Escritor en Allak: El apocalipsis fue anteayer

En los ajados entretiempos de estos días de ayer y los otros días pasados, buscándome en las rendijas del sueño,

en los huecos de los barrotes de las ventanas y en los reflejos de los vagones atestados del metro, me estuve carteando (mental y oral y ociosamente) conmigo mismo, es decir,

contándole al yo que fui pasado-anteayer (hace siete y ocho años), digamos, cómo fue lo que sucedió “en las calles tranquilas / de aquel Madrid perdido / donde a todo le dabas armonía” [1].

En esas plazas de ese Madrid en las que “nunca hay más que viejos y niños” [2].

Porque yo en aquel momento también temía a Levante como al mismísimo demonio y supe que “de las provincias, sí, hay que irse corriendo” [3].

Y me quise ir a Madrid, igual que esta semana quise volver escribiéndome al yo que allá estuvo a comienzos del siglo XXI.

Para alentar tal propósito,

y con el convencimiento de pulsar la cuerda que diese el tono ideal que evocase aquel momento en el que la (mi) juventud parecía más jugosa, lozana y triste,  he viajado a las páginas de La noche que llegué al Café Gijón, de Francisco Umbral.
Claro que don Paco, el dandy de Valladolid, recita cantarín al humo de unos tiempos que no podrían ser los mismos míos, pues son los de los años sesenta, que son unos tiempos validos sólo para la memorabilia.

Además, nunca estuve yo en el Café Gijón, ni las ganas tuve. Sí he estado (por descontado) en el Madrid literario, y prestaron mis oídos la atención debida -entre juguetones vinos- a esas historias de duelos valleinclanianos y muñones de carne literaria y venérea que tanto le gusta al Umbral, pero también tuve que escuchar los melindres de las circunvalaciones de la escritura, allá donde habitan los cadáveres de la letra.

Recuerdo cierto profesor mío, crítico literario además –de cierto prestigio- en aquel Madrid de comienzos del siglo XXI que una noche… pero bueno, vale, bien, dejémonos de chismes que a mí lo que me interesa de veras es escribirme e inscribirme en mi pasado, a base de las circunvoluciones del texto, ver su ascenso hasta la gloria de la verdad auténtica del yo salvaje,

y dejar al suburbio de palmeros (y/o escupidores) de las reputaciones mundanas y los mercachifles del fútil halago, que me campen a sus anchas por los regueros del pantalón.

Pero… ya que estamos con el comadreo, ¿nadie se ha dado cuenta de que Enrique Vila-Matas es el Paco Umbral del siglo XXI?

Tengamos en cuenta de qué modo ha sacado provecho del fisgoneo en olvidadas cartas, diarios y anotaciones de escritores muertos y cómo de esto ha creado una categoría personalísima…

Bueno, pero en fin, vayamos al reverso de lo que hoy es nuestra aspiración aquí en Allak: lo que podríamos llamar contramemorias (también conocidas como novelas), porque al parecer según las últimas murmuraciones de este nuevo siglo XXI

(a mí me da la sensación de llevar ya diez años de siglo, pero no sé)

ha sido detectado que el gran tema de nuestro tiempo

(¡El siglo XXI!, el mismo que yo ya viví hace diez años en Madrid y ahora recupero) y, por ende, de nuestra novelística, sería “la amnesia objetiva” [4].

Esto lo que parece querer sugerir Juan Francisco Ferré, sólo que a mí 587 páginas para decir eso me parecen muchas (yo sólo he llegado a la 100 y hasta ese momento poco más se había añadido a esa formulación primera).

Será que igual algo de eso me ha sucedido (me refiero a la amnesia objetiva): le he pedido al teleobjetivo de la cámara de mi memoria que hiciese un consciente blow up hasta quedar blanquecino y puro y vacío.

Me doy cuenta, no quiero ser desconsiderado, Juan Francisco, y es que esta es la gran desventaja de las novelas, claro.

Es el riesgo que se corre (el que tú has corrido).

Porque a una novela -los lectores a los que el deja-vú nos suele indisponer- le exigimos lo que Jaime Gil de Biedma le pedía al poema, que “debe convencer al lector de que el poeta [escritor] no ha podido evitar escribirlo” [5].

Y si sucede que ya en el primer capítulo nos encontramos con un tipo que se lo hace desapasionadamente con una réplica en muñeca de látex de su amante, mientras ésta le mira… sí, oh sí, lo sé, ya sé que “lo moderno es el simulacro” [6].

Pero… ¿no estábamos ya en el siglo XXI?

Quizá Ferré debiera haber optado por las memorias (total él igual que el personaje de su novela vive y da clases en la universidad en Providence). La autoficción, pues, Juan Francisco et al, ese híbrido de memoria y contramemoria daría mejor en cámara, pues de eso se trata en el s. XXI, ¿no?

En fin, que con las memorias todo es muchísimo mejor. Y con los dietarios ya ni digamos… Y esto por la razón de que el lector no se siente mal si se le permite ir saltando felizmente igual que se hace con los recuerdos, sin la menor culpa, entre las páginas. Abriendo y cerrando la bombilla que permite al zoom de nuestra atención guiarse según el antojo de su capricho.

Y así he podido disfrutar yo con las memorias de Umbral y también con los Diarios (más bien dietarios) de José Carlos LLop y así me he marchado de nuevo a los comienzos literarios de mi Madrid del siglo XXI.

Porque si no te gusta un apunte, pues te pasas al siguiente.

Al no haber más continuidad que la de la “imprudencia […] el grave error”  [7] del estilo propio del escritor, sencillamente podemos darnos a lo “lo más subversivo [que]  es hacer arte puro, poesía pura, escritura pura” [8], porque “el arte, si lo tiene que ser expresamente [subversivo], se empobrece y es redundante” [9]

Y sepan que eso es lo que hacemos con la memoria inmediata, mientras leemos, porque nuestros dietarios y memorias son jirones de los libros que saqueamos y regurgitamos;

la tarea del lector es siempre la escritura abstracta, aquella que sucede en la lectura atenta y que le sirve para hacer denuncia y escándalo del estado de la literatura universal (en favor o a la contra).

Y ya que el Apocalipsis del Arte sucedió anteayer, a mí pues me da me da que la única posibilidad es la de entregarse a la vida así con el Yo en ristre, al pecho y con franco orgullo, al disfrute sinéstesico de los fulgores de las ruinas del arte.

Porque cuando no hay nada, sólo nos queda una inmensa memoria por llenar.

Y eso, según he conseguido averiguar gracias a esta columna, se suele ir haciendo día a día. Pasito a pasito.

Y es que ya lo dijo Ortega, que “el hombre solo se mueve por razones líricas” .

Así es cómo -al menos- me he paseado esta semana,

dando vueltas “por la Gran Vía [de Madrid], que es una calle que pasea mucho el que no tiene nada que hacer, el que busca algo, no sabe bien qué” [10] .

Así hoy se ha escrito este dietario de vida que es Escritor en Allak:

al dictado de las pasiones.

[1] Jaime Ferrán. Libro de Horas. Ed. Península. Barcelona. Junio de 2008. [pág 18]

[2], [3] [8] [10] Francisco Umbral. La noche que llegué al Café Gijón. Ed. Destino. Barcelona. 1980. [pág 143, 140, 169, 96].

[4] Juan Francisco Ferré. Providence. Finalista XXVII Premio Herralde de Novela. Ed. Anagrama. Barcelona. Noviembre de 2009. [pág 36]

[5] Ana María Moix. “Jaime Gil de Biedma: El último de los clásicos”. Incluido en Jaime Gil de Biedma. Conversaciones. Edición y prólogo de Javier Pérez Escohotado. Ed. El Aleph. Barcelona. Junio de 2002. [pág 51]

[6], [7] José Carlos Llop. Diarios (1986.1995) [La estación inmóvil + Champán y sapos + Arsenal]. Ed. Península. Barcelona. Octubre de 2000. [pág 33, 50]

[9] Ana María Navales. “Los comienzos literarios de Francisco Umbral”, incluido en Francisco Umbral y su tiempo. Edición de Santos Sanz Villanueva. Ed. Ayuntamiento de Valladolid & Fundación Francisco Umbral. Valladolid. 2009.  [pág 134]

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Umbral, anteayer, esperando la venida del apocalipsis

Bola extra:

***El Gijón, último café literario de Madrid (El País,25/08/1979)

*** (Adiós, Umbral) Todas las columnas de Francisco Umbral para El Mundo.

[[[[*La foto, tal como en ella se indica, es de Chema Conesa]]]]


——-Addenda [07-Marzo-2010]

Priméra década del s. XXI = Primera década de la humanidad. Mario Bellatín para la sección domingo festi canibal de salonKritik

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