todos los triunfadores son farsantes, personas que simulan su discurso, ventrilocuos de la verdad ” [6].

Al proponer formalmente lo que se repudia en ella, la novela se destruye a sí misma como artefacto de peligro y se constituye en pantomima de su genuina crítica.

Lo diré en otros términos más sencillos: Olmos, que para nada es ingenuo en sus actuaciones, lo que hace es no sólo decirle al tonto lo tonto que es, sino emular los efectos de su tontuna. Y eso se llama, aquí y en Sebastopol, abusar de los chiquillos.

Porque incluso es Olmos tan listo como para evidenciar los errores clásicos que comete el bisoño narrador de historias: la magnificación de los símbolos, la construcción de un ridículo pasado trágico para el protagonista, el riego constante, desmedido  y chiripitifláutico del yo vulgar que se transforma en el de un enfant terrible de pacotilla, el paralelismo del categórico signo externo como metáfora de un estado del alma, etc etc etc

Mi reparo, además, viene con la constatación de que la novela pone de relieve todo lo abyecto que tiene aquel que deambula por el talento, porque es cierto que sí, que lo que “sobra(ba) era el talento. El de los demás”. [7].

Sólo que tener talento nunca significó que se pudiera utilizar para algo provechoso, bello o sencillamente ameno o relevante o pródigo.

Y esto es lo que demuestra con inteligencia Alberto Olmos. Pero es que esto ya lo sabíamos: que el talento, chico, per se, es inútil.

Como el mismo Olmos propone en la novela: “El genio no es elegirse genial y acertar; el genio es elegirse genial y posar “[8].

El talento de los demás son 318 páginas de complaciente y estéril pose genial.

Diré por último que me llama la atención el parecido (pálido) que tiene la estructura de El talento…

-y también en la musicalidad (en igual nota de la escala, pero en tono menor)-,

con la de Los detectives salvajes de Bolaño

(se siente el hálito caliente del chileno, caliente… como esa misma sombra del talento que huye despavorida frente a la barbarie) .

Y aún más, la similitud de la segunda parte de la novela, de ese Madrid de la primera década del siglo XXI con el Londres de los 90 de Antonio Álamo.

En fin, misterios del así llamado talento:

“Y es que, a veces una novela o una canción también tenían el que ser simbólicamente superficiales para parecer profundas” [9].

Pero es que, como todo el mundo sabe, entre el talento y la genialidad hay un matiz, muy tenue, vaporoso como todo arte mayor;

una ligera gradación sublime, pero que hace que el genio alcance una categoría superior a la del resto de los talentosos mortales.

Y la razón es que el genio no ha “nacido para lo superficial” [10],

porque en el arte lo que importa es “la obsesión desaforada, la presencia del maniático detrás de la obra” [11].

Así, buscando la agudeza del limbo, me mudo a la parte más alta de mi biblioteca y, de puntillas y muy erguido, leo Dublinesca, la última novela de Enrique Vila-Matas.

Como bien dice Masoliver Ródenas en el Cultura/s de La Vanguardia de esta semana, no se puede hablar de la mejor novela de Vila-Matas, por la sencilla razón de que todas lo son.

Y esto es verdad y es mentira.

Es cierto que, en cada momento de su carrera, Vila-Matas ha ido dando saltos mortales en el vacío y superando no sólo el estado imaginativo de sus coetáneos, sino su propia inventiva, yendo siempre, como decía John Cheever, “más allá” de su época [12].

Pero es que en Dublinesca se produce un interesante nuevo estadio en la obra del escritor catalán.

Y esto atiende a diferentes factores: cambio de domicilio, abandono de la bebida, cambio de amigos y muda de editorial. Aunque, a mi parecer, lo más importante es que, al fin, como todo genio, Vila-Matas se confronta a sí mismo, libre ya de ataduras, sin vergüenza ni temor a hallar el intrínseco vacío que implica todo hallazgo de la verdad.

Hasta este momento su obra estaba fundamentalmente regida por personajes que servían para la vehiculación de un contenido y que, en bastantes ocasiones, avanzaban en el abismo con cierta torpeza o desmesura; y dejémonos  de metaliteratura y zarandajas, simplemente lo que hizo Vila-Matas con su obra fue que le inventó una forma contemporánea a la clásica novela de ideas.

Una veces la construyó con una prosa ebria e incluso deslavazada, pero siempre obtuvo resultados generales pertinentes  y legítimos. Ahora bien, para que su excéntrico formato alcanzase las beldades de auténtica buena nueva (y así cumpliese el zénit hacia el que se dirigía) necesitaba de un personaje convincente y trágico.

Y este es el gran hallazgo de Vila-Matas en Dublinesca: Samuel Riba.

Digamos que sigue siendo cierto que su sintaxis está construida por las citas [13], pero ahora su narrativa ha encontrado un nuevo centro, que en armónica simbiosis, y de una vez, funde tradición y vanguardia, modernidad y presente, y le da un futuro plausible (¡por fin!) a la narrativa en castellano.

Y esto, además de gracias al encuentro de Vila-Matas con un verdadero alter-ego (y no algunos de los aviones de papel que antes le hacían de soporte), viene dado por una prosa contundente, firme, que embriaga no por el acohol que la contiene, sino por el néctar que el escritor, en la cima de sus poderes de control narrativo, le insufla con vitriólico ardor callado.

Porque hablar de Samuel Riba, el editor protagonista de la novela de Vila-Matas, es hablar del mismo autor y, al tiempo, de toda una época que se hunde y que, gracias a Dublinesca, encuentra un mínimo hueco por el que salvarse.

El argumento es sencillo: Samuel Riba, editor de sesenta años, otrora adalid de la edición literaria y dueño de una editorial de prestigio, tras haber vendido su editorial hace dos años, está sin nada que hacer, lleva 26 meses sin beber y se está convirtiendo en un hikikomori.

La novela, en su sentido más plano, puede leerse como la epopeya cotidiana y paródica de un jubilado sin mucho que hacer que se inventa un funeral simbólico para matar el tiempo, puesto que “después de todo, la vida es un ameno y grave recorrido por los más diversos funerales” [14].

En su sentido más trágico, puede verse como el responso terrible de una época que va de la epifanía literaria de Joyce a la afonía del agónico Beckett. De la literatura sagrada a la constatación del vacío. Un viaje desde la ciudad hacia la oscuridad. El movimiento melancólico de Barcelona a Dublin, o como dice Samuel Riba “el salto inglés“, es decir, un movimiento hacia Nueva York.

Dublinesca es una reflexión sobre la vejez y las desapariciones, una celebración de la crisis, entendida como “proyección de nuestra angustia existencial” [15], una constatación de ese apocalipsis que “ha estado siempre, en todas las épocas” [16] y, finalmente, una llamada a “los escritores verdaderos y los lectores con talento” [17].

Pero también es una enorme historia de amor, pasión y fidelidad, y un homenaje al apoyo brutal y definitivo de su esposa, Paula de Parma, sin la cual, estamos seguros (y se lo agradecemos),  jamás hubiese existido este libro y puede que ninguno de los muchos anteriores de Enrique Vila-Matas.

Y como ambivalente obra de significados múltiples que es, también Dublinesca representa un tranquilo paseo por las veleidades humanas y, como siempre, constituye un nuevo recuento valioso de heteróclitos escritores salvajes.

Dublinesca, en otro plano, significa la emancipación del sueño luctuoso que ha llevado a la razón de la humanidad del siglo XX no ha producir monstruos sino infames teóricos. Por ello es un paródico y muy serio funeral en favor de Barthes y Deleuze y Lyottard y Vattimo y toda la pandilla de sublimes teóricos de la nada y aquellos que, en las prácticas literarias, les sirven de epígonos.

Una novela sobre la ineludible premonición del destino: del genio, pues.

No les contaré el final y habrán de descubrir Vds. mismos si finalmente Samuel Riba encuentra al autor genial que lleva buscando toda un vida.

Sólo añadiré que como parte del homenaje, Ángela y yo hemos celebrado esta tarde de jueves (ayer, en realidad) también nuestro particular funeral por la era Gutenberg (con té y Guinness, claro),

y hemos gritado bien alto, bien alto y fuerte, con Vila-Matas, James Joyce, Samuel Riba y Philip Larkin y con John Ford:

“¡Somos nosotros, estamos aquí!” [18].

*

*

*

*

*

*

*

*

*

*

*

[1], [2] & [3] Salvador Moré. La cocina del Raval. Ed. RBA Libros. Barcelona. 2006. [págs 157 & 149].

[4] Maria Àngels Anglada. “El vent”, incluido en Poesia Completa. Edición a cargo de D. Sam Abrams. Ed. Vitel.la. Bellcaire d´Empordà. Noviembre de 2009 [pág 72]

[5], [6], [7], [8] & [9] Alberto Olmos. El talento de los demás. Ed. Lengua de Trapo. Madrid. 2007. [págs 228, 204, 55, 202 & 205]

[10], [11], [12], [14], [15], [16], [17] & [18] Enrique Vila-Matas. Dublinesca. Ed. Seix Barral. Barcelona. Marzo de 2010.  [pág 248, 156, 312, 170, 121, 120, 119 & 325]

[13] Enrique Vila-Matas, en entrevista con Antonio Baños. Revista Qué Leer. nº 153. marzo 2010. [págs 56-60]

Anuncios

Comentarios desactivados en Escritor en Allak – El talento funeral

Archivado bajo Escritor en Allak

Los comentarios están cerrados.