Escritor en Allak – Pero, qué perros verdes son esos…!

La singularidad es, de hecho, lo que debe considerarse –con justeza- normal;

a qué sino se forman los colectivos que persiguen un mismo fin peculiar, o aquellos que albergan unos mismo ideales diferentes o los rebeldes que gustan de los mismos patrones disconformes

Este es el caso exacto de la anciana china así llamada Zhang Ruifang y que a más de contar con 101 años, sucede que le ha salido un cuerno de color negro (de 6 cm) en la frente.

Lo explican los médicos, es cosa de la queratina, y no hay en ello mayor anomalía destacable o cuestión sobrenatural; es algo que, al parecer, se debe a la naturaleza de su avanzada edad y no es sino un tumor benigno.

Los científicos pues, lo resolverán con un estudio histopatológico que determine las –posibles- dermatosis precursoras sufridas por la anciana.

La moraleja es clara: algunas cosas nos suelen parecer singulares, pero esto es porque las vemos aisladas y porque tampoco nos hemos detenido a juzgar sus circunstancias previas.

En suma: el desconocimiento es lo que instaura –como postulable- la pretendida anomalía. Así, lo que en múltiples ocasiones se nos vende como perros verdes, no son sino productos de la más estricta normalidad y que provienen de un proceso común perfectamente explicable: la autocategorización.

Es lo que pasa hoy con la literatura, sólo que, al revés. Es decir, que se nos venden como normal lo que no son más que muchos perros verdes, rodeados por miles de adláteres perrunos, a más de hambrientos y desbocados (y, tristemente, con una historia vulgar y plana que se disfraza de elefantiasis).

Porque lo normal es lo bueno, lo estimable, y lo de calidad.

Esa es la norma (sólo que se la mantiene en precavido confinamiento). Y en literatura pasa como con la economía, que es “es un juego de símbolos y metáforas” [1], con una semiótica manipulable, por tanto. E igual que a esta última ha sucedido que “lo [literario] está fuera de lo [literario] y entra en el campo de lo emocional, lo novedoso [2].

Sólo así se explica que se haya convenido en llamar normal en literatura a ese mundo al revés, saturado de títulos sobrantes, que sólo sirven para alimentar la farsa del consumo y cuyos argumentos de marketing sustituyen la elegancia por la –falsa- franqueza, y lo exclusivo por lo –falso- común.

Porque se ha sustituido probabilidad por posibilidad.

Con la primera uno sólo puede especular, en tanto que con la segunda, la opción al sueño es inexcusable. Y esto es lo que, en principio, debería diferenciar a la literatura del consumo. Pues el consumo no es más que el paroxismo al que nos lleva el miedo contemporáneo. Y la gente sigue consumiendo literatura por la única razón de que sienten el temor de que si no se alimenta el mercado ésta (la literatura), por asfixia, fenezca. Es lo que se nos quiere hacer creer desde todos los ángulos del sistema.

Pero, como bien dice Antonio Baños, en su libro La economía no existe, “el consumo es -en sí mismo- un producto, una performance […] no es una opción, es una constante cósmica” [3].

O sea, que de lo que tenemos que darnos cuenta es de que el hecho de ocuparnos de los libros en los términos económicos, supone su anulación identitaria. De ahí la necesaria recuperación de esa idea de la gratuidad que defendía Jaime Gil de Biedma.

Es así, que “si piden crédito, dad descrédito” [4].

Pues contra lo que pueda parecer “no hay pues reglas […] que no sean revocables. Y ésa es nuestra esperanza” [5]. Nuestra esperanza es llamar de una vez a las cosas por su nombre, y decir que toda esa marabunta de supuestos modernos nuevos autores no conforman la normalidad del ahora sino que son los perros verdes del ayer, con disfraz invisible coloreado de (post)modernidad, que todas esas supuestas joyas olvidadas de literaturas rusas y eslavas, nórdicas, etc y que se vienen publicando en los últimos meses y años en cantidades industriales, no son más que descartes de un lejano y olvidable pasado.

Ruido, pues.

Porque si no hacemos esto de una vez, puede que llegue un momento en el que nos encontremos en la disyuntiva de que algún familiar de Antonio Baños, en un futuro próximo, nos asalte con un nuevo libelo en el que afirme que La literatura no existe.

Fíjense que sus modos de funcionar actuales (los de la literatura), y que son: la creencia en su libre autorregulación, la jerga incomprensible que utilizan sus exégetas (o llamémosles directamente chamanes) y las estrategias publicitarias asociadas al producto y que difuminan su contenido –hasta tornarlo irrelevante-,  tienen mucho que ver con la sugestión económica del deseo (el deseo per se, sin objeto).

Hagamos caso a lo que nos dice Antonio Baños y utilicemos pues de manera inteligente el potencial emancipatorio de la red autogestionada de Internet.

No más blandura en la crítica, no más lenguaje críptico, no más estrategias de marketing soterradas, se lo ruego.

Además es que sería de idiotas jugar los dados perversos de la economía, en tanto que en el ámbito de la literatura, sus reglas, juegos y estrategia, no producen réditos (significativos) más allá de ligeras sacudidas de la vanidad y el ego.

Entonces, para qué, me pregunto yo, para qué… tanta energía desperdiciada en perpetuar este misticismo imbécil, caduco y fallido.

(cuántas crisis más habrán de ser necesarias para que hagamos algo, me pregunto)

Acuérdense de Robert Kramer cuando afirmaba que: “El poder consiste en la posibilidad de definir lo que es real”.

Hágamos uso entonces de esta libertad, llamemos literatura a los/as venerables cultivadores de los cuernos negros de queratina en la frente  y señalemos como fatuo ruido publicitario a toda esa manada de sarnosos perros verdes.

[1]. [2], [3], [4], [5] Antonio Baños. La economía no existe. Ed. Libros del Lince. Barcelona. Marzo de 2009 [pág 85, 168, 163, 74, 144]

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