Escritor en Allak – Crímenes (Cuasi)Perfectos

Y es que sí,  que “el mal no tiene causa eficiente , sino deficiente “[1].

Ello se debe  a que el mal es igual a hacer la nada. O, dicho de otra forma: a dejarse llevar involuntariamente por -y hacia- el destino.

Y aquí hallará el lector la razón por la que en los libros reside la muerte: debido a la meditada inacción que puede producir su balsámica usura.

O eso es lo que le sucede, al menos, a Sylvestre Bonnard, el protagonista de la novela de Anatole France El crimen de Sylvestre Bonnard (Ediciones del Viento, 2007), un erudito miembro de la academia francesa,  cuya vida ha sido espontánea y solitariamente entregada al estudio de los libros antiguos, esa que no es “la ocupación más oportuna para enriquecerse” [2], y a sus 68 años, de repente, se da cuenta de su crimen.

Los libros son y han sido su vida, un ansia de apariencia inocente, pero que “somete nuestra voluntad a otro individuo y nos priva de la independencia” [3]. Y esto porque el hombre que vive entre libros se entrega a su parte sombría, se enclaustra en su radicalidad y, hasta cierto punto, bucea en lo más recóndito de su seno (en sus ensoñaciones filológicas), y se hace esclavo de sí mismo, “porque nuestras pasiones son nuestra propia esencia” [4].

O dicho de otra forma, las posibilidades germinales del hombre quedan irresolutas. Porque Bonnard mismo reconoce que estuvo enamorado, y que fue cobarde.

Es decir, Bonnard no hizo de los libros su vida, sino que hizo su vida de los libros:

he aquí su crimen.

Porque su ideal para el académico fue siempre que éste hubiese de “elevar la naturaleza a [su] altura, y que el universo entero [fuese] para [él]  el reflejo de [su] alma heroica” [5]. Pero qué heroicismo habría de alabársele a un hombre de letras pusilánime, a un hombre dado a nimias “preocupaciones que entretienen mucho” [6]. Lo que él llama “la austera dulzura del sacrificio” [7]

Este es el tema central que explora la novela de Anatole France.

Porque, según veía Pico Della Mirandolla, todo hombre es un animal de naturaleza multiforme y mudadiza . Así, la dignidad del hombre no se ha de buscar en “lo que es (su esencia), sino en la capacidad de hacerse, en la posibilidad que tiene el ser humano de llegar a ser lo que quiera” [8].

Sylvestre habita la así llamada por él mismo Casa de los libros, hasta que, de un modo bastante fortuito, habiendo abandonado ésta por el encargo de la catalogación de una biblioteca que se halla en el campo, se encuentra con Jeanne Alexandre, en la que descubre a la nieta huérfana de quien fue su enamorada en la niñez, Clémentine.

A partir de este momento, y tras varias peripecias, se hace tutor de la niña y arregla el casamiento de ésta con uno de sus pupilos, y gracias a esto entiende que “la sabiduría no es nada, la imaginación lo es todo. Sólo existe lo que se imagina” [9].

El crimen de Bonnard ha sido su entrega incondicional a los libros, su cultivo del artificio, de los bellos bordados de la retórica, en detrimento de su propia vida y de dedicarse a la contemplación de la naturaleza de las cosas. Así, finalmente, Sylvestre hallará su expiación en la lectura perseverante de su cuaderno, “este cuaderno que releeré hasta mi muerte, pero que no será leído por nadie” [10].

Durante nuestra lectura (lo que constituye nuestro asesinato de Sylvestre), un narrador que se introduce subrepticiamente en el texto, y que somos cada uno de nosotros, le espetamos a Bonnard que “en la vida todo es soñado, y puesto que nadie sueña con vos […] sois vos quien no existe” [11]. Lo cual es una amenaza y, a la vez, nuestro testimonio de auxilio, porque siendo cómplices y, a la vez, deponentes del crimen de Sylvestre, le salvamos.

Y es que ocurre que el libro de Anatole France es la prueba de que puede ser derrotado el hombre de letras si desatiende su lado mundano.

Leyendo la historia de Sylvestre Bonnard entendemos que “la historia no es una ciencia, es una arte, y en ella el éxito depende de la imaginación” [12], y es que “los artistas tienen que dar su propia vida a sus creaciones” [13]

El libro de France es prueba de delito, inculpación y, a la vez, redención.

Nos enseña que “hemos de morir una vida para entrar en otra” [14].

Por eso, al acabar el libro, a pesar de estar llenos de gozo, mientras vemos a Sylvestre escribiendo un librillo sobre los insectos y las flores (porque al fin ha recibido la “influencia secreta” [15]: el arte de inventar) lloramos cantando:

Et nunc dimittis servum tuum, Domine

[Y ahora Señor despides a tu siervo]

[1] & [8] Pico della Mirandola (1463-1494).

Edición de Carlos Goñi Zubieta. Ediciones del Orto. Biblioteca Filosófica. Madrid. 1996. [págs 77 & 28].

[2],[3],[4],[5],[6],[7],[9],[10],[11],[12],[13],[14] & [15] Anatole FranceEl crimen de Sylvestre Bonnard. Ediciones del Viento. La Coruña. 2007. [págs 201, 76, 169, 129, 60, 31,109, 112, 109, 262, 263, 268 & 259]


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