Escritor en Allak – La poesía del silencio

Opina el escritor francés Eric-Emmanuel Schmitt [1] que el sueño es fecundo territorio para el desarrollo de la literatura.

Yo diría que también, e igual me desmentiría Macedonio Fernández, pues el ensueño no es el reverso de la vida sino su caligrama; y lo que sucede afuera del sueño, o sea, en la duermevela, no es sino la constatación empírica de lo soñado.

En el sueño habita “el Hoy, único modo místico y estético del tiempo” [2].

Y así me he andado yo haciendo metafísica del vacío toda la semana, enseñoreándome, como quien dice, pues era sólo pronunciar la primera letra del escritor, solo la M, y aun ni siquiera haber hipotetizado la primera vocal del genial escritor bonaerense, siquiera la a (y ni pensar ya en la c o en la e siguiente, pardiez!), que el mundo se me hacía mundo, con toda su fonética de calles y fachadas y farolas -a veces inútiles y a veces no-, y su sintaxis de coches de policía y ambulancias y gaviotas cantarinas y estudiantes universitarios que –a veces- llegan tarde a clase (y a veces, no); y bibliotecas, claro.

Y así, alternando siestas cortas y noches blancas, en algún momento del martes o el miércoles (¿atañe a la soberanía del vacío observar la tiranía del calendario?), me encontré a ojos abiertos con una estantería que, sin moverse, hacía mucho ruido, sacrificada al empeño de mantener erguido el ego de ciertos escogidos libros.

Y estaba, sin saber cómo, ni dónde (¿seguía feliz en mi cama o ya no?) en las salas inconfundibles de la vetusta biblioteca de Filología Hispánica de la Universidad de Barcelona. Y de lo que sí estaba seguro era de que eran las nueve de la mañana (lo vi en un reloj de la pared que hay en la entrada).

Mis dedos (que en la duermevela parecieron tener decisión propia) se fueron a un lomo negro y santísimo, quizá tentados por esa atracción aristocrática de los libros que llegan tarde (o demasiado pronto), quizá por causa de que “la elegancia es la belleza esencial de la Omisión” [3];

en fin, que me dispongo a leer y brotan los siguientes versos:

“¿te sirve la evidencia / cuando sólo puede ser evidencia matemática?” [4]

Cierro el libro. Contemplo el lomo negro de letras doradas:

Carmen Borja.

Lo abro de nuevo, leo al azar, dice: “pero ningún otoño se parece a otro, / ninguna primavera a otra primavera. / Y cada uno exige un esfuerzo renovado” [5].

Cierro de nuevo las tapas, allí sigue el lomo negro, la suma de grafemas igual que antes, áureas y brillantes. Lo lanzo al suelo, lo pisoteo.

Carmen Borja.

Me acuerdo de una frase de Macedonio: “en lugar de servirme para algo la experiencia, resulta que cada año me sorprende más torpe en el parecido” [6].

Ricardo Piglia dijo en algún momento que Macedonio Fernández era en sí mismo toda la literatura argentina.

El mismo Macedonio afirmó: “comencé a ser yo el autor de lo mejor que [Borges] había producido” [7].

Nace en mí entonces la sospecha de que sí, de que Macedonio no solo es en sí mismo toda la literatura argentina, sino la producción literaria de todo lugar y todo momento, y no sólo el triste equívoco de la literatura anónima del pasado, qué va, sino la nueva, la tan nueva que está por nacer, la que viene con nombres desconocidos.

Mientras pienso en ello, sentado en la silla de mi despacho, me viene a la mente un corolario de mis sospechas: “La imitación literaria del silencio [es] la sola digna de nuestra profesión” [8], dice Macedonio.

Mi aprensión encuentra acomodo en la realidad al marcharme a la cocina.

La vida,

que tiene su privativo modo de filosofar simbólicamente, esa “manera de pensar por fuera de la cabeza” [9],

me ilustra su conclusión con la siguiente estampa:

Algo va mal, me digo.

Decido irme a dormir.

Como ya dije que mi última semana es impropia de juzgarse por el calendario, no sé en que momento, pero, en cualquier caso, en alguna hora de  mi vida después de haber abandonado el sueño (y esto en tanto que continúo enseñoreándome),

leo a Alain Fournier,

buscando su juvenil fuerza poética, esa” herida de nostalgia” en términos de José María Valverde, para tratar de entender el mensaje de las cabezas de pescado de la cocina y me encuentro con el siguiente aserto:

“sintió cólera; después orgullo y la alegría profunda de haberse escapado así, sin haberlo querido” [10].

Pienso en Macedonio, en las páginas de Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, que parecen querer escaparse de sí mismas, páginas en las que investiga las posibilidades de su arte, los contrarios de las cosas, y todo lo demás.

Me digo que sí, que Macedonio es un inventor de brindis y celebraciones y festines y que “esto justifica ciertos estados de intensidad intelectual” [11] en los que probablemente habrá entrado mi cocina al querer mostrarme las tripas de su sueño.

Y que el desdoblamiento es necesario, me digo también, porque “la nada ahoga” [12], y que hay que darse forzosamente aire y que por eso Macedonio se habrá convertido en los versos de Carmen Borja primero y después en las páginas melancólicas de Alian Fournier.

Pero que también se habrá convertido en Macedonio Fernández y que ello lo justifica el hecho de que se escriba cartas a sí mismo –pero como si fuera otro- halagando su virtuosa “guitarra del pensar” [13].

Y que también por ello inventa biografías desconocidas de seres que no sabe(n) quiénes son, y se convierte en el Bobo de Buenos Aires (porque alguien debe ocupar ese papel).

Y que ese mismo argumento, razono, le obliga a tutearse con la autobiografía y la confesión biográfica (“las dos oportunidades más logradas de ocultarse” [14]);

que forma de huir mejor no encuentra que la de darse al laborioso gozo de la holganza, ensayando sus aquenós, “el género más inmediato a la Nada” [15] y que no puede sino terminar la segunda parte de su libro sobre la Nada, sino con una más de sus paradojas apodícticas: “o bien lo dije y no me oyó o bien me oyó” [16].

Macedonio sabe que “el uso de la palabra es travesura” [17], pero travesura de muerte; es por ello que “no es hombre de risa aunque ría” [18], se trata de un “humorista trascendental” [19] como bien dice Gómez de la Serna.

Macedonio pone “la risa en duda” [20] por una de esas frívolas razones que siempre trae el escritor y que es que ““cuando lo serio va con lo solemne, es que lo serio no va” [21].

Abandonado Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, leo la edición matutina de El País y en las palabras de Jordi Puntí reconozco la malévola sonrisa y el gesto afectadamente disconforme de Macedonio, cuando el primero afirma sarcásticamente que “los adverbios son el refugio de los cobardes” [22].

Pienso en la increíble y festiva metempsicosis macedoniana.

Al tiempo, Ángela se despierta. Y me aterro.

Ello no puede significar sino que son ya las ocho de la mañana del viernes.

Mientras la veo por el pasillo cantando con su cuerpo una alborada trovadoresca, me alivia ver que se sacude el sueño de las ropas.

Entonces, su dedo, en afán conquistador, y en actitud evocativa, me atrae, con una mágica tonadilla, hacia donde está ella: en el marco de la puerta de la cocina.

Pienso, oh, bien, vamos a desayunar.

Cuál es mi sorpresa al comprobar el manejo como al dictado de sus dedos clarividentes y líricos, viéndose en el silencio de la  pizarra blanca, que escriben…

Durante unos segundos angustiosos comienzo a pensar en instaurar la muerte en la poética de mi vida y vérmelas con mi querido Macedonio, para contradecir su feliz aserto sobre la inexistencia de la Parca.

Mientras con dedos temblorosos enciendo un cigarrillo, Ángela abre los ojos como quien entrara en máximo trance y se me acerca en rigurosa lentitud.

Ya cerca muy cerca mío se ríe, y en voz altísima y visionaria recita:

“Porque comprendo que un autor original no esté cómodo mientras no consigue saber de dónde le vino, o qué le estimuló, una concepción artística” [23].

Y todo se hace silencio. O poesía.

O vida.

[1] Eric-Emmanuel Schmitt en entrevista con Ricardo Martínez de RituertoEl escriba que habita en una página blancaEl País. Babelia (20-02-2010)

[2], [3], [6], [7], [8], [9], [11], [12], [13], [14], [15], [16], [17], [18], [19], [20], [21] & [23] Macedonio Fernández. Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Con retrato de Ramón Gómez de la Serna y despedida de Jorge Luís Borges. Ed. Barataria. Barcelona, Febrero de 2010. [pág 138, 212, 177, 183, 119, 81, 70, 178, 181, 202, 236, 270, 113 , 31, 20, 235, 165 & 228]

[4] & [5] Carmen Borja. Libro del Retorno. Ed. Lumen. Barcelona. Enero de 2007. [pág 89]

[10] Alain Fournier. El gran Meulnes. Prólogo de José María Valverde. Traducción de Pilar Gefaell. Ed. Mondadori. Septiembre de 2004. [pág 60]

[22] Jordi Puntí, en entrevista con Carles Geli. “Escribir es escoger el verbo”. El País, 26-02-2010.

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