Escritor en Allak – La nube negra

No me da vergüenza reconocer que me he visto un día de esta pasada semana, afanoso en un íntegro bloqueo especulativo, cantándome glacial a mí mismo, repetitiva y voluntariosamente –y esto  con una flema de muerte-;

el agua cayéndome en el cogote, en posición fetal, desplomado adentro de la bañera, y yo cantaba y cantaba y cantaba… aquello de los Rolling Stones, lo de:

Hey! You! Get off my cloud!

Don’t hang around ‘cause two’s a crowd

On my cloud, baby

Pero es que era tan negra mi nube sobre la mollera…

Y sí, podría argüirme –como descargo- las melancólicas lluvias de estos días últimos, algún que otro ladino rechazo editorial, la pamema misma que es febrero, o el exceso de trabajo de mi propio raciocinio: esa agotadora intención especulativa que lleva el pensamiento cercano al paroxismo.

Sí, sí, claro que sí, claro que todas estas razones serían válidas… pero parciales.

Pues también es cierto, como opina Bernard-Henri Lévy que el “lugar natural de la seducción, su buena longitud de onda, o su fuente, no es la luz, sino la sombra” [1]. Y puedo dar fe de que así es, sólo que las malas artes del pensamiento juegan sus trampas al seducirnos con nuestras propias miserias.

Algo muy parecido a lo que canta Jordi Julià en unos versos que dicen: “Som cadenes de gestos i actituds, / de vicis i temors abans de néixer, / parats a taula[2]. O en otras palabras, que nuestro deseo, a veces, se enfurruña en dejarnos ver sólo lo que Leibniz llama “las pasiones tristes”, rastrojos de nuestro pasado, sentimientos menores y tóxicos que, en un ardid, en un festín gravoso del intelecto nos hunden en nuestras más vanas penurias.

Y yo me atrevo aquí a aventurar que esto un problema de ética. Pues sucede que cuando nuestro pensar deambula cómico por entre argumentos que ni acepta ni desmiente, se celebra en nuestro cerebro una orgía desordenada en la que, debido a la carencia de categorización o jerarquía, las palabras podridas acaban afectando a todo el resto del capazo y, por ende, a nuestra sensibilidad.

Y, claro, la angustia, las reprimendas y, tal vez las lágrimas, no dejan más espacio que para un desencanto terrible.

Es más o menos lo que le reprocha el otrora discípulo de Jacques Derrida, David Mikics, a su maestro, que toda esa cháchara que conforma su corpus teórico basado en el hastío y la alergia a la toma de posturas, no es más que un camelo llamado caprichosamente escepticismo. Y es que Mikics, en su biografía Who was Jaques Derrida (Yale University Press, 2010) expone cómo la desilusión sólo produce contrariedad (pues acaba grangrenando toda posibilidad relevante de sentido y significado).

O lo que es lo mismo: que toda estética, por muy esquiva que ésta sea, para resultar válida, necesita de una ética.

De la ética de la escritura y de muchos otros temas relativos a la figura del intelectual/escritor hablan Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy en un intercambio de veintiocho e-mails llevado a cabo entre enero y julio de 2008 y que se ha recogido en libro con el título de Enemigos públicos (Anagrama, 2010).

El intercambio comienza con la nube negra del ataque preventivo de Houellebecq: “tanto Vd. como yo somos individuos bastantes despreciables” [3]. A partir de aquí comienzan los rifirrafes disfrazados de confesiones de infancia, discusiones sobre el judaísmo y las religiones, la fe, el ateísmo, diferentes impresiones filosóficas, los compromisos con la izquierda ideológica de Lévy, la misantropía de Houellebecq y, fundamentalmente, la concepción que cada uno de ellos tiene sobre el ser humano en general y sobre sí mismos en particular.

Los e-mails, al principio, están impregnados de una suerte de impostura por ambas partes, provocada por el cinismo de tener la “tenaz impresión de que interpret(o)amos un papel” [4].

Pero entonces (más o menos hacia la mitad del libro) van tomando consciencia del cometido que les une, y las misivas se van volviendo más íntimas, en el sentido de afectuosas y compasivas, más éticas, pues.  Sobre todo según aparece el tema de la madre de Houellebecq (que por esa época acaba de publicar un libro repudiándole) y esto conduce a la discusión sobre la función misma del escritor: “esa actividad, en definitiva extraña, que consiste en arreglar, moldear, fabricar, sobrecalentar ese material distinto que son las palabras” [5].

La furia paulatinamente cede paso a la compasión y ambos coinciden en darse cuenta de sus análogas posiciones en la vida pública francesa, como objetivos a batir. Es decir, ambos entienden que están en el mismo bando y se desarrolla entre ellos ese afecto secreto que uno las confesiones de dos desconocidos.

Y aunque Lévy no cree que sirva para nada el diálogo [6],  reconoce(mos) hacia el final del libro que el intercambio de e-mails ha servido para algo: para disipar la destemplanza de eso que canta Jordi Julià y que es todo aquello que ya nos viene dado, la imagen externa (nuestra y de los otros), bien como construcción social, bien como parte ineludible del ADN de nuestros ancestros.

Y eso es lo que yo he aprendido también con este libro, que el diálogo (en el plano real de las cosas) realmente servir no sirve para nada, porque igual que opina Lévy, la oposición de argumentos contrarios (tesis y antítesis) no nos gratificará con una síntesis nueva e iluminadora, según se le suele atribuir a las pretensiones hegelianas.

El diálogo (sea con nosotros mismo o con los otros) solamente sirve para recordarnos que siempre “el sentido, la lucidez […] prevalecen sobre lo oscuro” [7] .

O dicho con otras palabras: la ausencia de diálogo obliga a nuestro cerebro a albergar una cantidad creciente de manzanas podridas. El diálogo sirve para sacar afuera lo tóxico y refrescar el poder de nuestra imaginación. Porque el discurso no tiene cualidades teóricas sino dietéticas (el ánimo se construye a cada momento).

O sea, que lo que viene a ilustrar Enemigos públicos es el hecho de que la verdad se nos revela sólo con la praxis de la palabra y, de paso, nos hace evidente ese “arte de esconderse mostrándose y de mostrarse escondiéndose” [8] que es la tarea misma del escritor y del intelectual.

Un modo útil pues, para mandar de un manotazo a la nube negra a pasearse por otras latitudes bien lejanas a nosotros.

[1], [3], [4], [5], [6], [7] & [8]. Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy. Enemigos públicos. Traducción de Jaime Zulaika. Ed. Anagrama. Barcelona. Enero de 2010.

[págs. 237, 7, 174, 241, 294, 296 & 210]

[2] Jordi Julià.  “Parats a Taula”, incluido en Planisferi Lunar. Premi Mallorca de Poesia 2007. Editorial Moll / Balenguera. Palma de Mallorca. Septiembre de 2008. [pág 71]

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