Escritor en Allak – Exploradores

Hubo una vez… una expedición, en 1907, la así llamada British Antarctic Expedition, y comandada por el irlandés Ernest Shackleton en la que “parecía que los dedos del destino estaban a punto de rozar su(s) frente(s)” [1].

No sólo la frente de Ernest parecía que fuese a ser tocada por los agradecidos y rosados dedos del destino, sino también la de sus compañeros Adams, Marshall y Wild.

Pero se quedaron en el  88°23’Sur.

Fracasaron.

Cierto que fueron los primeros seres humanos que alcanzaron la Meseta del Polo Sur. Y que recibieron las loas de los británicos y la consideración de ser los caballeros que hubieron alcanzado el punto más lejano del Polo Sur, pero se quedaron a más de 160 kms de su objetivo.

Es decir, lo repito: fracasaron.

Testigos de su vencimiento son varias cajas de coñac y whisky que hubieron de dejarse  olvidadas en su carrera de huida, pues se retiraron súbitamente debido a severos cambios climatólogicos, imposibles de confrontar, al parecer.

Más de cien años después de la retirada de la expedición de Shackleton se han encontrado esas cajas [2], y los destiladores de whisky se frotan ya las manos, pensando que –por fin- les será desvelado el secreto de la composición del tan irrenunciable whisky de sus ancestros, tan precioso que hubo de viajar junto a Shackleton hasta los confines del mundo conocido.

Mientras pienso en esas cajas sepultadas bajo el hielo por más de una centuria, y me acuerdo de los poetas simbolistas fin de siècle, observo con una mezcla de pasmo y terror los dibujos con los que Louis Joos se sumergió en el cavernoso territorio lúgubre de la mente de Baudelaire, para la edición ilustrada en español de Las Flores del Mal (Nordica Libros, 2009).

Pensando en el puro y divino licor sepultado en la Antártida, no puedo más que congratularme al encontrar una imagen en los versos del poeta maldito que dice: “el claro fuego que llena los espacios límpidos” [3].

Me digo que algo muy parecido debe ser lo que sintieron y divisaron los expedicionarios que este comienzo de año 2010 hubieron de rescatar esas cajas de whisky.

Y esto me lleva a pensar en la formulación popular que dice que “una imagen vale más que mil palabras”.

Pues mira, no.

Y no sólo es que los versos de Baudelaire contradigan dicha ultrajante afirmación, sino que vamos a refutarla limpia y rápidamente con un ejemplo mucho más cercano: la adaptación cinematográfica que hace Gonzalo Herralde de la novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa y que RTVE emitió hace unos días en su segundo canal.

La cinta acusa ese pecado muy común en el séptimo arte y que es el de recurrir al arbitrio de los hechos que conforman la trama de la novela, situándolos superficialmente bien visibles frente al espectador. Contra la imaginación de (re)pensar el ideario de la novela, Herralde lo que hace es tratar de que los personajes se delaten a través de unas acciones que no siempre tienen que ver con las intenciones de los protagonistas, convirtiendo así la narración elegíaca de Marsé en un caso clínico de psicología conductista.

Hay que decir a favor de Herralde que algo se huele y pretende emular -sin demasiado éxito- el estilo visual de Esplendor en la hierba, el clásico de 1961 de Elia Kazan.

Pero, en contra de centrarse en uno de los planos de lectura/interpretación de la novela, la cinta de Herralde hace un batiburillo de los tres más claros: la política estudiantil/obrera y la lucha de clases, la historia de amor última de la adolescencia, imposible por darse entre dos seres de mundos diferentes y la inevitabilidad del destino.

Así pues, la cinta de Herralde nos muestra al Pijoaparte como a un ser arribista sin escrúpulos y a Teresa, como la típica burguesita, veleidosa y catalana. Nos perdemos así el juego de equívocos que sucede durante toda la novela, el mito de la construcción ideal del otro, el sueño de la orfandad como pasado mítico, la conmoción poética de la pasión amorosa y las complejidades, contradicciones, deseos y fracasos de los personajes principales.

En suma, nos perdemos la literatura y, a cambio, ¿ganamos? unos arquetipos planos que actúan de manera mecánica (y a esto no ayuda para nada la interpretación de los actores).

Claro que tampoco podemos echarle la culpa de todo a Herralde, pues el mismo Marsé firma el guión.

De lo que se deduce una conclusión tan obvia como ignominiosa: que una imagen vale lo que vale una imagen, y mil palabras valen lo que valen mil palabras.

Un ejemplo al azar, en boca de Manolo, el Pijoaparte:

“La adoraba en ese momento más que nunca; le pareció que en cuestión de minutos Teresa se había hecho una mujer, una mujer adulta que lo mismo podía hundirle un puñal en el pecho que hacerle un sitio en su cama y en su vida para siempre” [4].

No hay dios que consiga poner este párrafo en imágenes.

(Y eso que sólo son 47 palabras, ¡y no mil!)

Esta inviolable verdad debe ser lo que se ha temido la chilena Alicia Scherson, que ha comprado los derechos de Una novelita lumpen (Anagrama, 2002) de Roberto Bolaño para adaptarla al cine. Scherson confiesa que llevar al cine uno de esos templos literarios que son Los detectives salvajes o 2666 “sería un suicidio” [5], y que por eso ha elegido esta obra menor que su compatriota chileno escribió por encargo.

Y no quiero cerrar esta columna que va de rastreadores de territorios ignotos sin acordarme de otro excursionista, poeta del underground y excéntrico performer: el americano John Dorsey.

El otrora pupilo del poeta beat Gregory Corso le canta en un uno de sus poemas (Dogs playing cards) a la risa grosera del tiempo y a la parranda jaranera de la muerte cuando ambos descubren en la realidad la presencia/ausencia de “the ghost of unborn children” [6].

Y es esto justo lo que suele ocurrir cuando una novela se adapta al cine: que a uno le entran ganas de llorar por lo que pudo ser y no fue.

Porque tras el parapeto superficial de la imagen, intuye uno que hay un remolino de palabras que ha sido silenciado, igual que una “loveletter placed in a bottle […]  almost never sent” [7].

Y, bueno, de esa fabulación de la vida del poeta Jaime Gil de Biedma que ha hecho Sigfrid Monleón en El cónsul de Sodoma… vaya, mejor otro día hablamos de eso, que hoy llevo prisa.

Mi guía turístico me espera.

[1] & [4] Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa.  DeBolsillo. Barcelona. Noviembre de 2009. [págs 410 & 374]

[2] BBC News MagazineWhat would Shackleton’s whisky taste like? 17-Nov-2009

[3] Charles Baudelarie. “Elevación”, incluido en Las Flores del Mal. Traducción de Carmen Morales & Claude Dubois. Con ilustraciones de Louis Joos. Nordica Libros. Madrid. 2ª reimpresión, septiembre de 2009. [pág 15]

[5] El País, Cultura, 12-02-2010. La chilena Alicia Scherson adaptará una novela de Bolaño

[6] & [7] John Dorsey. Dogs Playing Cards, publicado en Underground Voices Magazine.

El ínclito John Dorsey

El ínclito John Dorsey

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